La naturaleza en Marx y Engels y el marxismo

Sólo conocemos una ciencia: la ciencia de la historia. La historia puede contemplarse desde dos perspectivas: puede dividirse en historia de la naturaleza y en historia del hombre. Pero estos dos aspectos no deben verse como entidades independientes. Desde que existe el hombre, éste y la naturaleza se han afectado mutuamente. K Marx y Friedrich Engels. La ideología alemana (1845/1846).

El marxismo se basa en una teoría de la realidad que es materialista no sólo en el sentido de hacer hincapié en las condiciones material-productivas de las sociedades precedentes y en el modo en que sirvieron para delimitar las posibilidades y la libertad humanas, sino también porqué al menos en Marx y en Engels, nunca perdió de vista la necesaria relación de estas condiciones materiales con la historia natural, es decir, con una concepción materialista de la naturaleza. Así, tal y como señala Paul Burkett (2008), el análisis marxista muestra como el sistema capitalista a partir de la separación de los trabajadores de los recursos naturales, y mezclándolos posteriormente en el proceso productivo, ha generado los diversos problemas ecológicos en la consecución de la búsqueda de la máxima ganancia con consecuencias negativas para las distintas sociedades. Estas consideraciones llevan a Massimo Quaini a afirmar que: “Marx (…) denunció el expolio de la naturaleza antes de que naciera la moderna ciencia ecológica burguesa”.

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Joerg Boethling / Alamy Stock Photo

Marx y Engels no se ocuparon generalmente de la destrucción del medio ambiente (aparte de la influencia directa que tenía en la vida del proletariado, es decir de la falta de aire, de limpieza,…) como factor principal en el movimiento revolucionario contra el capitalismo que ellos creían inminente. Cuando hacían hincapié en las condiciones ecológicas no parecían creer que estuvieran desarrolladas hasta tal punto de poder desempeñar un papel fundamental en la transición al socialismo. Más bien, las consideraciones relativas a la creación de una relación sostenible con la naturaleza eran parte (incluso característica definitoria) de la posterior dialéctica de la construcción del comunismo.

A lo largo de su vida, Marx no dejó de insistir en que, mientras que el proletariado estaba privado de aire, de limpieza, de los indispensables medios físicos de vida, el campesino bajo el capitalismo estaba privado de toda relación con la cultura del mundo y con el más ancho mundo del intercambio social. Todo esto lo utilizaba Marx para explicar porqué el proletariado era una fuerza revolucionaria mayor que el campesinado. Al verse obligado a vivir en las ciudades, las masas urbanas habían perdido su esencial vínculo con las condiciones naturales, pero habían ganado formas de asociación que les impulsaban hacia una realidad social más revolucionaria. Una de las primeras tareas de toda revolución contra el capitalismo debe ser la abolición de la división antagonista entre ciudad y campo.

Desde el principio la noción marxiana de la alienación del trabajo humano estaba vinculada a una comprensión de la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza. Era esta doble alienación la que, sobre todo, necesitaba ser explicada históricamente. Es en Los manuscritos económico filosóficos (1844) donde Marx desarrolla el concepto de alienación respecto al trabajo. Pero este extrañamiento del trabajador/trabajadora en relación con (1) el objeto de su trabajo, (2) el proceso de trabajo, (3) el ser humano como especie, es decir la actividad creativa y transformadora que define a los seres humanos; (4) la mutua relación (aspectos que conjuntamente constituían el concepto que Marx tenía de la alienación respecto al trabajo) era inseparable de la alienación en la que los seres humanos se encuentran en relación con su naturaleza interna tanto como la externa.

“La universalidad del hombre”, escribe Marx, “se manifiesta en la practica en esa universalidad que hace del conjunto de la naturaleza su cuerpo inorgánico, (1) como un medio directo de vida, (2) como materia, el objeto y la herramienta de su actividad. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en la medida en que no es el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza, es decir: la naturaleza es su cuerpo, y debe mantener el diálogo continuo con ella, de lo contrario moriría. Decir que la vida mental y física del hombre está vinculada a la naturaleza simplemente significa que la naturaleza está vinculada a sí misma, puesto que el hombre es parte de la naturaleza.” (Marx, Manuscritos económico filosóficos, 328)

Así pues, a partir de los Manuscritos económico y filosóficos, Marx siempre trató a la naturaleza, en la medida en que la naturaleza entraba directamente en la historia humana a través de la producción, como una extensión del cuerpo humano (es decir, el cuerpo inorgánico de la humanidad). La relación humana con la naturaleza, según esta concepción, estaba mediatizada no sólo a través de la producción, sino también, y mas directamente, por medio de las herramientas (ellas mismas un producto de la transformación humana de la naturaleza mediante la producción) que han permitido a la humanidad transformar la naturaleza de modo universal.

Los seres humanos, siguiendo esta concepción, producen en gran medida su propia relación histórica con la naturaleza al producir sus propios medios de subsistencia. La naturaleza, por lo tanto, adquiere un sentido práctico para la humanidad en gran parte como resultado de la actividad vital, la producción de los medios de subsistencia.

Así pues, la alienación es al mismo tiempo, el extrañamiento de la humanidad respecto a su propia actividad laboral y a su papel activo en el proceso de transformación de la naturaleza. Por otra parte, se trata siempre de un extrañamiento social: “toda autoalienación del hombre respecto a sí mismo y a la naturaleza, se manifiesta en la relación que establece entre otros hombres y el mismo, y con la naturaleza”.

Para Marx, la propia dominación de la tierra adquirió un significado complejo y dialéctico que se derivaba del concepto que él tenía de alienación. Significaba el dominio sobre la tierra por aquellos que monopolizaban los terrenos, y con ello las fuerzas elementales de la naturaleza.

“En la forma de propiedad feudal”, observaba Marx, “hallamos ya la dominación de la tierra como un poder ajeno sobre el hombre”. Ya por entonces la tierra que pertenecía al “señor” “aparece como el cuerpo inorgánico de este” quién a su vez la utiliza para dominar al campesinado. Pero es la sociedad burguesa la que lleva a la perfección esta dominación de la tierra (y a través de la dominación de la tierra, la dominación de la humanidad). Por tanto la propiedad de la tierra a gran escala, como sucede en Inglaterra, arroja a una abrumadora mayoría de la población en brazos de la industria y reduce a sus propios trabajadores a la total miseria.

En Sobre la cuestión judía, (1843), Marx manifestaba que “la visión de la naturaleza que ha surgido bajo el régimen de la propiedad privada y el dinero es un verdadero desprecio y práctica degradación de ésta (…) En este sentido afirma Thomas Müntzer que es intolerable que todas las criaturas se hayan convertido en propiedad: los peces que hay en las aguas, los pájaros que vuelan en el aire, las plantas que crecen en la tierra, todos los seres vivos deben ser libres”.

Marx consideraba que esta alienación de la naturaleza, descrita por Müntzer, se expresaba a través del fetichismo del dinero, que se convierte en la “esencia alienada”: el dinero es el valor universal y autoconstituido de todas las cosas. Por tanto es el dinero el que ha privado al mundo entero, tanto al mundo del hombre, como al de la naturaleza, de su valor específico.

Según Marx, En los Manuscritos económico filosóficos (1844), también se puede apreciar una degradación de la naturaleza “en la contaminación universal que se está ocasionando en las grandes ciudades”

“incluso la necesidad de aire fresco ya ha dejado de ser una necesidad para los obreros. El hombre vuelve una vez más a vivir en una caverna, pero la caverna ahora está contaminada por el aliento mefítico y pestilente de la civilización. Más aún, el obrero no tiene más que el precario derecho a vivir en ella, ya que para él es un poder ajeno, que puede serle retirado cualquier día y puede desahuciársele en cualquier momento si no logra abonar la renta. Verdaderamente tiene que pagar por permanecer en este depósito de cadáveres. Una morada en luz, como dice Prometeo en Esquilo, es uno de los grandes dones gracias a los cuales transformó a los salvajes en hombres, deja de existir en este caso para el obrero. La luz, el aire, etc.la limpieza animal más elementaldeja de ser una necesidad para el hombre. La suciedad – esta corrupción y putrefacción del hombre , la cloaca (esta palabra debe entenderse en su sentido literal) de la civilización – llega ser un elemento vital para él. El abandono universal, antinatural, la naturaleza putrefacta, se convierte en elemento de vida para él. “

Por lo tanto la alienación de los obreros en las grandes ciudades había llegado a un punto en el que la luz, el aire, la limpieza, no llegaban ya a formar parte de la existencia del hombre; por el contrario, la oscuridad, el aire contaminado y las aguas residuales constituían su medio ambiente natural. La alienación de la humanidad y de la naturaleza tenían como resultado no sólo la renuncia al trabajo creativo, sino también la renuncia a los elementos esenciales de la vida misma.

Marx, “el hombre es directamente un ser natural dotado de poderes naturales…por otro lado, como ser objetivo, natural, corpóreo, real y sensible, es un ser sufriente condicionado y limitado, como los animales y las plantas.”

Marx argumentaba que “la naturaleza…tomada en abstracto, en sí misma, y considerada como algo inmutable en su separación del hombre, no es nada para el hombre.” Nuestras ideas sobre la naturaleza son meras “abstracciones de las formas naturales”. La idea de que hay una base para la vida y otra para la ciencia es desde el principio una mentira.

Marx y Engels buscaban así pues conectar de nuevo, a un nivel más alto, lo que se había destruido, y a lo que Marx más adelante llamaría el metabolismo humano con la naturaleza. Esas medidas debían combinarse además, con la abolición de la propiedad en el campo y la aplicación de todas las rentas a fines públicos y a la puesta en cultivo de todas las tierras baldías, y a la mejora del suelo de acuerdo con un plan común. Al contrario de Malthus, Marx y Engels propusieron la dispersión de la población, superando el antagonismo entre ciudad y campo que consideraban constitutivo del orden burgués.

En la visión de Engels, como en la de Marx, era la concepción de la historia natural que salía del análisis de Darwin la que permitía entender la naturaleza de modo dialéctico, es decir en términos de surgimiento. Fue esto lo que, en su pensamiento se convirtió, en la clave de la comprensión de las relaciones entre lo que el llamaba “la concepción materialista de la naturaleza” y la “concepción materialista de la historia”.

Sin embargo, lo que principalmente faltaba en el análisis de Engels era una comprensión lo suficientemente profunda de la base filosófica de la concepción materialista de la naturaleza que tenía Marx, y que había surgido de su confrontación con la filosofía de Epicuro y con la de Hegel. Si Kant había dicho de Epicuro que era el “máximo filósofo de la sensibilidad, mientras que Platón lo era del intelecto”, Marx, sustituyó a Platón por Hegel al establecer su propia antinomia, esforzándose así por entender la relación entre la dialéctica inmanente del máximo filósofo materialista y la del máximo filósofo idealista. A partir de esta indagación crítica, dialéctica, surgió la síntesis marxiana de materialismo y dialéctica, superponiéndose a una crítica similar que Feuerbach llevaba a cabo a la sazón, pero yendo más allá que este (y que Epicuro), al alejarse de un materialismo puramente contemplativo y derivar hacia un materialismo más práctico. Epicuro, sostenía Marx, fue el primero en descubrir la alienación que, a través de la religión, se introducía en la concepción humana de la naturaleza. Hegel, por su parte, fue el primero en descubrir la alienación del trabajo (pero sólo de una manera idealista, como alienación del pensamiento). La meta de Marx, dentro de la historia de la filosofía consistía simplemente en combinar, dentro de una síntesis dialéctica más amplia, la concepción de la alienación que se daba en la praxis, relacionada con Hegel, con la concepción materialista de la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza que se hallaba en Epicuro.

La dificultad que presenta la lectura de la inacabada Dialéctica de la naturaleza de Engels es que en ella hay una tensión no resuelta que refleja su estado inacabado que parece permitir más de una interpretación: una dialéctica fuerte y una dialéctica débil de la naturaleza. Engels escribe a veces como si la dialéctica fuese una propiedad ontológica de la propia naturaleza; en otras ocasiones parece inclinarse por el postulado crítico, más defendible, de que la dialéctica en este campo es un dispositivo heurístico necesario para el razonamiento humano respecto a la naturaleza. Fue ese naturalismo complejo, dialéctico, en el que se veía a la naturaleza como “la prueba de la dialéctica”, el que explica la brillante colección de ideas ecológicas que impregna el pensamiento tardío de Engels. La revolución darwiniana y el descubrimiento de la prehistoria, argüía, han hecho posible, por vez primera, un análisis de la “prehistoria de la mente humana… que a través de diversas etapas de la evolución, desde el protoplasma de los organismos inferiores, simple y carente de estructura, pero sensible a los estímulos, continuaba ascendiendo hasta el pensante cerebro humano. Sin esta prehistoria … la existencia del cerebro humano pensante sigue siendo un misterio” (Engels, Feuerbach…). La comprensión de la evolución de los seres humanos a partir de sus antecesores primates podía explicarse como consecuencia del trabajo, es decir, de las condiciones de la subsistencia humana, y de la transformación mediante la fabricación de herramientas, simplemente porque era en este nivel donde los seres humanos interactuaban con la naturaleza como seres reales, materiales, activos, que han de comer, respirar y luchar por su supervivencia. De este modo, Engels desarrolló su propia teoría de la coevolución genético-cultural, en la que el desarrollo de la especie humana en la prehistoria – de la postura erecta, de la mano, y finalmente del cerebro humano – podía considerarse que surgía dialécticamente del proceso material del trabajo, mediante el que los seres humanos satisfacían las necesidades de sus subsistencia transformando sus relaciones con la naturaleza mediante la fabricación de utensilios y la producción.

La capacidad del ser humano para imprimir su sello en la naturaleza se ve limitada por su continua dependencia de un sistema natural del que la humanidad es una parte. Así, la historia humana, según Engels, tropieza constantemente con problemas ecológicos que representan contradicciones en la relación humana con la naturaleza, contradicciones que sólo pueden abordarse relacionándose con ésta racionalmente mediante la comprensión de las leyes naturales y la organización de la producción de acuerdo con este conocimiento:

“Pero no nos alabemos en exceso por nuestras humanas victorias sobre la naturaleza. Por cada una de ellas se toma la naturaleza su revancha contra nosotros. Cada victoria, es cierto, comienza por traer los resultados que esperábamos. Pero en segundo y en tercer lugar tiene efectos muy diferentes, imprevisibles, que con harta frecuencia anulan el beneficio de los resultados. Las gentes que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor, y otros lugares, destruyeron los bosques para obtener tierras de cultivo, nunca soñaron que al eliminar, junto con los bosques, los centros colectores y reservorios de humedad, estaban sentando las bases para el desolado estado actual de esos países. Cuando los italianos de los Alpes utilizaron los bosques de pinos de las laderas meridionales, cuidados con tanto esmero en las laderas septentrionales, no tenían ni idea de que, al hacerlo, estaban arrancando las raíces de la industria láctea de la región. Y aún menos sospechaban de que ese modo estaban privando de agua, durante la mayor parte del año, a sus manantiales de montaña, y haciendo posible que sus torrentes inundaran con mayor furia los llanos en la estación de las lluvias…Se nos recuerda así a cada paso que en modo alguno dominamos la naturaleza como domina un conquistador a un pueblo extraño, con nuestra carne, sangre y cerebro pertenecemos a la naturaleza, existimos en medio de ella, y toda nuestra supremacía consiste en hecho de que tenemos la ventaja, respecto a todas las demás criaturas, de ser capaces de aprender sus leyes y aplicarlas correctamente. (Engels).

El análisis que hace Marx de la sostenibilidad

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Trabajadores agrícolas
Trabajadores agrícolas

George Steinmetz

Para presentar el enfoque de Marx entorno a la sostenibilidad ecológica es preciso presentar dos nociones, metabolismo y fractura metabólica, que se trataran con mayor amplitud en capítulos posteriores de este trabajo. Para Marx el metabolismo, constituye la base sobre la que sustenta la compleja red de interacciones necesarias para la vida, y sobre la que se hace posible el crecimiento. Marx utilizó el concepto de “fractura” abierta, en la relación metabólica entre los seres humanos y la tierra, para denotar el extrañamiento material de los seres humanos dentro de la sociedad capitalista en relación con las condiciones sociales que constituyen la base de su existencia.
Insistir en que la sociedad capitalista a gran escala había creado esta fractura metabólica entre los seres humanos y el suelo era considerar que se habían violado las condiciones de sostenibilidad impuestas por la naturaleza. Para Marx, la fractura metabólica relacionada en el nivel social con la división antagónica entre ciudad y campo se ponía también de manifiesto a un nivel más global: colonias enteras veían el robo de sus tierras, sus recursos y su suelo en apoyo de la industrialización de los países colonizadores. Así pues puede verse en Marx una sensibilidad evidente respecto a la cuestión de la sostenibilidad ecológica si tenemos en cuenta el énfasis que ponía éste en la necesidad de conservar la tierra por el bien de la “cadena de las generaciones humanas” y por consiguiente el necesario trato consciente y racional de la tierra como propiedad comunal permanente.

“Mirada desde una formación socioeconómica superior, la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada que un hombre posea de otros hombres. Ni siquiera una sociedad o nación entera, ni el conjunto de todas las sociedades que existen simultáneamente son propietarias de la tierra. Son simplemente sus posesores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les suceden, como boni patres familias (buenos padres de familia).” K. Marx, El Capital

Estas reflexiones le servirían a Marx para definir de forma precisa cual era la ley de la acumulación que operaba en la evolución del capitalismo . La tendencia de la sociedad de clases capitalista levantada sobre la explotación del proletariado, a polarizarse de tal manera que cada vez se concentra más y más riqueza en menos manos mientras que la gran masa de la población, a la que mantiene oprimida la constante reproducción de un ejército industrial de reserva de parados, se encuentra en una situación de empobrecimiento relativo y de degradación.

La condición previa del capitalismo es la separación de la masa de población del suelo, lo que hace posible el propio desarrollo histórico del capital. La transformación del capitalismo, la abolición del trabajo asalariado, y la creación de una sociedad de trabajadores asociados necesitaba la abolición de esta alienación de los seres humanos con respecto a la tierra. Para Marx y Engels (según Bertell Ollmon) esta concepción parecía implicar el desplazamiento de algunas industrias al campo, así como la ampliación en gran medida de los espacios libres dentro de las ciudades para destinarlos a parques , zonas boscosas y jardines.

La revolución contra el capitalismo requería, en consecuencia, no sólo terminar con sus específicas relaciones de explotación del trabajo, sino también, a través de la regulación racional de las relaciones metabólicas entre los seres humanos y la naturaleza por medio de la ciencia y la industria modernas, trascender la alienación con respecto a la tierra: el último fundamento/condición previa del capitalismo.

El interés sobre cómo se podría desarrollar el camino hacia una sociedad comunista y su avance desde realidades no industriales basadas en una fuerte presencia de la agricultura se volvió cada vez más importante para Marx hacia el final de su vida, cuando, como consecuencia de sus investigaciones sobre el potencial revolucionario de la comuna rusa, desarrolló el argumento de que sería posible constituir un sistema agrícola “organizado a una vasta escala y basado en el trabajo cooperativo mediante el uso de modernos sistemas agronómicos”.

En suma, tal y como señala P. Burkett (2008), lo que Marx plantea es precisamente una demostración de que el capitalismo tiene su propio metabolismo específico con la naturaleza, marcado por una profunda separación anti-ecológica de los trabajadores de sus condiciones de producción, y sus formas correspondientes de intercambio de mercado y de valoración monetaria. Desde esta perspectiva, cualquier solución para las crisis ecológicas contemporáneas debe ser explícitamente anticapitalista, esto es, basada en la socialización democrática de la naturaleza y de otras condiciones de producción por los trabajadores y comunidades.

Replica a las críticas efectuadas por distintos autores sobre la falta de sensibilidad ecológica de Marx y Engels

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Millions of used tyres are seen on a dump in front of largely empty apartment buildings in Seseña
Millions of used tyres are seen on a dump in front of largely empty apartment buildings in Seseña

Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images

Las críticas al marxismo desde una perspectiva ecológica son muchas y muy variadas. No obstante, tal y como señala Bellamy Foster (2008), estas pueden ser agrupadas en dos grandes temas: el de las fuerzas productivas y el del valor. Bajo el primero, se inclinarían las críticas dirigidas a mostrar que Marx consideraba el desarrollo de las fuerzas productivas como beneficio de por sí, que reparaba en la naturaleza tan solo como un objeto a ser dominado, y que al utilizar los conceptos de producción o productividad, no tomaba en cuenta los perjuicios que la acción humana podía provocar sobre la naturaleza. El segundo tema incluye la crítica a Marx por desconocer el papel de la naturaleza en la teoría del valor-trabajo.

Al respecto, es importante destacar, tal y como demuestra El trabajo de William Leis, The Domination of Nature que expresiones como “control de la naturaleza” o “dominio sobre la naturaleza” eran corrientes en los pensadores del siglo XIX. Más, al contrario de un dominio unilateral sobre la naturaleza, tanto Marx como Engels, tal y como ya se ha presentado en los apartados precedentes de este artículo, criticaron al capitalismo por su soberbia frente a ella; ya en Los manuscritos económico filosóficos (1844), Marx reclamaba la necesidad de una reconciliación en una formación económica futura.

Como ya se ha indicado anteriormente, el objeto de estudio fundamental de la obra de Marx y Engels, fue el análisis del sistema capitalista y sus efectos en la clase obrera. Su método, no obstante, les permitió ver más allá del objeto de estudio, apuntando a los impactos concomitantes de la producción capitalista sobre la naturaleza. Engels fue explícito en su Antidühring, cuando comparó el uso capitalista de la ciencia con el aprendiz de brujo, que desencadenan fuerzas de la naturaleza pero es incapaz de controlarlas.

La magnitud de la crisis ambiental actual no podía haber sido prevista por Marx, y no lo fue. Pero tampoco puede achacarsele un desinterés por el mundo natural. Todos sus planteamientos parten de una filosofía de unificación del ser humano con la naturaleza.

Al decir de Marx:
“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es el mismo cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante, para no morir. La afirmación de que la vida física y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene más sentido que el de la naturaleza se halla entroncada consigo misma, y que el hombre es parte de la naturaleza” (Marx, 1966, p.67)

El problema que presentan “las críticas de los críticos” al supuesto anti-ecologismo de Marx es que no reconocen la fundamental naturaleza de la interacción de los seres humanos y su medio. Se reduce la cuestión ecológica a una cuestión de valores, mientras que se pasa totalmente por alto el tema mucho más difícil de la comprensión de las relaciones materiales en evolución (lo que Marx denominaría “relaciones metabólicas”) entre los seres humanos y la naturaleza. Desde un punto de vista coherentemente materialista la cuestión no reside en el antropocentrismo en contraposición al ecocentrismo, sino que es, antes bien, una cuestión de coevolución.

Crítica basada en que Marx no valoraba (el valor) de los bienes naturales

Marx estaba de acuerdo con la economía liberal clásica en que bajo la ley del valor del capitalismo, no se concedía a la naturaleza ningún valor. Pero para Marx esto no hacía más que indicar la muy limitada y estrecha concepción de la riqueza asociada con las relaciones capitalistas entre las mercancías y un sistema constituido alrededor del valor de cambio. En la sociedad capitalista es donde las mediaciones se vuelven más intrincadas, donde el valor actúa como mediador de las relaciones entre los humanos, y del acceso al resto de la naturaleza, biótica y abiótica. Pero este cúmulo de mediaciones, nunca oculta en el pensamiento marxiano el hecho de que la naturaleza constituye la base de toda actividad humana. La auténtica riqueza argüía, estaba constituida por los valores de uso, la característica de la producción en general que trascendía su forma específicamente capitalista. En rigor, era la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio generada por el capitalismo, la que Marx consideraba una de las mayores contradicciones de toda la dialéctica del capital.

La naturaleza que contribuía a la producción de valores de uso, era tan fuente de riqueza como el trabajo, aun cuando su contribución a la riqueza fuese omitida por el sistema. Marx insiste en que el trabajo no es la única fuente de riqueza material (de los valores de uso que produce), como dice William Petty, el trabajo es el padre de la riqueza natural, la tierra es la madre.

Critica basada en el optimismo material de Marx en la sociedad comunista

Contra esta visión, Marx insistía una y otra vez en que el capitalismo se veía acosado por un problema crónico de producción en la agricultura, un problema que se remontaba en última instancia al modo insostenible en que estaba organizada la producción. La agricultura en general, dice Marx, “cuando progresa espontáneamente y no se la controla de manera consciente…deja desiertos detrás de sí: Persia, Mesopotamia, etc.

No hay ninguna indicación en la obra de Marx que la transición al (comunismo) socialismo supondría automáticamente una relación sostenible con la tierra. Antes bien recalcaba la necesidad de planificación en este terreno, empezando por la adopción de medidas destinadas a eliminar la antagónica relación entre la ciudad y el campo. Entre estas medidas se incluía la dispersión de la población, la integración de la industria y la agricultura, el restablecimiento y mejora del suelo mediante el reciclaje de sus nutrientes.

El capitalismo, observa Marx “crea las condiciones materiales para una síntesis nueva y superior, una unión de la agricultura y la industria sobre la base de formas que se han desarrollado durante el período de su aislamiento antagónico”. Pero para conseguir esa “síntesis superior”, argumenta, sería necesario que los productores asociados de la nueva sociedad “gobernasen, de un modo racional, el metabolismo humano con la naturaleza”.

Crítica de Juan Martínez Alier1

Sobre la carta de Engels a Marx valorando el trabajo de Podolinsky, tres meses antes de la muerte de Marx, M. Alier concluye que Marx rechazó las implicaciones económicas de la ley de la entropía cerrando las puertas a una posible ley del valor energética.

Al respecto, Engels creía que los obstáculos para calcular con exactitud las transferencias energéticas que intervenían en las transacciones económicas eran tan enormes que carecían de sentido práctico. Esto estaba lejos de constituir un rechazo a la ley de la entropía (segunda ley de la termodinámica).

Tal y como señala Guillermo Foladori (1996), los planteamientos críticos al marxismo de Martínez Alier no dan en el blanco. Una cosa es considerar la necesidad de tener en cuenta la contabilidad energética como un elemento más en la planificación de la futura sociedad, otra muy distinta es investigar los mecanismos socioeconómicos a través de los cuales la sociedad capitalista se organiza. Lo último y no lo primero, fue el propósito de Marx.

Con la base de la contabilidad energética los estudios de Martínez Alier y otros autores señalan que la moderna agricultura representa una pérdida respecto a algunas formas de producción agrícola tradicionales2, porque la moderna agricultura invierte insumos como petróleo, fertilizantes, maquinaria etc. cuya producción consume más energía de la que luego logra aumentar al poner todo ello a producir.

Aplicando la contabilidad energética a la producción campesina de muchos países de América Latina, en especial a aquella que utiliza, en forma prioritaria, la tracción humana y animal, seguramente obtendremos saldos positivos, y mucho mayores que los que ofrecía la misma contabilidad aplicada a los modernos sistemas agrícolas occidentales. Pero, en la realidad capitalista que vivimos ¿Quien se enriquece y quién se empobrece? Obviamente, el proceso de diferenciación social no pasa por la contabilidad energética, y sí por la de valores de mercado. De manera que mientras Marx se preocupaba por establecer cuál era el real funcionamiento económico de la sociedad capitalista, cuáles eran las causas de la diferenciación social, los mecanismos de extracción del excedente y la formación de las modernas clases sociales, las preocupaciones de los “economistas ecológicos” como M. Alier, podían, en el mejor de los casos, demostrar que la producción agrícola era energéticamente más productiva que la industria, o que el equivalente energético al salario que el obrero recibía era menor que el contenido energético del producto de su trabajo.

El marxismo y la ecología después de Marx y Engels

La historia de lo que ocurrió con la ecología de Marx en las décadas que siguieron inmediatamente a su muerte es muy compleja, ya que comprende la etapa más controvertida en el desarrollo de la teoría marxista: el intento que hiciera Engels de desarrollar una “dialéctica de la naturaleza”, seguido del desarrollo del “materialismo dialéctico” en sus diversas fases postengelsiana, y que acabó metamorfoseándose en la ideología soviética (y en su gemela dialéctica occidental, en cuanto al rechazo de toda conexión con la ciencia y la naturaleza).

Incluso cuando Engels todavía vivía, la estrecha relación entre la visión del comunismo que tenía Marx y la sostenibilidad ecológica se puso ya de manifiesto en las concepciones marxistas utópicas de William Morris. A Morris le alarmaba la contaminación de las ciudades y el ambiente tóxico en el que los obreros industriales se veían obligados a trabajar. En Noticias de ninguna parte, La visión de W. Morris, tan cercana a la de Marx, nos recuerda el carácter plenamente revolucionario del análisis marxiano, que, desde sus obras más tempranas, tuvo en cuenta la alienación de los seres humanos con relación a la tierra, como condición previa de la alienación dentro del régimen de acumulación del capital.

No fue solamente un marxista utópico como Morris el único que se basó en los componentes ecológicos del pensamiento de Marx (tales como la necesidad de trascender las contradicciones entre el valor de uso y el valor de cambio, entre la ciudad y el campo), sino también la linea principal de la tradición marxista representada por pensadores tales como Bebel, Kautsky, Lenin, Luxemburg y Bujarin.

Basándose en el análisis de Liebig (y de Marx) de la necesidad de restablecer los nutrientes extraídos del suelo dice Bebel:

“El abono es para la tierra exactamente lo mismo que la comida para el hombre, y cada clase de abono dista tanto de tener el mismo valor para la tierra como cada clase de alimentos de ser de igual valor nutritivo para el hombre. El suelo debe recibir exactamente los mismos ingredientes químicos que las cosechas anteriores han extraído de él y, sobre todo, debe recibir los ingredientes químicos que va a necesitar la cosecha siguiente… los desechos y excrementos animales y humanos contienen los ingredientes químicos que son los más apropiados para la reconstrucción del alimento humano. Resulta por tanto deseable conseguir ese abono en la mayor medida posible. Esta regla es transgredida constantemente en la actualidad, esencialmente en las grandes ciudades, que reciben cantidades ingentes de alimentos, pero sólo devuelven a la tierra una pequeña porción de la basura y los excrementos valiosos. La consecuencia es que todas las explotaciones agrícolas que se encuentran a una cierta distancia de las ciudades a las que envían anualmente la mayor parte de sus productos sufren una considerable escasez de abono; el que obtienen de las personas y del ganado que viven en la explotación es insuficiente puesto que sólo consumen una pequeña parte de las cosechas, con lo que se produce un ruinoso sistema de cultivo que empobrece el suelo, hace disminuir las cosechas y aumenta el precio de los alimentos. Todos los países que principalmente exportan productos del suelo, y que no reciben a cambio materiales para abonarlo, Rusia, Hungría, los principados del Danubio y América, están siendo arruinados gradual pero inevitablemente. Es cierto que el abono artificial, sobre todo el guano, sustituye al de hombres y ganado, pero son pocos los agricultores que pueden adquirirlo en cantidades suficientes, debido a su precio y, en todo caso, importar abono desde muchos miles de kilómetros de distancia, mientras se desperdicia el que se tiene más cerca, es invertir el orden natural de las cosas.”

La importante obra de Karl Kaustsky, La cuestión agraria (1899) desarrolló estos temas de manera más sistemática. Incluía una sección sobre “la explotación del campo por la ciudad” en la que afirmaba que el flujo neto de valor desde el campo a la ciudad, “representa una pérdida de nutrientes constantemente creciente, en forma de grano, carne, leche, etc., que el agricultor tiene que vender para pagar los impuestos, los intereses de los préstamos y el arrendamiento de la tierra… Aunque ese flujo no significa una explotación de la agricultura según la ley del valor [del capitalismo], lleva no obstante… a su explotación material, al empobrecimiento de la tierra y sus nutrientes.”

Siguiendo las lineas generales de la argumentación de Marx, Kautsky pasó a afirmar que “el crecimiento de las ciudades y la expansión de la industria, que agota cada vez más el suelo e impone cargas a la agricultura en forma de fertilizantes, necesarios para combatir ese agotamiento, no se conforma con conseguir tal resultado. Le roba también a la agricultura su fuerza de trabajo” mediante la despoblación del campo.

Kautsky se ocupó también del creciente uso de pesticidas y atribuía el aumento de las plagas al exterminio de los pájaros insectívoros debido a la extensión de los cultivos, a la sustitución de la selección natural por la selección artificial en el cultivo de plantas (que tendía a reducir la resistencia a las enfermedades y a las plagas) y las características de las “modernas operaciones de explotación a gran escala”. Por tanto “a los costes de los fertilizantes viene a añadirse los de los pesticidas”.

Preocupaciones parecidas se expresan en la obra de Lenin. En La cuestión agraria y los “críticos de Marx” (1901) dice que:

“La posibilidad de substituir los abonos naturales por los artificiales y el hecho de que ya se haya hecho así (parcialmente) no refutan en absoluto la irracionalidad de desperdiciar los fertilizantes y de contaminar de este modo los ríos y el aire de los suburbios y de los distritos industriales. Incluso en la actualidad hay explotaciones agrícolas en las inmediaciones de las grandes ciudades que utilizan los residuos urbanos con enorme beneficio para laagricultura. Pero con este sistema sólo se aprovecha una parte infinitesimal de los residuos”.

En mayo de 1917, cuando se encontraba en prisión también Rosa Luxemburg demostraba su preocupación a este respecto. Le escribió a su amiga Sonja Liebknecht que estaba estudiando “ciencias naturales”: “geografía de las plantas y de los animales. Fue ayer mismo cuando leí porqué las currucas están desapareciendo de Alemania. La explotación forestal cada vez más sistemática, la horticultura y la agricultura, están destruyendo, paso a paso, todos los lugares en que anidan y crían.”

Fue, no obstante Bujarin quien, de entre los primeros seguidores de Marx y Engels, iría más lejos en la aplicación del concepto marxiano de interacción metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. “El proceso material del metabolismo entre sociedad y naturaleza” escribe en El materialismo histórico, “es la relación fundamental entre medio ambiente y sistema”, entre “condiciones externas” y sociedad humana… el metabolismo entre el hombre y la naturaleza consiste, como hemos visto, en la transferencia de energía material desde la naturaleza externa a la sociedad…Así pues, la interrelación entre sociedad y naturaleza es un proceso de reproducción social. En este proceso, la sociedad aplica la energía del trabajo humano y obtiene una cierta cantidad de energía de la naturaleza (material de la naturaleza, en palabras de Marx). El balance que aquí se establece entre gasto e ingreso energéticos es, evidentemente, el elemento decisivo para el crecimiento de la sociedad. Si lo que se obtiene supera la pérdida por el trabajo, de ello se derivan claramente importantes consecuencias para la sociedad, consecuencias que varían según la cuantía de ese excedente”.

Para Bujarin era la tecnología la principal fuerza mediadora en el intercambio metabólico. “la productividad del trabajo – diceda una medida precisa del balance entre sociedad y naturaleza”. Un incremento en la productividad social resultante de esta relación se consideraba un proceso progresivo y, a la inversa una disminución de la productividad social debido a una relación metabólica mal adaptada -y aquí citaba Bujarin “el agotamiento del suelo” como posible causa de tal disminución – significaba que la relación era regresiva. Todo “el proceso de la producción social – insistees una adaptación de la sociedad humana a la naturaleza exterior”. En consecuencia, “nada podría ser más incorrecto que la consideración de la naturaleza desde el punto de vista teleológico: el hombre, señor de la creación, con la naturaleza creada para su uso y todas las cosas adaptadas a sus necesidades”. En vez de ello, los seres humanos estaban inmersos en una constante lucha activa por adaptarse. “El hombre como forma natural, así como la sociedad humana en su conjunto, son productos de la naturaleza, parte de este gran todo infinito. El ser humano no puede escapar nunca de la naturaleza, e incluso cuando la “controla” esta meramente utilizando las leyes de la naturaleza para sus fines”. Ningún sistema, incluido el de la sociedad humana, puede existir en un espacio vacío, está rodeado de un “medio ambiente” del que, en última instancia dependen sus condiciones.

De hecho, era necesario considerar que los seres humanos, resaltaba Bujarin en la conferencia sobre la historia de la ciencia que pronunció en Londres en 1931, y de nuevo, en 1937, en Arabescos filosóficos , “viven y trabajan en la biosfera”.

En la década de 1920, la ecología soviética era probablemente la más avanzada del mundo. Mientras los modelos de ecología occidentales tendían aún a basarse en modelos reduccionistas, lineales, con una orientación teleológica, dirigidos a la sucesión natural, la ecología soviética exploraba el desarrollo de modelos dialécticamente más complejos, dinámicos, holísticos, coevolutivos. Los más grandes ecologistas rusos de las décadas de 1920 y 1930 fueron V.I Vernadsky (1863-1945) y N.I. Vavilov (1887-1943). Vernadsky alcanzó renombre internacional por su análisis de la biosfera y como fundador de la ciencia de la geobioquímica. En 1926 publicó La biosfera. Como escribiera Lynn Margulis et al., en el prólogo a la traducción inglesa de esta obra, Vernadsky “fue la primera persona en toda la historia que se enfrentó con las reales implicaciones del hecho de que la tierra es una esfera autónoma”.

Vavilov fue quien, en los años veinte, estableció que existían una serie de centros de gran diversidad genética en las plantas – los más ricos bancos de plasma germinal, la base de todos los cultivos humanos situados en los países subdesarrollados, “en regiones montañosas tropicales y subtropicales”. Para Vavilov, que adoptó una perspectiva dialéctica, coevolucionista, estos centros de diversidad genética vegetal eran el producto de la cultura humana”.

Otros científicos soviéticos, relacionados con Bujarin, compartían el punto de vista de éste respecto a las raíces ecológicas de la sociedad humana. En un libro titulado El marxismo y el pensamiento moderno, V.L. Komrov citaba ampliamente el largo pasaje que Engels dedica a las “ilusiones de la conquista de la naturaleza” por los seres humanos, y observaba que “el propietario privado o patrón, por necesario que pueda ser hacer que los cambios que se introducen en el mundo cumplan con las leyes de la naturaleza, no puede hacerlo ya que su finalidad es el beneficio y nada más que el beneficio. Al crear crisis tras crisis en la industria asola la riqueza natural en la agricultura, dejando tras de sí un suelo estéril, y rocas desnudas y laderas pedregosas en las zonas montañosas”.

En sus escritos, y en sus pronunciamientos políticos, insistía Lenin en que el trabajo humano no podía sustituir sin más las fuerzas de la naturaleza, y en que era esencial la “explotación racional del medio ambiente”, o la gestión científica de los recursos naturales de acuerdo con los principios de la conservación. En su calidad de líder del joven Estado soviético argumentó en favor de la “preservación de los monumentos de la naturaleza”.

Lenin estableció en 1920, en respuesta a las peticiones de Vernadsky y E.A. Fresmam, en el sur de los Urales, la primera reserva natural de la Unión Soviética, y la primera del mundo que un gobierno dedicara exclusivamente al estudio científico de la naturaleza. Así, bajo la protección de Lenin, el movimiento conservacionista soviético prosperó en la década de 1920, especialmente durante el período de la Nueva Política Económica (1921-1928).

La dialéctica de Caudwell

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Schaufelradbagger (Vorraumbagger) im Tagebau Welzow

JaySef - Wikipedia

El marxismo occidental, como tradición diferenciada que surgió en los años veinte, se caracterizó por una guerra implacable contra el positivismo de las ciencias sociales, lo que desgraciadamente conllevó un elevado coste, debido a la tendencia de crear una fisura entre la naturaleza y la sociedad, con el consiguiente abandono de todos aquellos aspectos de la existencia relacionados con la ecología y con la coevolución de los seres humanos y la naturaleza. En consecuencia tanto Lukács como Gramsci criticaron ásperamente el Materialismo histórico de Bujarin. Para Lukács, el punto débil de Bujarin era su “preocupación por las ciencias naturales”, lo que dio origen a una “falsa metodología” que llevó, como había llevado a Engels anteriormente, a “intentar convertir la dialéctica en ciencia”. Al aplicar la dialéctica a la naturaleza, Bujarin había permitido que el positivismo se introdujera subrepticiamente en el estudio de la sociedad.

El materialismo histórico de Bujarin y su posterior introducción a La ciencia en la encrucijada (la ponencia que presentó en la Conferencia Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, celebrada en Londres en 1931) fueron objeto de la crítica de Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel, de la que le hizo su principal blanco en múltiples maneras. Gramsci se oponía a toda tendencia a “convertir la ciencia en la base de la vida” y descuidar el hecho de que “la ciencia es una superestructura”. Gramsci, al igual que Lukács, no percibió las virtudes que, del mismo modo que los defectos, son evidentes en el análisis de Bujarin, virtudes que derivan del intento de relacionar la concepción materialista de la naturaleza. Aún cuando en el análisis de Bujarin se introdujo subrepticiamente un cierto mecanicismo, que consideró el “equilibrio” como una de sus características definitorias, la comprensión a menudo profunda, de las relaciones ecológicas, incluida una perspectiva coevolutiva, era un aspecto crucial de la síntesis bujariana, que se perdió en la tradición marxista occidental.

La escuela de Fráncfort, que siguió a este respecto el ejemplo de Lukács, desarrolló una crítica “ecológica” que era casi por completo culturalista en su forma, carecía de todo conocimiento de la ciencia ecológica (y de todo contenido ecológico) y, en términos generales, atribuía la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza a la ciencia y a la ilustración, análisis que procede más de raíces románticas y de la crítica de Weber de la racionalización y del “desencantamiento” del mundo que de Marx. Desde esta perspectiva la alienación se comprendía unilateralmente como alienación de la idea de la naturaleza. Sin embargo, lo que le faltaba era el análisis de la alienación real, material, respecto a la naturaleza: por ejemplo, la teoría de la fractura metabólica de Marx.

El muy influyente libro de Alfred Schmidt El concepto de la naturaleza en Marx (1962) amplia esta perspectiva unilateral de Lukács y de la escuela de Fráncfort. La condición fundamental que impregna el análisis de Schmidt reside en su repetida afirmación de que el materialismo y la dialéctica son “incompatibles”. En consecuencia apenas se hace mención en su libro de la fractura metabólica en el ciclo de los nutrientes del suelo, o en la crítica de Marx-Liebig de la agricultura capitalista, a pesar del hecho de que fue este el contexto material en el que se desarrolló el concepto marxiano de intercambio metabólico. Al no haber percibido el concepto de Marx de metabolismo en los términos en los que Marx lo aplicó realmente, es decir, en su aplicación a los problemas reales de la agricultura capitalista, y al pasar por alto, en consecuencia la dialéctica materialista marxiana (la base real coevolutiva de su pensamiento), Schmidt acaba sacando la conclusión de que Marx, simplemente, fue víctima al final de su materialismo, e incurrió por tanto en una visión “prometeica” que hacía hincapié en la dominación de la naturaleza.

La única figura dentro del marxismo occidental de la década de 1930 que, como ahora sabemos, consiguió trascender estas contradicciones en gran parte –aunque sólo fuera durante un breve y glorioso momento– fue Christopher St. John Spring (mejor conocido por su seudónimo literario de Christopher Caudwell). Pero Caudwell murió a los veintinueve años de edad, antes de que Herencia y desarrollo, su obra con una orientación más coevolutiva se publicara, el 12 de febrero de 1937, en la guerra civil española, mientras cubría con su ametralladora la retirada de sus compañeros del Batallón Británico de las Brigadas internacionales. Resultan impresionantes las consecuciones intelectuales de Caudwell en un breve periodo de tiempo, los años 1935 y 1936, en el que escribió sus principales obras, que abaarcaban un amplio espectro del panorama de la cultura y la ciencia. La mejor expresión de su punto de vista general se encuentra en la famosa afirmación contenida en el prólogo de Estudios y nuevos estudios: “O bien el demonio anda entre nosotros con gran poder, o existe una explicación causal para un mal que es común a la economía, la ciencia y el arte “. El elemento fundamental del pensamiento de Caudwell era más bien la mutua determinación (o condicionamiento) de sujeto y objeto, dentro de lo que hoy podría denominarse un punto de vista “crítico-realista” que hiciera hincapié en la dialéctica como surgimiento. Lo que adoptaba en concreto la forma de constante insistencia en el carácter coevolutivo de la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Para Caudwell, el triunfo del materialismo de Marx, que era de carácter activo y dialéctico, sobre las anteriores formas de materialismo, mecanicistas, reduccionistas y contemplativas, podía explicarse en parte como resultado de la mayor coherencia materialista y dialéctica dentro de la propia ciencia que surgió con el desarrollo de las teorías evolucionistas.

Caudwell argumenta convincentemente que las mismas rupturas de la dialéctica que caracterizaban el enfoque burgués de la economía caracterizaban asimismo la concepción de la biología (y de la ecología), y parte del mismo tipo de crítica general que se aplicaba. A saber: “(1) Noes posible separar al organismo del medio, como si fueran opuestos, distintos entre sí. La vida es la relación entre los polos opuestos que se han separado a partir de la realidad pero que permanecen en relación a partir de la red del devenir”. (2)” La evolución de la vida no pueden determinarla únicamente las voluntades de la materia viva, ni únicamente los obstáculos de la materia no viva.”. (3) “Las leyes del medio, en la medida en que constriñen el funcionamiento de la vida, no se dan en éste, sino que se dan en la relación entre medio y vida”. (4) “El desarrollo de la vida está determinado por las tendencias de ésta. Pero la historia no realiza la voluntad de los individuos; tan sólo está determinada por ellos, y a su vez los determina.(5) “la relación dentro de una especie, o entre una especie y otra, no es siempre hostil, en el sentido de que los individuos luchen por la posesión individual de unos alimentos escasos. La provisión de alimentos es en sí misma consecuencia de las relaciones existentes entre la vida y la naturaleza.

Esta perspectiva materialista compleja, dialéctica, coevolutiva, captaba la esencia de una visión del mundo ecológica. Como dijera E.P. Thompson cuatro décadas después de la muerte de Caudwell, éste había conseguido trascender el positivismo a la vez que evitaba pagar el “elevado precio” que, después de la década de 1920, se asociaba con el marxismo occidental.

Sin embargo a pesar de la práctica desaparición del debate ecológico dentro de la teoría social marxista, desde la década de 1930 hasta 1970, no todo se perdió. Interpretaciones ecológicas impregnaban la tradición cultural-naturalista británica, representada por Raymond Williams y E. P. Thompson. Este último, sobre todo, estaba fuertemente influido por el socialismo ecológico de William Morris, así como por el materialismo de Caudwell. Algunas escuelas de economía política marxiana, en especial la formada en torno a la revista Monthly Review, que (a diferencia de la mayor parte de la tradición “marxista occidental”) conservaron una fuerte orientación materialista, mantuvieron un cierto reconocimiento de los temas ecológicos.

Mayor importancia tenía el hecho de que en occidente existiera una refundación del pensamiento ecológico marxista dentro de la misma ciencia (en especial en la biología), en la que existía un profundo compromiso por el materialismo y con la dialéctica entre destacados científicos influidos por el marxismo, que en algunos casos constituía las bases filosóficas fundamentales para sus descubrimientos científicos. En Inglaterra surgió en los años treinta una fuerte tradición de científicos izquierdistas, entre los que se contaban J.D Bernal, J.B.S Haldane y Joseph Needham. Para Bernal y Needham, las exposiciones que hicieran los miembros de la delegación soviética, entre los que se contaban Bujarin, Vavilov y Boris Hessen en la Segunda Conferencia Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, celebrada en Londres en 1931, tuvieron una importancia crucial en la formación de sus opiniones. Bernal se hizo famoso principalmente por sus historias de la ciencia y en especial por su famosa Science in History en cuatro tomos. En esta obra adoptó una decidida perspectiva materialista.

Joseph Needham (bioquímico de Cambridge), sostuvo que “Marx y Engels tenían el suficiente valor para afirmar que esta [la dialéctica] ocurre en la propia naturaleza en evolución”. Lo que es más: “el hecho indubitable que ocurre en nuestro pensamiento sobre la naturaleza se debe a que nosotros y nuestro pensamiento formamos parte de la naturaleza”.

Más importante que Bernal o Needham fue Haldane, una destacada figura en el desarrollo de la síntesis neodarwiniana en la biología. En 1929 (un año después de su viaje a la URSS), Haldane, trabajando en líneas paralelas a las del científico soviético A.I. Oparin, fue el codescubridor de la primera explicación auténticamente materialista del surgimiento de los organismos vivos a partir del mundo inorgánico, que actualmente se conoce con el nombre de la hipótesis Oparin-Haldane y que el análisis de la biosfera de Vernadsky hizo en parte posible.

El propio Haldane era un ferviente partidario del naturalismo dialéctico de Engels, y escribió un “prólogo” a la Dialéctica de la naturaleza. Según Haldane, “ si se hubiera estado más familiarizado con el método de Engels, las transformaciones de nuestras ideas sobre la física que se han producido en el curso de los treinta últimos años habrían sido mucho más suaves. Si sus observaciones sobre el darwinismo hubieran sido conocidas de modo general, por mi parte me habría ahorrado un cierto grado de confusión en mi proceso de pensamiento.”

Aún cuando ha habido toda clase de discontinuidades, esta tradición de la investigación materialista y dialéctica por parte de investigadores con influencia marxista ha proseguido en las ciencias de la vida, y adquirió incluso nuevo impulso entre los años setenta y noventa del siglo pasado, en la obra de importantes figuras como Richard Lewontin, Stephen Jay Gould y Richard Levins (todos ellos profesores de Harvard). El materialismo de estos pensadores se deriva tanto o más de Darwin que de Marx. Pero la deuda para con Marx es clara.

Un intento general de bosquejar un nuevo materialismo dialéctico lo desarrolló la obra ya clásica de Levins y Lewontin El biólogo dialéctico (1985). La característica distintiva de esta obra, dedicada a Friedrich Engels (“que se equivocó muchas veces pero acertó en lo importante”) es su perspectiva compleja, no teleológica, coevolutiva. “Un compromiso con la visión del mundo evolucionista dicen Levins y Lewontines un compromiso con una creencia en la inestabilidad y el constante movimiento de los sistemas en el pasado, el presente y el futuro; se supone que ese movimiento es su característica esencial”. En el núcleo del análisis de Levins y Lewontin (como en el de Engels y Caudwell, pero sobre una base científica más sólida) está la noción de “el organismo como sujeto y objeto de la evolución” . Esto significa que los organismos no se limitan a adaptarse a su medio sino que lo cambian. Este punto de vista esencialmente dialéctico se utiliza luego para llevar a cabo la crítica del reduccionismo ecológico, que predomina en gran parte de la ciencia ecológica, a saber: la visión tradicional de la ecología clementista de que los ecosistemas presentan propiedades de diversidad, estabilidad y complejidad crecientes que atraviesan estadios sucesivos, como si fueran efectivamente “superorganismos”. Para Lewins y Lewontin por el contrario, todos estos análisis son “idealistas” y no dialécticos. En La humanidad y la naturaleza: ecología, ciencia y sociedad (1992),

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Mina de Uranio
Mina de Uranio

lberto Otero García/Creative Commons

Yrjö Haila y Richard Levins unieron este punto de vista con un análisis de gran alcance de los problemas de la ecología, que incluía la “historia social de la naturaleza” vista desde un punto de vista marxista. Obras de este tipo hacen hincapié en la importancia de la relación humana sostenible con la naturaleza, no dentro de un marco estático, sino dentro de una más amplia perspectiva que intenta centrarse en el proceso de cambio inherente tanto a la naturaleza como a la sociedad, así como a su interacción.

Stephen Jay Gould reflexiona continuamente en sus escritos sobre los principios del materialismo y del razonamiento dialéctico que inspiran su propia comprensión de la ciencia y de su desarrollo. Su obra se basa principalmente en Darwin, pero ocasionalmente recurre también a Engels, e incluso a Marx. El resultado es un dinámico tratamiento materialista y dialéctico de la naturaleza y de la sociedad humana como un proceso de la historia natural, que se pone de manifiesto en todo cuanto escribe, con independencia de cuál sea el tema.

Desgraciadamente, el reciente resurgimiento del pensamiento ecológico marxista, que se ha centrado principalmente en la economía política de las relaciones ecológicas, ha tomado hasta ahora escasamente noticia del materialismo más profundo (más profundo en su punto de vista filosófico tanto como científico) y del materialismo ecológico más desarrollado, que con frecuencia se ha mantenido entre los materialistas radicales dentro del ámbito de la ciencia. A pesar de los grandes avances producidos en el pensamiento ecológico dentro de la política económica marxista y del redescubrimiento de gran parte de la argumentación de Marx, el tema de la relación de la concepción materialista de la naturaleza con la concepción materialista de la historia (es decir, de la alienación del trabajo con la alienación con respecto de la naturaleza) apenas se ha ampliado en estos debates. La barrera establecida por la crítica filosófica dominante de la “dialéctica de la naturaleza” sigue siendo hegemónica dentro de la propia teoría social marxista; hasta tal punto que toda indagación creativa en esta dirección parece quedar bloqueada desde el comienzo. Una excepción a este respecto la constituyen la obra de ecofeministas socialistas, tales como Ariel Salleh y Mary Mellor, con sus nociones de la “naturaleza encarnada”. Con harta frecuencia, los socialistas ambientalistas se centran simplemente en la economía capitalista, y consideran los problemas ecológicos unilateralmente, desde el punto de vista de sus efectos sobre la economía capitalista, en vez de centrarse en el problema mayor del “destino de la tierra” y sus especies.

A este respecto se hace necesaria una teoría de la ecología como proceso de cambio que incluya la contingencia y la coevolución, si es que queremos no sólo entender el mundo, sino cambiarlo de acuerdo con las necesidades de la libertad humana y de la sostenibilidad ecológica. “Lo que importa no es si modificamos a la naturaleza o no, Dicen Haila y Levins – sino como y con que finalidad lo hacemos.” Lo que importa es si ha de dominarse la naturaleza unilateralmente para fines humanos estrechos, o si, en una sociedad de productores asociados, la alienación de los seres humanos en relación con la naturaleza y entre sí deja de ser la condición previa de toda existencia humana, o se reconoce lo que en rigor es: el extrañamiento respecto a todo lo que es humano.

Bibliografía

  1. Pensamos que el artículo Economia y naturaleza en Marx: el “asunto podolinsky” como prueba de un divorcio inexistente, http://www5.uva.es/jec14/comunica/A_EEMA/A_EEMA_2.pdf ofrece una muy buena explicación del carácter erróneo de la crítica sostenida por Juan Martínez Alier. []
  2. En el libro La ecología y la economía, M. Alier realiza una comparación de la actividad agrícola en España en 1950-51 frente a 1978 obteniendo el resultado que “ mientras en 1950 y 1951 una caloría de energía “moderna” contribuía a “producir” seis calorías de producción vegetal, esta relación está a finales de los setenta por debajo de una caloría por caloría…¿Las nuevas tecnologías han aumentado la productividad? []