La gestión del desempleo: menos y peor trabajo, y más beneficio

La recuperación con beneficios pero sin empleo

La emergencia del desempleo masivo

Las economías del sur de Europa han sufrido un importante golpe con la crisis, que ha acelerado muchas dinámicas que perjudican al trabajo. Como se ha comentado en otras partes de este informe, hace décadas que se está dando un desplazamiento de los centros de producción mundial y eso ha dado lugar a la reaparición de nuevas regiones periféricas donde se extrema la vulnerabilidad de la producción y del empleo y el empeoramiento de las condiciones de vida. La crisis ha destruido un gran número de puestos de trabajo que la última fase de crecimiento económico había creado en la construcción y el negocio inmobiliario así como otros sectores productivos arrastrados por la dinámica expansiva de la burbuja inmobiliaria y financiera. Para entender por qué ahora aflora un desempleo tan masivo hay que tener en cuenta que la dinámica económica de la década anterior a la crisis, y que obtuvo su punto álgido justo en los años 2007 y 2008, supuso una reducción considerable de la tasa de paro y, durante un tiempo, se contrarrestó la destrucción de empleo de la reconversión industrial de los 80. Durante los 2000 se incorporaron amplias capas de la población al trabajo, incluso aquellos segmentos que tradicionalmente habían quedado al margen de la participación laboral. Se incrementó el acceso al empleo de la población joven: la tasa de actividad de la población1 entre 15 y 24 años pasó del 40% al 47,9% en el 2007, y la tasa de ocupación,2 que en 1998 era del 26,5%, siete años más tarde alcanzó el 34,9% para después escalar hasta el 39,2% el 2007. Durante la expansión económica, las mujeres consolidaron su incorporación al trabajo en el mercado laboral, sin un retorno al hogar en etapas de maternidad como ocurría tradicionalmente.3 La tasa de ocupación de las mujeres ha ido creciendo con intensidad, y si el 1995 tan solo el 31,7% de las mujeres en edad laboral tenía un empleo, el 2007 fue el 55,3%, suponiendo el 55% del incremento total de población activa. Por otro lado, la población inmigrante tuvo más posibilidades de acceder a un empleo: la población de origen extranjero supuso el 49% del incremento de la población activa de ese período.

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Gráfico 13. Ingresos derivados del trabajo como porcentaje del PIB en distintos países, 1988-2011.
Gráfico 13. Ingresos derivados del trabajo como porcentaje del PIB en distintos países, 1988-2011. Fuente: Público.

Fuente: Público.

Esta mejora en el acceso al trabajo por parte de las clases populares vino acompañada de una generalización de la precariedad laboral, especialmente entre los colectivos mencionados. Las tasas de contratación temporal fueron las más altas de Europa. En el 2006, más de un tercio de los contratos eran temporales, porcentaje que doblaba la media europea. La participación de las mujeres en el trabajo mercantil está altamente condicionada por el rol de cuidadoras que asumen en el ámbito familiar, con una incidencia importante de los trabajos a tiempo parcial y períodos de inactividad. Las dinámicas económicas, sociales y políticas, que se comentarán más adelante condujeron a un incremento notable de la actividad de la población en edad de trabajar.

Los ingresos de las familias, que antes eran cubiertos por el salario de un trabajo sustentador principal, mayoritariamente hombres, que tenía un empleo estable, han pasado a requerir varios sueldos mediante los trabajos asalariados de mujeres y jóvenes y el encadenado de empleos temporales y combinación de formas de empleo: a tiempo parcial, trabajo en campañas o temporadas, trabajo autónomo, autoempleo,… Los medios de vida de las clases populares dependen ya de que la mayor parte de los miembros de las familias, u otras unidades de convivencia, puedan disponer de un empleo y un salario, y por ello, la problemática del empleo se desborda.

De la devastación del empleo a la a mejora de los beneficios

En un primer momento, el desmoronamiento del empleo respondió al ajuste del sector de la construcción y el negocio inmobiliario, pero enseguida emergieron las consecuencias del reajuste de los desequilibrios a nivel de deuda y sobreacumulación. Los problemas estructurales de empleo en el modelo productivo periférico salen a la luz como un fenómeno muy profundo y estructural. Sin la opción de relanzar la actividad económica mediante la especulación financiera, inmobiliaria u de otros bienes y servicios, el modelo productivo se reconfigura en el escenario post crisis, y en vez de guiar esta recuperación a mejorar la situación del empleo, la actividad económica se relanza guiada por un retroceso drástico de las remuneraciones salariales al restablecimiento de la tasa de beneficios de las inversiones, en detrimento de un paro inmenso.

La crisis ha dado lugar a una nueva etapa en la que, según todos los pronósticos, el nivel de paro va a permanecer muy alto, entorno el 20%, durante mucho tiempo y las condiciones laborales van a continuar empeorando. En cambio, los índices de beneficios y de productividad muestran mejoras. A diferencia de otras etapas históricas y otros modelos de producción que se han dado en el capitalismo, en lugares y tiempos concretos, en que la acumulación del capital daba lugar a una dinámica expansiva de productividad, beneficios y, aunque menos intensamente, de los salarios y el consumo, el relanzamiento de la etapa de la globalización post-crisis se da con una continuidad de la devastación brutal del empleo. Así pues, esta nueva etapa va a suponer la ruptura –casi– definitiva con las formas de expansión del capital que alineaban las mejoras de productividad con las mejoras de los salarios y condiciones de trabajo, que se habían dado en el modelo fordista y que habían sido ampliamente desmanteladas por el neoliberalismo. Se da un gran salto adelante en, o incluso podríamos decir que se culmina, un modelo de producción insertado en la economía globalizada en que los beneficios logran apuntalarse en un sistema de trabajo cualitativamente y cuantitativamente distinto, en que toman un protagonismo renovado unos mecanismos de devastación del empleo y de depredación de los salarios.

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 Gráfico 14. Evolución del VAB, el empleo y la productividad. Índice 2008:100.

Gráfico 14. Evolución del VAB, el empleo y la productividad. Índice 2008:100. Fuente: elaboración propia en base al INE.

Fuente: elaboración propia en base al INE.

A pesar de ello, el discurso neoliberal generalizado en los medios de comunicación, y en la academia, sigue fomentando el paradigma de la innovación y el emprendimiento como motores para salir de la crisis. Según esta visión, los empresarios serían emprendedores que, gracias a su atrevimiento para asumir riesgos y su capacidad de gestionar eficientemente los recursos, liderarán la reactivación económica. Pero lo cierto es que el comportamiento real de los empresarios y gerentes es todo lo contrario a innovador y arriesgado: amputar las plantillas, devorar los salarios y rapiñar las condiciones laborales para lograr unos beneficios máximos en medio del declive de la demanda.

El paro no es un fenómeno que ocurre como resultado del impacto de una variable ajena al propio desarrollo capitalista, como suele calificarse al pinchazo de la burbuja inmobiliaria o al derrumbe financiero. El paro es un elemento intrínseco al desarrollo del capitalista y cumple una función muy importante en el restablecimiento de las bases de la acumulación del capital, y esta función será clave durante la etapa post-crisis. La destrucción de los puestos de trabajo en el sur de Europa ha sido la principal vía de ajuste de los desequilibrios comentados anteriormente y del reequilibrio de las capacidades productivas a nivel mundial. Como en otras crisis históricas, la expulsión de trabajadores ha sido la salvaguarda de los beneficios, bien porque las empresas han disminuido su tamaño bien adaptándose a un mercado también más pequeño, bien porque algunas empresas han cerrado y las que han sobrevivido, lo hacen en un sector de menor dimensión. Esta etapa viene a significar una nueva fase de la “reconversión industrial” que sufrió la economía española durante los ochenta, con una drástica reducción de la capacidad productiva y de los puestos de trabajo. Entonces la problemática de los sectores industriales era la falta de modernización de la producción, y se justificaba el desempleo por la supuesta reorganización sectorial, tecnológica y de organización de la producción que éste iba a facilitar. Esta reconversión condujo a una estructura productiva débil y una enorme precariedad del empleo. La economía española había basado su expansión en un incremento de la demanda basado en el endeudamiento privado, y esta vulnerabilidad desencadenó una destrucción de empleo más acelerada. Se encuentra entre “aquellas economías que han desarrollado especializaciones centradas en industrias de desarrollo tecnológico medio-bajo, servicios de escaso valor añadido o actividades inmobiliarias y constructoras, presentan modelos de empleo en los que abundan los empleos temporales, de bajos salarios y con escasos derechos”4 y que, por ello, la destrucción del empleo es especialmente intensa.

El desempleo ha supuesto también una vía de incremento brutal de la productividad. En la economía española se ha dado un sobredimensionamiento del paro, ya que los recortes de plantilla han sido de más intensidad de lo que se explicaría por la caída de la actividad. La reducción de plantillas continúa hoy en día. En 2014, el 9,7% de las empresas españolas redujeron personal temporal y el 17,5% hicieron despidos. Estos porcentajes son mayores en las grandes empresas: tres cuartas partes de las empresas con una plantilla de 500 trabajadores o más han hecho despidos. A pesar de que se crea más empleo que hace unos años, el porcentaje de parados que encuentran un trabajo ha caído del 17,2% en 2011 al 15,9% en el 2014. La OIT ha alertado de que se está sustituyendo empleo por nuevas tecnologías a un ritmo “muy rápido y preocupante”.5

La mayoría de empresas han reducido la plantilla de una forma más intensa que la reducción de la producción, incrementando la productividad mediante la intensificación del trabajo o un alargamiento de la jornada laboral sin un aumento de las retribuciones salariales. Menos personas realizan más trabajo que antes de la crisis. Como se comentará más adelante, se está reduciendo el número de horas trabajadas, pero de igual modo que en los recortes de plantilla, esta estrategia de emplear a tiempo parcial conlleva también una mayor intensidad del trabajo: con menos horas se produce más. Entre 2007 y 2014, el empleo ha disminuido el 15,8%, mientras que el valor añadido bruto se redujo tan solo el 7,5%. Esto significa un incremento de la productividad del 9,8%. Este desequilibrio entre la intensidad de la reducción del empleo y del valor añadido se ha dado principalmente en la industria, las actividades de la construcción e inmobiliarias, y algunos servicios (comercio, reparación de vehículos, transporte, almacenamiento, hostelería, artísticas, entretenimiento y otros).

Observamos un aumento de la productividad en relación a la situación anterior a la crisis. Pero en 2014 y 2015, este indicador de productividad crece muy poco por dos motivos. Por una parte, como veremos a continuación, muchos de los nuevos puestos de trabajo que se están generando son a tiempo parcial (el incremento del empleo en el 2014 fue del 0,9%, y el de las horas totales fue del 1,1%) y en estos puestos de trabajo, la cantidad de valor añadido por empleado es menor. Por otra parte, se están creando en sectores productivos de bajo valor añadido: el comercio y la hostelería generan la mitad de la creación de empleo, y los servicios de no mercado (administración pública), un tercio.

La rentabilidad de las empresas se relanza mediante mecanismos encaminados a la reducción de los salarios y a la transferencia de recursos hacia los beneficios del capital. El año 2007, la remuneración de los asalariados suponía el 48,3% del PIB y los años posteriores, entre el 2008 y el 2011, el peso fue mayor. A partir del 2012 empezó a caer, hasta situarse en un mínimo del 47%. A su vez, el excedente bruto de explotación se mantuvo entre un 41,4% y un 42,2% en el período 20072011, para empezar a crecer hasta el 43,2% el 2012 y mantenerse posteriormente en sus niveles máximos (42,7% de media). La remuneración de los asalariados, según la contabilidad nacional del INE, cayó un 0,6% el 2012, creció un 1,7 el 2013 y volvió a caer un 0,6% en 2014. El tercer trimestre del 2015 se mantuvo estancada (+0,3%). Otro indicador de la evolución salarial es el coste laboral de la encuesta trimestral del coste laboral del INE. El 2012, el coste laboral cayó un 0,6%, el 2013 creció solamente un 0,2% y el 2014, descendió un 0,3%. En septiembre del 2015, el crecimiento era del 0,4%.

Los procesos de exclusión laboral

La población expulsada de la producción

En la actual etapa, el gran desarrollo de la tecnología y de la productividad alcanzados arrojan un exceso de capacidad productiva permanente, y la exclusión de amplias capas de la población al acceso a un empleo es un elemento central de la gestión capitalista de este colapso. El paro no es solamente resultado de los recortes de plantilla o los cierres de las empresas, sino que también es fruto de todo un mecanismo de gestión de la fuerza laboral que establece enormes barreras que agudizan y cronifican el desempleo. La cifra de desempleo total se va reduciendo, pero la del paro de larga duración ha seguido creciendo y, más recientemente, se ha reducido con menos intensidad. Casi tres millones de parados llevan más de un año en paro. Según un estudio de la empresa de trabajo temporal, y otros negocios de la intermediación laboral, Manpower, tres millones de personas en el Estado español tienen escasas posibilidades de incorporarse en el mercado laboral.

La reconfiguración sectorial y el vaciado de capacidad de producción destruye ciertas ocupaciones y profesiones, que quedan obsoletas, no porque no sean necesarias socialmente, sino porque no son requeridas por las inversiones capitalistas. Ciertos segmentos de la población, por sus características de edad y nivel formativo, entre otras, son relegados del mundo laboral, perdiendo atractivo para los procesos de selección de personal. La pérdida de experiencia profesional se acumula, y cuanto más tiempo se está sin trabajar, menos tenemos que ofrecer en nuestro currículum, que compite con muchas otras candidaturas con más preparación porque no han sido apartadas tanto tiempo de la actividad laboral. Además, el acceso a los empleos se realiza, generalmente, mediante un sistema de recursos informales, en que los vínculos profesionales, los contactos, las referencias y la información de boca a oreja son la clave para tener acceso a las ofertas de trabajo y posibilidades de que te contraten. En esta etapa de desempleo masivo, perder un empleo, o no haber tenido la primera oportunidad laboral, puede significar salir completamente del mercado laboral. Un mercado que es gestionado de tal manera que quienes no cumplen suficientemente los criterios empresariales de ocupabilidad dejan de existir como fuerza de trabajo.

El acceso al mercado de trabajo depende fuertemente de unos criterios elegidos en cada momento o contexto por las necesidades de los beneficios. Se expulsan de forma dramática unos segmentos determinados de la población, afectada no solamente por la escasez de empleo sino también por quedar al margen los parámetros de la ocupabilidad. La probabilidad de encontrar un empleo estando en paro es menor en las mujeres que en los hombres, en las personas demandantes del primer empleo que en las que ya tienen experiencia profesional previa, en las personas de más edad, las que llevan más tiempo en paro y cuánto menor sea el nivel educativo. En términos generales, los sistemas de intermediación laboral y de asignación de las prestaciones se rigen por un concepto de ocupabilidad en que la fuerza laboral más atractiva a ser empleada es la que no cobra prestaciones, participa en cursos de formación y está dispuesta a aceptar trabajos fuera de su área geográfica y en otras profesiones.

Así pues, si bien hemos explicado que la expulsión del desempleo es resultado de la reestructuración del sistema productivo ante la sobrecapacidad productiva, cómo se consolida esta exclusión y se convierte en estructural, se explica también por los mecanismos de movimiento del trabajo. La elevada rotación de empleos, junto con un ejército de reserva (población sin empleo) masivo permite establecer una devaluación selectiva del empleo y un mayor control del mercado de trabajo por parte del capital. El capital se deshace de las barreras que le impedían despedir, definitivamente, ciertos perfiles laborales que le son menos rentables, y reemplazarlos por otros empleos con características más ventajosas para los beneficios.

Por una parte, con la crisis, las empresas están aprovechando para despedir a los trabajadores de mayor antigüedad, que tienen unas mejores condiciones laborales estipuladas, mejores salarios y un conjunto de derechos acumulados. En la población de mayor edad el paro tiende a cronificarse. El 42% de los parados de larga duración tienen más de 45 años, situación que afecta al 13% de la población activa en estas edades. Se habla también de una generación perdida de jóvenes que están terminando sus estudios y no van a lograr acceder al mundo laboral. La generación más joven es la más afectada por la exclusión. Con la crisis, la actividad y el empleo juvenil cayeron bruscamente hasta mínimos históricos, en que solamente el 35,7% de la población de esta franja de edad estaba en situación de actividad y únicamente el 16,7% tenían empleo. El segmento de jóvenes sin estudios o con estudios básicos será el más afectado por la exclusión laboral.

Pero además, se da una transformación en las actividades y las cualidades de los puestos de trabajo. Por ejemplo ciertos oficios y profesiones se reducen drásticamente (por ejemplo, las ligadas al sector de la construcción y algunas actividades industriales). Con la externalización de la producción y los servicios, se están destruyendo puestos de trabajo que desempeñaban un conjunto de actividades, con cierto grado de especialización, pero en cambio se crean distintos trabajos con tareas más simplificadas, en que los trabajadores pasan a desempeñar unas actividades determinadas estipuladas por la subcontrata y que están desconectadas del conjunto de la producción.

La reducción del paro que se ha experimentado últimamente no tiene un reflejo de igual intensidad en la creación de empleo. Interviene el hecho de que un gran número de personas paradas han pasado a una situación de inactividad. Según la Encuesta de la Población Activa (EPA), el 2014 el 53% de la disminución de la cifra de parados es por la reducción de la población activa y no por la creación de empleo, aunque los datos del 2015 indican una contracción de la población inactiva. En los tres primeros trimestres del 2015 se han creado más de medio millón de puestos de trabajo, que han absorbido la reducción del paro y un ligero descenso de la inactividad. Más adelante veremos la pobre calidad de muchos de estos puestos de trabajo. La relación entre la situación de actividad (paro y empleo) e inactividad (personas que no buscan empleo y que tampoco están trabajando, mayormente jubilados pero también estudiantes, amas de casa y otras situaciones) es compleja. Si bien es de esperar que, ante las escasas posibilidades de empleo, mucha gente en paro abandone la búsqueda de trabajo y pase a ser inactiva –por efecto “desánimo”–, lo cierto es que la tasa de actividad ha crecido durante la crisis y se mantiene a niveles elevados. La activación de la fuerza de trabajo alcanza niveles máximos porque, para suplir los ingresos perdidos por aquellas personas que se quedan en paro, el resto de personas de las unidades familiares intensifican la búsqueda de empleo, incluso cuando esto significa pasar largas temporadas en el paro. Por ejemplo, muchas mujeres de más de 55 años que hacía tiempo que estaban en situación de inactividad han accedido al mercado laboral a buscar empleo, ya que las posibilidades de encontrar trabajo de sus maridos e hijos son muy escasas.

En la actualidad, la tasa de actividad del Estado español es superior al resto de países de Europa. Aplicando las tasas de actividad de otras economías europeas, más de medio millón de personas dejarían de estar en situación de paro y pasarían a formar parte de la población inactiva. Este fenómeno es especialmente acusado entre las mujeres, cuya tasa de actividad, que antes de la crisis era inferior a la media europea, actualmente está por encima. El diferencial de la tasa de actividad con la Eurozona equivale a una cifra de 320.000 mujeres activas. Con esto, podemos deducir que el desempleo sería sensiblemente inferior si no se diera este “exceso” de actividad de la población. Obviamente el contexto social, económico e institucional de los distintos estados es muy diferente, y las situaciones de inactividad son muy distintas, y en otros lugares, la población inactiva tiene acceso a recursos económicos a través de la familia o del Estado. No estamos planteando que estas personas queden al margen de la actividad laboral en el Estado español en las condiciones actuales (en ningún caso proponemos que las mujeres retornen al hogar para hacerse cargo en exclusiva de los trabajos domésticos y de cuidados de manera gratuita y sin un sistema de derechos garantizados). Pero si planteásemos un reparto del trabajo y de la riqueza para hacer frente al problema del paro, no solamente tendríamos más empleos sino que tampoco sería necesario que tantas personas estuviesen en situación de actividad.

Se crea trabajo en condiciones de subempleo

Además de unas altas dosis de paro, la gestión de la destrucción de empleo en esta etapa post-crisis está dando lugar también al crecimiento de formas de trabajo en que la participación en el mundo de la producción es incompleta. En estas formas de “subempleo”, la fuerza laboral esté insertada en el circuito de la producción por debajo de su capacidad productiva. La exclusión laboral, pues, es un fenómeno que va más allá de la expulsión de población del acceso al empleo. El subempleo es una forma de gestionar la incapacidad de generar empleo de una economía que oculta parcialmente la problemática de la falta de ingresos salariales. Se difumina y se interioriza en las formas de trabajo excluyendo partes de la potencialidad productiva de la fuerza de trabajo, bien porque el tiempo de trabajo es inferior a la jornada laboral entera y/o tiene una intermitencia y duración muy por debajo de los periodos activos de las vidas de las personas, bien porque las habilidades y conocimientos requeridos en el empleo son inferiores que los que posee esta fuerza laboral.

Una parte importante del empleo que ha generado en los últimos años se debe a que se están repartiendo las horas de trabajo entre un mayor número de trabajadores. Los nuevos puestos de trabajo contratan menos horas (se contratan más trabajadores para una misma cantidad de horas), y se está apreciando una sustitución de trabajos de jornada completa por contratos a tiempo parcial. Según la EPA, más de 2 millones de personas ocupadas están en situación de subempleo6 porque trabajan menos horas de las que desearían. Para el 2014, “si comparamos el aumento de horas trabajadas con el de ocupados, el resultado es que el empleo creció el doble que las horas; dicho de otra forma, el trabajo disponible aumentó muy poco (0,6%) pero, como se repartió entre más personas, el número de ocupados creció el 1,2%. Si se mantuviera la jornada media del año 2013, el empleo habría crecido la mitad de lo que reflejan las estadísticas”.7 Durante el 2015, el 12% de la generación de empleo fue a tiempo parcial. El Estado español tiene el récord mundial de trabajo a tiempo parcial entre la población joven: el 22% de las persones entre 15 y 24 años trabaja de forma involuntaria en empleos a media jornada, mientras que la media de los países de la OCDE es del 4%. Esta estrategia de reparto del tiempo de trabajo para crear ocupación ofrece, como decíamos al principio, una oportunidad de intensificar el trabajo y ganar productividad. Y es, en parte, también una estrategia para ocultar tiempo de trabajo que se realiza pero que no consta y no se paga, porque en algunos casos, a pesar de la reducción de la jornada, se trabaja igual o más, ya que se observa un incremento de las horas extras no remuneradas.

Si bien la propuesta presentada por el BCE el 2011 de generalizar la figura de los “minijobs” (empleos de muy pocas horas por un sueldo muy bajo) no cuajó, el gobierno del Estado español ha fomentado el trabajo a tiempo parcial, con salarios mucho más bajos y peores condiciones que los trabajos a tiempo completo, y con mucha más precariedad. La reforma laboral del 2013 modificó el contrato a tiempo parcial (cambiaron las horas extras por las horas complementarias, más baratas, y se redujo el preaviso para cambiar el horario y la jornada), de tal forma que bajo este contrato el empresario puede ir modificando la cantidad de horas de la jornada a trabajar según sus intereses, desde una cantidad mínima de horas hasta un trabajo casi a tiempo completo. Esta forma de trabajo tan amplia y variable implica una total disponibilidad del trabajador, ya que como el horario y jornada cambia y no se avisa al trabajador o trabajadora con suficiente antelación, es imposible compaginar este contrato con otro trabajo, ni con otras actividades que impliquen responsabilidades estables, como por ejemplo cuidar a familiares.

Además de la escasa intensidad de horas de trabajo, existen otras formas de subempleo, que cuestan más de medir pero que no podemos dejar de mencionar. Por ejemplo:

El empleo de supervivencia en el sector informal: el informe Flexibilidad en el trabajo 2014 de la ETT Randstad calcula que en el Estado español hay entre 2 y 3 millones de empleados y empleadas en la economía sumergida. En el empleo informal, la falta de garantías hace que el trabajador y trabajadora tenga que afrontar unas malas condiciones de trabajo en cuanto a la seguridad y la salud (mayores riesgos, malas condiciones ambientales –temperatura, luz, ruido,…), jornadas de trabajo larguísimas y sin días de descanso y retraso en el pago de las nóminas, incluso impagos. Una parte del empleo en negro corresponde a horas que se trabajan pero que no constan en la nómina y se realizan en contra de la regulación de las jornadas en los convenios.

Empleo por debajo de la formación adquirida: Según las estadísticas de la OCDE, en el Estado español hay más de 6 millones de personas ocupadas que tienen sobrecualificación, que suponen el 30% del empleo total y más de la mitad en las personas extranjeras y el 57% en las personas jóvenes.

Trabajadores y trabajadoras pobres: El informe Estado del Trabajo Decente en el Mundo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que uno de cada cinco trabajadores o trabajadoras en el Estado español son pobres. El porcentaje de “trabajadores pobres” –los que ganan menos del 60% de la renta media– aumentó, entre 2000 y 2014, del 18% al 22,2%.

Ampliando el concepto de paro

Si englobamos las distintas formas de exclusión del empleo que hemos estado mencionando, y que podemos cuantificar numéricamente, obtenemos un porcentaje de población que estaría bajo condiciones de subocupación, es decir, participando en los procesos productivos por debajo de su potencial como fuerza laboral. Estas situaciones se traducen en un incremento de la inestabilidad en el empleo, en la falta de ingresos o ingresos insuficientes.

A continuación hacemos una agregación de distintas situaciones en que, en el Estado español, las personas están apartadas del mundo laboral o participan en él precariamente y con poca intensidad: sin empleo, que están buscando empleo (parados/as), sin empleo, que no buscan empleo y por ello no cuentan como paradas ni parados, pero sí que desearían trabajar (desanimados/as), sin empleo, que se han retirado del mercado laboral antes de la edad de jubilación (prejubilados/as), con empleo, pero trabajando menos horas de las que desearían (subempleados/as) y con empleo, a jornada completa, pero temporal.

La cifra total de población en esta situación, que nos da una dimensión más amplia de la problemática de la falta de empleo, casi triplica la que es considerada parada a efectos de la EPA. En el tercer trimestre del 2015, 11,8 millones de personas se encuentran en una situación que podríamos calificar de subocupación, alcanzando el 48% de la población considerada. Porcentaje muy superior al 21% de la tasa de paro. Además, el diferencial entre mujeres y hombres (51% frente a 45%) es más amplio que en que se observa en las tasas de paro (20% y 23%, respectivamente). Si bien hay más hombres en paro que mujeres, hay más mujeres en situación de inactividad que sí que querrían trabajar y subempleadas, por una mayor proporción de mujeres con trabajos a jornada parcial.

[infogram id=”be28111d-0cea-4189-b8e2-018cfc482f10″ prefix=”lNu” format=”interactive” title=”Cuadro 6. Personas en distintas situaciones de subocupación.”]

Una nueva etapa de subordinación del trabajo al capital

La precariedad pisa el acelerador

Las condiciones laborales y salariales de los trabajos, los nuevos que se generan o que vienen a sustituir empleo existente, se están degradando de una forma que antes no era posible. El paro está brindando a los empresarios una oportunidad hasta ahora impensable de imponer recortes salariales y la transformación de las condiciones de trabajo. La forma más impactante es la sustitución de empleos por situaciones mucho más precarias mediante la rotación laboral. La mayor parte de la gente que pierde el trabajo tiene que aceptar empleos con sueldos más bajos, con recortes del 13% y el 17% según un informe de Fedea. La contratación temporal tiene asociados unos salarios bajos. Según FOESSA, el 42% de familias en que la persona sustentadora principal tiene un contrato temporal está en riesgo de exclusión social.

La crisis destruyó una gran parte de la contratación laboral, mediante la no renovación de los contratos, cosa que hizo disminuir la tasa de temporalidad simplemente por aritmética. Pero esta sigue repuntando y situándose en los máximos a nivel de Europa. Está creciendo la contratación temporal y la duración de los contratos cada vez es menor. El 2014, el 80% del trabajo asalariado creado era temporal, y los tres primeros trimestres del 2015 fue el 56%. Además, el 20% y el 17% restante era indefinido a tiempo parcial.

La OIT advierte que el 40% de los empleos en la economía española se transformarán completamente, incrementando el trabajo por cuenta propia en detrimento del asalariado y también aumentando el empleo a tiempo parcial y temporal, incluso de muy corta duración.

Según datos de la EPA, el 2015 se han creado algo más de medio millón de empleos, el 55% de los cuales eran temporales y únicamente el 35% fueron contratos indefinidos a jornada completa. Actualmente, el 62% de las personas ocupadas tienen contratos indefinidos, porque mantienen sus empleos de otras épocas pasadas. Pero si las tendencias del empleo irregular continúan en pocos años, pasaran a ser una minoría. Extrapolando esta tendencia, de aquí a 9 años el trabajo indefinido a tiempo completo será menos de la mitad, a favor del crecimiento del peso del trabajo temporal y del trabajo autónomo.

Las formas flexibles de explotación

Las relaciones laborales han estado cambiando en las últimas décadas. La globalización neoliberal ha supuesto una transformación en las formas de trabajo, desmantelando las relaciones laborales fordistas que, en las economías centrales, suponían la participación estable de la fuerza de trabajo en el ámbito de la producción y, como comentábamos anteriormente, un reparto de las rentas obtenidas por la mejora de la productividad. La relación laboral se ha ido precarizando, perdiendo tanto la estabilidad como los vínculos de los salarios con la productividad. En la etapa post-crisis se están desplegando una serie de mecanismos que están transformando en profundidad las relaciones laborales, y avanzan hacia la maximización de la subordinación del trabajo al capital. En un contexto de atonía de la demanda, como es la economía española post crisis, el control de los beneficios no solamente implica la controlar la capacidad de generarlos (explotación en el trabajo) o la posibilidad de reinvertirlos (acumulación del capital), sino que toma mucha relevancia la capacidad de dotarlos de “seguridad”. Los beneficios del capital quedan “fijados” mediante un mecanismo amplio de externalización de las pérdidas hacia la fuerza de trabajo. La temporalidad en la contratación, así como las facilidades del despido, –instrumentos de “flexibilidad externa”– han actuado de salvaguarda de los beneficios ante el desmoronamiento de la producción y la demanda.

[infogram id=”b2d7ca8b-5400-4000-aa19-a3d3dbf1e643″ prefix=”XwP” format=”interactive” title=”Gráfico 15. Distribución del empleo según modalidades de trabajo.”]

La gestión de la fuerza de trabajo ha enfatizado un aspecto que, hasta la crisis al capital le había costado desarrollar: una nueva subordinación del trabajo a los intereses del capital. En el capitalismo, el trabajo siempre está subordinado al capital, ya que la producción de la fuerza de trabajo está orientada a la obtención de los beneficios, pero las formas de trabajo y el reparto de la renta entre salarios y beneficios están sujetos a una serie de regulaciones legales y condicionamientos sociales que son fruto de la lucha de clases y de los distintos contextos socioeconómicos. Las empresas han ido transformando sus sistemas de producción, hacia un modelo de producción variable y el trabajo “flexible”, desmantelando unos sistemas de regulación del empleo, y en esta etapa post crisis, se han lanzado a hacer un embate definitivo. Ahora cada cual está llamado en adelante a concebirse y conducirse como una empresa, una “empresa de sí mismo” como decía Foucault.

Ser “empresa de sí” significa vivir por completo en el riesgo, compartir un estilo de existencia económica hasta ahora reservado exclusivamente a los empresarios. Se trata de una conminación constante a ir más allá de uno mismo, lo que supone asumir en la propia vida un desequilibrio permanente, no descansar o pararse jamás, superarse siempre y encontrar el disfrute en esa misma superación de toda situación dada. Es como si la lógica de acumulación indefinida del capital se hubiese convertido en una modalidad subjetiva. Ese es el infierno social e íntimo al que el neoliberalismo nos conduce.

El concepto de trabajo está experimentando cambios trascendentales. El empleo y los salarios se desvincula de los incrementos de la producción y beneficios, como recogía la legislación laboral (el despido procedente se restringía a ciertas causas que el empresario tenía que demostrar) y los convenios colectivos (sistemas de retribución salarial basados en un salario fijo y con subidas salariales pactadas entre sindicatos y patronales, o empresarios y comités de empresa). El trabajo pasa a ser concebido como un mero vínculo laboral sin un contenido definido, cuya duración se limita a encadenar diferentes contratos temporales o a una serie de modificaciones que tienen lugar automáticamente, sin negociación y, por tanto, evitando el conflicto. Un caso paradigmático es Telefónica, que tiene beneficios millonarios (3.0000 millones de euros anuales), el 2011 planteó un recorte de plantilla de un 20% y el 2015 rebajó el importe de las subcontratas un 20%. El objetivo de ésta, y de muchísimas otras empresas, es aprovechar la crisis para transformar el 20% de su empleo en un trabajo mucho más vulnerable y manejable para los intereses del capital. El 2012, Telefónica despidió al empleado Marcos por haber estado varias veces en situación de baja médica, aplicando un despido objetivo con la justificación de que Marcos “no era rentable”. Los trabajadores de Telefónica pueden ser despedidos automáticamente si no son “rentables”, es decir, si no cumplen ciertas exigencias de productividad, que son impuestas por Telefónica, que los mismos trabajadores desconocen. Los altos directivos de Telefónica, que son de los ejecutivos mejor pagados del Estado español, cobran 103 veces más que sus trabajadores medios, sin tenerse que preocupar por si son o no “rentables”.

Esta transformación hacia el trabajo “rentable” supone una mayor subordinación del trabajo al capital. Es un modelo laboral que permite a los empresarios disponer de unos mecanismos automáticos, que codifican los objetivos individuales de productividad, para despedir o modificar salarios, funciones y lugares de trabajo sin costes de tiempo ni de dinero. La reforma laboral del 2012 rebajó los criterios para justificar las causas de despidos procedentes y de modificaciones de jornadas, horarios, sueldos, ámbitos geográficos o funciones y facilitó las cláusulas de descuelgue, en virtud de las cuales los empresarios pueden incumplir los acuerdos. Los sistemas de remuneración incorporan, cada vez más, sistemas de remuneración variable, que están permitiendo que los empresarios paguen sueldos menores automáticamente, sin necesidad de revisar los acuerdos salariales. La cobertura de los convenios colectivos se está desmantelando desde la crisis. El 2008, casi 12 millones de empleados y empleadas estaban dentro de un convenio, la mayoría de ámbito superior a la empresa. En cambio, el 2015 solamente fueron 6,5 millones. De este modo, los sistemas de gestión laboral individualizan la fuerza de trabajo y la consideran como cualquier otro proveedor de suministros de la empresa. Se refuerza el carácter “variable” de la fuerza de trabajo de varias maneras. Dentro de las empresas, la cantidad de trabajo, su distribución entre centros de trabajos, las funciones a desempeñar y sus retribuciones se pueden ajustar con precisión y de forma automática, externalizando las consecuencias negativas desde los beneficios hacia la fuerza de trabajo. Los propios trabajadores y trabajadoras acaban interiorizando los criterios de rentabilidad y adaptando actitudes dóciles que adoptan la persecución de los beneficios como un objetivo también propio En un blog dedicado al empleo se dan unas recomendaciones para ser un trabajador rentable: “En primer lugar debes cuidar tu imagen. Esto significa que si quieres que te cataloguen como una persona responsable, has de actuar como tal. Ser puntual y tener iniciativa en los proyectos te ayudará a conseguirlo. Recuerda que labrarse una buena reputación es cuestión de tiempo, pero esta puede desmoronarse en cuestión de unos pocos minutos. Por eso, ten excesivo cuidado con las noches de copas, las cenas y de más eventos fuera de la oficina. Finalmente, demuestra tu intención y tu apoyo con actos. No sirve verbalizar que estás del lado de la empresa o que te preocupas por ella. Demuéstralo cada día en tus acciones y entonces se te valorará como mereces. Una de las formas de demostrarlo es el corporativismo. Es decir, si tu empresa vende coches, compra uno, si vende refrescos, bébelos o si hace ropa, usa la ropa de tu empresa”.8

Esta flexibilidad laboral permite a los empresarios emplear la fuerza de trabajo con una enorme precisión, trasladando partes de la plantilla de un centro a otro, modificando las distintas funciones, recortando los salarios y exigiendo una intensidad del trabajo desconocida en los últimos tiempos. La siniestralidad es un indicador de la carga de trabajo, y observamos que a partir del 2012 se revierte la tendencia negativa empezada seis años antes. La penalización de las bajas laborales está haciendo que mucha gente vaya a trabajar enferma, y se suceden enfermedades profesionales y accidentes laborales.

Todo esto supone una externalización de costes, que asume la fuerza de trabajo en forma monetaria con recortes salariales, pero también como una mayor inseguridad de la continuidad laboral, una mayor docilidad y dependencia y la adaptación de los tiempos de vida a unos horarios y jornadas cambiantes. Casi una cuarta parte de las empresas han aplicado medidas de flexibilidad interna, porcentaje que se dobla en el caso de las empresas de más de 250 trabajadores. El tipo de flexibilidad interna más recurrente es el cambio de jornada laboral, bien por el cambio de tipo de jornada (completa o parcial) como otras medidas horarias. Esto ocurre en empresas de distinta dimensión, especialmente en servicios (hostelería, administrativos, auxiliares, informáticos, comunicación y finanzas). Las grandes empresas también han hecho uso de la movilidad funcional y geográfica. La industria ha realizado suspensiones de contratos por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción. Los cambios en los sistemas de remuneración y cuantía salarial afectan a ciertos trabajos cualificados.

A pesar de que los empresarios están modificando las condiciones de trabajo sin necesidad de negociar y consiguiendo una aceptación entre los empleados y empleadas, debido su gran vulnerabilidad, en algunos casos se está desatando la conflictividad laboral. Las modificaciones de salarios, de lugar de trabajo, de horarios y despidos colectivos de este modelo de trabajo “flexible” afectan a una gran cantidad de empleos al mismo tiempo, hecho que permite que la movilización laboral tenga más capacidad de incidencia. Como las vías legales son muy favorables a los empresarios, y las personas con contratos temporales no tienen demasiadas opciones legales para defender su puesto de trabajo ni sus condiciones laborales, la movilización es la única opción posible. Las huelgas están descendiendo cada año, después de que en 2009 tuvieron una cifra máxima. Pero las huelgas son más contundentes (en la industria, ha habido huelgas indefinidas en Panrico, Coca Cola, SEAT,…) y se dan en sectores más precarios (pequeñas empresas subcontratadas, como la limpieza e instaladores de Movistar, para tratar de frenar los recortes laborales impuestos por las grandes empresas que las subcontratan, y en centros de trabajo pequeños y con mucha precariedad laboral, como restaurantes).

El capital externaliza la organización del trabajo

Las empresas están tendiendo a reducir sus propias plantillas y comprando la fuerza laboral de manera externa, estableciendo vínculos comerciales en vez de vínculos laborales, lo que impregna a la propia fuerza de trabajo de una mayor mercantilización y otorga al capital un mayor control. La economía española se caracteriza, junto con otras del sur de Europa, por una elevada presencia de microempresas o empresas unipersonales. Los procesos de producción están troceados, y las empresas que extienden los contratos de externalización, subcontratación y licencias no solamente están comprando mercancías, sino que están comprando trabajo rentable, trabajo ya adaptado a los requerimientos del capital. La descentralización de la producción refuerza ese concepto de “trabajo rentable” al asimilar la compra y venta de la fuerza de trabajo a un suministro más entre los distintos proveedores de las empresas. Hasta el punto en que, hoy en día, se está sustituyendo trabajo asalariado por trabajo autónomo, y empresas por autoempleo, pero vinculados de igual modo a los mismos procesos de producción. Muchas empresas animan a sus empleados y empleadas a constituirse como autónomos para contratarles, en este caso como una relación mercantil. En algunos sectores, como por ejemplo lo que ocupan trabajadores comerciales, repartidores, instaladores y otros, la única forma de trabajar es ser autónomo. Por ejemplo, las actividades culturales (arte, música, teatro, fotografía, diseño gráfico, internet,…) y de sectores emergentes (servicios tecnológicos, información,…) que crean un gran número de empleos en las grandes ciudades, existen a base de los proyectos de autoempleo. Sin todos estos mecanismos de subordinación del trabajo al capital, la economía capitalista hubiera colapsado.

La idea de “emprender” para salir del paro y poder tener éxito en el trabajo contando con tus propios medios y méritos se ha forzado y está instalada en el imaginario colectivo. Pero la mayoría de casos de proyectos de autoempleo responden a esta reconfiguración de las relaciones productivas, en que el capital externaliza hacia la propia fuerza de trabajo la organización de tiempos, incluso instrumentos de producción, en base a unos objetivos de productividad. Con ello, el capital compra la fuerza de trabajo ya en condiciones de “rentabilidad” y desposeída de los derechos laborales que se fueron conquistando a lo largo de décadas de lucha obrera.

La forma en que la fuerza de trabajo ha sido subordinada al capital se ha ido transformando a lo largo del tiempo. En su análisis del surgimiento y consolidación del capitalismo, Marx describe dos tipos de sometimiento del trabajo al capital. En primer lugar, el sometimiento “formal”, cuando el obrero (antes, campesino) pasó de trabajar en vez de para sí mismo, para el capitalista. En el trabajo a domicilio, los capitalistas proveían a los trabajadores los suministros y recogían la producción, pero no supervisaban el trabajo ni tampoco los trabajadores cooperaban entre ellos en un mismo centro de trabajo. El sometimiento del trabajo al capital era solamente “formal”. Marx distinguió una forma completa de subordinación posterior, el sometimiento “real” del trabajo al capital, cuando iba más allá y el trabajador ya acudía a la fábrica, utilizaba los instrumentos de trabajo que formaban parte de una estructura colectiva de cooperación y quedaba sujeto al control directo del capitalista. La presión del capital es, así, mayor, porque extrae el máximo de rentabilidad de la fuerza de trabajo por las economías de escala y la cooperación. “El empleo simultáneo de un gran número de obreros asalariados en el mismo proceso de trabajo constituye el punto de partida de la producción capitalista” como “método aplicado por el capital para explotarlo [al trabajo] con más provecho mediante el incremento de su fuerza productiva”.9 A lo largo del tiempo, el trabajo asalariado realmente sometido al capital fue dotándose de una serie de derechos: regulación de horarios, niveles salariales, protección frente al despido,… Asimismo, los procesos de producción han ido adquiriendo una gran dimensión social y global, con una gran interconexión de flujos de inversión y comercio.

En el capitalismo actual, sin embargo, en grandes partes del mundo, el capital está reforzando el carácter mercantil en las relaciones laborales, hasta el punto de que gran parte de la producción y el empleo se generan en formas de subordinación solamente formal del trabajo al capital, es decir, sin una directa supervisión ni control del proceso de trabajo por parte del capital, con un doble objetivo. Por un lado, desposeer al trabajo de los derechos laborales que se han ido conformando, al asimilar la compra de fuerza de trabajo a una transacción comercial. Y por el otro, sustituir las formas de cooperación y de mando del capital sobre el trabajo por mecanismos mercantiles mucho más eficaces. El capital ya no tiene que supervisar la producción sino simplemente imponer las condiciones, es decir el precio y las cantidades, que le son más rentables. Es, en cierto modo, como si el capital hubiera vuelto atrás en la organización del trabajo, porque ha descubierto formas ‘nuevas’ que ya no le obligan al control que en la etapa anterior necesitaba.

“Al nuevo tipo de hombre, el hombre que sólo trabaja, indefenso y desprotegido es aquel que se explota a sí mismo, voluntariamente, sin coacción externa que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Él es, al mismo tiempo, verdugo y victima… Es dueño y soberano de si mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia. Pero la supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. La explotación a la que uno mismo se somete es mucho peor que la externa, ya que se ayuda del sentimiento de libertad. Esta forma de explotación resulta, asimismo, mucho más eficiente y productiva debido a que el individuo decide voluntariamente explotarse a si mismo hasta la extenuación. Hoy día carecemos de un tirano o de un rey al que oponernos diciendo NO. El propio sistema hace desaparecer aquello a lo que uno podría enfrentarse. Resulta muy difícil rebelarse cuando víctima y verdugo, explotador y explotado son la misma persona… Victima y verdugo ya no pueden diferenciarse”.10

La gestión rentable del desempleo: las políticas activas de ocupación

Uno de los elementos más importantes que han impulsado estas transformaciones en el mundo laboral ha sido la gestión neoliberal del paro. El colapso social del desempleo ha supuesto un contexto idóneo para poner a prueba y reforzar las políticas neoliberales del desempleo. Las llamadas políticas de activación son aplicadas, siguiendo la llamada “doctrina del shock”, a personas sin trabajo que sufren una vulnerabilidad desconocida hasta ahora: ven como, de repente, ha desaparecido su trabajo, sus expectativas laborales a medio y largo plazo e incluso su profesión, parados y paradas que no ven posibilidades de encontrar un trabajo, porque no hay ofertas y porque son muchas las personas demandando empleo. Y además, tienen un montón de deudas que pagar, y no cuentan con otros ingresos ni ahorros familiares. La política de activación condiciona la percepción de las prestaciones y subsidios, que son derechos sociales, a la participación activa del trabajador o trabajadora en paro en la búsqueda de empleo. Les condicionan a aceptar ofertas de empleo aunque sean muy precarias, y les impulsan a rebajar sus expectativas laborales, a ampliar las zonas geográficas donde ir a trabajar e incrementar su disponibilidad horaria para trabajar. Las condiciones de los empleos se está degradando a marchas forzadas y los empresarios encuentran mano de obra más cualificada y más dispuesta a aceptar salarios bajos.

Este enfoque viene de lejos y se ha ido desarrollando en las últimas décadas. Como ejemplo, en los últimos años, se han reformado las prestaciones de desempleo (Ley 3/2012 y Real Decreto-Ley 20/2012) reduciendo las cuantías y permitiendo, en determinados casos, compatibilizar un salario bajo con el 25% de la prestación de paro. Para cobrar el paro se exige al desocupado que la causa del paro sea un despido improcedente y que demuestre estar buscando un empleo. Son políticas que sitúan las causas y las soluciones al paro en la propia actitud de los parados y paradas, culpabilizándolos del fracaso laboral de no acceder a un empleo e impulsándolos a incrementar su formación, aptitudes y, sobretodo, la predisposición a aceptar cualquier empleo. El capital, pues, obtiene gratis una fuerza laboral más rentable y dócil sin tener que invertir en ella. Se está reforzando la relación laboral como el medio de obtención no sólo de recursos materiales para la vida sino también de renuncia a los derechos sociales más elementales.

Las políticas activas de empleo, y la filosofía que contienen, que es compartida por los mecanismos de intermediación laboral y de gestión de recursos humanos, son una potente fábrica de producción de sujetos precarios. “En este contexto, el nuevo paradigma de la activación plantea cuestiones que trascienden la mera intervención en el mercado de trabajo con el fin de favorecer la inserción profesional de los desempleados; implica una política de producción de sujetos e identidades más ajustadas a las nuevas reglas de juego del modelo productivo y, por tanto, plantea una nueva concepción de ciudadanía. Apela a un cambio en el modo de gobierno, no solo del desempleo, sino también de las instituciones que intervienen para hacer frente a este problema, con el fin de facilitar la movilización y mejora de la adaptabilidad de los trabajadores, en general, y de los desempleados en particular. El objetivo de la intervención serán las competencias, motivaciones y actitudes individuales, siendo el sujeto individual el eje nuclear de las intervenciones y, por tanto, parte del problema”.11 A través del servicio público de empleo, la fuerza de trabajo incorpora en si misma las características de la gestión laboral que comentábamos: se vuelve nómada, predispuesta a migrar a otras ciudades, regiones y estados, y adapta las expectativas de qué tipo de profesión o qué faceta de ésta desarrollar, cuántas responsabilidades asumir y qué horario hacer. Se fuerza a las personas trabajadoras a capacitarse para trabajar en empresas que ofrecen trabajos para los que no hacen falta ni conocimientos ni especialización profesional. Normaliza la impotencia de no poder encontrar empleo, e interioriza tanto el fracaso como el éxito laboral. A pesar de que las causas de la falta de empleo son una serie de fenómenos macroeconómicos que, como hemos comentado, hacen que la producción se retraiga y que los beneficios se recuperen sin crear ocupación, las políticas activas de empleo centran las causas en el propio individuo desempleado y en su falta de motivación, aptitudes y predisposición al trabajo. La fuerza de trabajo se convierte ella misma en una agencia de colocación. No se trata de buscar y captar oportunidades de empleo, sino de investigar y captar las características personales que pueden llegar a aportar una oportunidad de empleo. Las propias personas ejercen un servicio de provisión de fuerza laboral al mercado, cuando no se han de convertir en los propios “emprendedores” del trabajo y organizar, por ellos mismos, las actividades productivas.

Las formas de vida en esta época post crisis están haciendo que en nuestros entornos sociales nos acostumbremos y nos adaptemos a ser sujetos precarios. Las estrategias de supervivencia, que se comentan en otro capítulo de este informe, están paliando las consecuencias negativas del desempleo y la precariedad, y lo que es más importante, de la centralidad de la activación de la fuerza laboral: la disponibilidad horaria ilimitada para trabajar, en horarios cambiantes, con sueldos variables, con posibilidad de desplazamientos, sin estabilidad pero con muchos esfuerzos dedicados a la adquisición de aptitudes e incluso generarnos su propio autoempleo.

El capital refuerza el control de los mecanismos de empleo para elegir las características de la fuerza de trabajo y su inserción en los procesos productivos más rentables para los beneficios. El paro, pues, adquiere una dimensión productiva. “Las políticas de gestión del desempleo no han dado como resultado el acceso al empleo de los desocupados sino la intensificación del trabajo de los ocupados”.12 De la situación de “improductividad” de los trabajadores y trabajadoras en paro, el capital obtiene una rentabilidad.

  1. La tasa de actividad es el cociente entre la población activa (parada + ocupada) y el total de la población de 16 y más años. []
  2. La tasa de ocupación es el cociente entre la población ocupada y la población de la franja de edad de referencia. []
  3. A lo largo de este documento, nos referimos a “trabajo” o “empleo” para denominar la participación de la fuerza de trabajo en los procesos de producción mercantil, que es el objeto de estudio de esta parte del informe. Así pues, no se está considerando, cuando hablamos de trabajo, paro o precariedad, al trabajo realizado en el ámbito de los hogares, que sí que es objeto de análisis en el apartado de este Informe dedicado a las estrategias de supervivencia. []
  4. Nacho Álvarez (coord.), ¿Qué hacemos con el paro? Akal, 2014. []
  5. Uno de cada cinco trabajadores españoles es pobre, Eldiario.es 7-10-2015 []
  6. El INE define el subempleo por insuficiencia de horas existe “cuando las horas de trabajo de una persona ocupada son insuficientes en relación con una situación de empleo alternativo que esta persona desea desempeñar y está disponible para hacerlo”. []
  7. El mercado de Trabajo en España en 2014. Una recuperación insuficiente y precaria, Fundación 1o de Mayo”. []
  8. Blog del empleo, ¿Eres un empleado rentable?, 31-102011. []
  9. Karl Marx, El Capital, Siglo XXI. []
  10. Adaptación libre de fragmentos de la obra de Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio. p. 11-12. Epulibre, 2010. 119. []
  11. A. Serrano, C.J. Fernández y A. Artiaga. Ingenierías de la subjetividad: el caso de la orientación para el empleo []
  12. Á. Briales y P. López. El paro productivo: la crisis como producción de desempleo para la reactivación de la rentabilidad empresarial, Revista de Economía Crítica No 20, 2015. []