Un duro golpe para el trabajo

El principal problema económico europeo para los próximos años será la incapacidad de generar suficientes empleos y de la calidad necesaria para asegurar el acceso de la población a la satisfacción de sus necesidades. La UE experimenta el choque más duro en el mundo del trabajo de la crisis mundial. La intensidad de la destrucción de puestos de trabajo en los primeros años de la crisis es muy elevada, pero no más intensa que en otras regiones, como Estados Unidos. En el 2010 y principios del 2011, el empleo se recuperó, pero a partir de entonces tiene un comportamiento mucho peor que el resto de grandes economías. UE es la única gran región del mundo que no ha reducido su tasa de paro entre el 2010 y el 2013.

Un panorama desolador para el empleo

Según los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a nivel mundial, algunas grandes regiones han reactivado la producción y la ocupación destruidas por la crisis, las emergentes apenas habían sufrido y continuaron creando ocupación, e incluso las economías más pobres han ido avanzando en empleo. La UE es una excepción. La destrucción de puestos de trabajo y las perspectivas de futuro son especialmente negativas en esta región. El desempleo en la UE27 llegó a 26 millones de personas que suponen el 12% de la población activa. Todavía más alarmante es el número y porcentaje de los parados de menos de 25 años, en la UE27 llegan a 5,7 millones que representan el 23% de los jóvenes que quieren trabajar.

La crisis ha dejado un panorama desolador con escasas opciones de regeneración, especialmente en las economías periféricas donde la destrucción de empleo no es coyuntural, limitada a ciertos procesos pasajeros, sino que ha afectado a los empleos estructurales, vinculados con su capacidad productiva.

Las diferencias entre Estados en la tasa de paro y la evolución de los salarios se han disparado y alcanzan niveles sin precedentes.

El paro y la devaluación salarial arrasan la periferia europea

Cada vez está más claro que la UE no es un bloque económico homogéneo, y que la pérdida de empleos se concentra en la periferia europea. Diez de las 27 economías de la UE han continuado destruyendo empleo los últimos años de crisis, pero Grecia, Portugal y el Estado Español conjuntamente han causado el 64% del descenso del empleo total en la UE y el 40% del crecimiento del paro en la UE durante la crisis se origina en el Estado Español. En el extremo opuesto, Alemania, Bélgica y Austria no han perdido empleo. En vez de aproximarse, las distancias entre economías ricas y pobres son más grandes y las desigualdades se amplían. En el empleo, las diferencias entre Estados en la tasa de paro y la evolución de los salarios se han disparado y alcanzan niveles sin precedentes. La brecha entre el sur y el norte de Europa en cuanto a niveles de empleo se está ampliando.

Las disparidades también tienen lugar en la evolución de los salarios. El coste laboral unitario está cayendo en las economías que tienen mayores tasas de paro. Al contrario, las economías centrales, actualmente tienen un mejor comportamiento laboral, están registrando incrementos salariales. En las economías de la periferia europea, la caída de los salarios no está implicando un abaratamiento de los precios en relación con otros países porque la devaluación salarial ha pasado a aumentar los márgenes empresariales y por lo tanto no mejora su competitividad exterior. Asimismo, la devaluación salarial –además del paro– está afectando fuertemente a la demanda interna, lo que a su vez conduce a efectos negativos sobre la producción y el empleo, generando en un grave círculo vicioso.

El mercado único ha intensificado la competencia de la fuerza de trabajo, que presiona a la baja las condiciones laborales y los salarios. La acentuación de la competencia entre las empresas por el mercado europeo se ha trasladado al mercado laboral lo que ha supuesto la reducción de salarios y la precarización de las plantillas. La política “neomercantilista” alemana, basada en reducir los costes salariales –además de los factores anteriormente comentados– ha impulsado a su vez reducciones de salarios en el resto de economías de la UE como respuesta en la carrera de la competencia. Mientras se ha centralizado la capacidad de producción en un conjunto de empresas y de territorios, la devaluación salarial se ha extendido por todas partes. La competencia entre economías vecinas es más dura que nunca y se lleva a cabo principalmente mediante la devaluación de los salarios.

La política de la Unión Europea como marco de la reestructuración del trabajo

La integración europea ha jugado un papel muy importante en las transformaciones de los modelos productivos y laborales. El capitalismo de la UE ha buscado su supervivencia, en este mundo globalizado, mediante la transformación del modelo de trabajo estable a un trabajo precario. El deterioro del trabajo es resultado de dinámicas que el proceso de integración económica ha reforzado. Aunque la UE siempre ha renunciado a tener una política común en materia de empleo, bajo la excusa de que estos temas corresponden a la soberanía de cada Estado, sí que ha tenido una injerencia importante en la orientación neoliberal de las políticas laborales estatales a través de variados instrumentos.

Retallades
Retallades

Ricard Clupés

En esta, se diferencian dos vertientes. Por una parte, la UE tiene una influencia directa en materia laboral al establecer orientaciones para las legislaciones laborales de los Estados. A pesar de determinar criterios concretos, se trata de una influencia “blanda”, porque no se establecen como orientaciones de obligado cumplimiento –aunque en la práctica sí lo son–, como sí lo fue la eliminación de las restricciones al movimiento de mercancías. No obstante, estas orientaciones consiguen cambiar el rumbo de las legislaciones laborales hacia normas de carácter neoliberal, mucho más favorables a los empresarios. La retórica europea tergiversa el concepto de políticas de empleo, que en vez de tomar como objetivo las condiciones macroeconómicas para la creación de suficiente ocupación, culpabilizan la protección laboral y la falta de formación y de docilidad de la fuerza de trabajo de los problemas del paro.

Por otra parte, la UE ejerce una influencia indirecta en el ámbito laboral mediante las medidas regresivas en materia comercial, monetaria y fiscal con consecuencias negativas en el empleo. Con la crisis y las medidas de austeridad, este tipo de influencia adquiere una importancia crucial. Con los “rescates” de Grecia, Irlanda, Portugal y el Estado español, la UE impone los planes de ajuste y austeridad, que suponen un conjunto de medidas de recorte de gasto público. Este “austericidio” cuyos efectos van a durar años, incluso décadas, hace recaer una gran parte del coste del ajuste en el empleo y la reducción de salarios, y la realización de reformas laborales que facilitan y abaratan el despido. La UE consigue de esta manera un enorme poder para imponer sus recomendaciones de política laboral de carácter acentuadamente neoliberal, que, además, logran rearticular el conflicto en las relaciones laborales culpabilizando a la protección laboral de lo que realmente es la incapacidad de la economía de generar empleo suficiente.

El diseño neoliberal de la UE ha cerrado las puertas a que los Estados pusieran en marcha políticas correctoras que modernizaran las estructuras productivas de sus países. La prohibición de utilizar políticas proteccionistas y del control de capitales ha imposibilitado que el Sector Público invierta en sectores y tecnologías estratégicas y proteja el desarrollo de los sectores productivos de la competencia internacional. Y esto ha perjudicado especialmente a las economías más débiles. Mientras tanto, se ha ido centralizando la capacidad de producción en un conjunto de empresas y de territorios más potentes.

Perspectivas negativas para el empleo

Tras más de cinco años de destrucción de empleo, se intensifican las devaluaciones salariales en la periferia europea a un ritmo acelerado, y se prevé que continúen. El incremento del paro de larga duración y la exclusión del empleo de la población joven significan un deterioro de la fuerza de trabajo, con unas consecuencias sociales muy graves. Por otro lado, incluso los países que han frenado la destrucción de empleo, se debe a que se ha recurrido a fórmulas de subempleo y precariedad. Las tasas de crecimiento económico que se esperan para la UE son totalmente insuficientes para revertir esta situación, y teniendo en cuenta todos los mecanismos que operan desvinculando el trabajo de la actividad económica, es muy probable que esta recuperación no vaya acompañada de mejoras en el empleo y los salarios.

El desequilibrio productivo y comercial de las economías periféricas está sacando a la luz sus debilidades productivas y ampliando las diferencias en cuanto al paro y la evolución de salarios. Pero el intento de reequilibrar esta situación no está suponiendo una mejora de la competitividad y, por tanto, de la capacidad de mantener o generar empleo, sino una devastación selectiva de muchos sectores y empresas, que conlleva una cronificación del paro.

La economía española, de las más afectadas

La devastación del trabajo ha llevado a triplicar la cifra de personas en paro, que alcanzan casi los 6 millones. La tasa de paro ha pasado del 8,26% al 26,36%. Más de 2 millones de personas se encuentran en situación de paro de larga duración y la tasa de paro se duplica entre la población joven: 56%. Las condiciones laborales se han deteriorado con la crisis. El trabajo a tiempo completo y de duración indefinida se está sustituyendo por otras formas de subempleo, es decir, de utilización de la fuerza productiva por debajo de sus posibilidades. Casi 2,7 millones de personas tienen un empleo a tiempo parcial y hay 2,4 millones de personas ocupadas en situación de subocupación en empleos de niveles formativos inferiores a su titulación. Y el Estado Español continúa registrando la temporalidad más elevada de la UE.

La crisis económica y el conjunto de estrategias que ha desarrollado la UE durante las tres últimas décadas han desencadenado una grave devaluación de los salarios y las condiciones laborales en el Estado Español. El informe del tercer Observatorio de Seguimiento de la reforma laboral del 2012 indica que los salarios han caído un 10% en los dos últimos años. Un triste balance de casi treinta años de la integración europea (1986-2014) para la clase trabajadora.