El modelo productivo español: la desindustrialización acelerada

Consideraciones previas

Una de las frases recurrentes de los tertulianos en los medios de comunicación es la necesidad de cambiar de modelo productivo para salir de la crisis. Pero, ¿qué es el “modelo productivo”? Y, ¿qué repercusiones tiene para nuestro bienestar? De forma muy simplista podríamos definir el modelo productivo como lo que se produce en un país y cómo se produce. Y esto nos afecta de muy diversas maneras: el qué se produce determina qué tipo de trabajadores van a utilizarse (si trabajadores más cualificados o con menor nivel de cualificación, por ejemplo), si se va requerir más o menos mano de obra, si se va generar más o menos valor añadido, etc. El cómo se produce tiene repercusiones sobre la ocupación, pero también sobre otros elementos no relacionados con el mercado de trabajo, como por ejemplo el medio ambiente.1 Finalmente, el modelo productivo también acaba determinando cómo se distribuye la actividad económica sobre el territorio, si esta se acaba concentrando en determinadas áreas o si se reparte de forma más dispersa en dicho territorio.

Aunque el modelo productivo de un país tiene repercusiones sobre la vida de sus ciudadanos, en un sistema capitalista, las decisiones sobre el modelo productivo se toman muy lejos de la ciudadanía. Son las empresas quienes deciden qué producir (en función de los beneficios que esperan obtener), cómo producir (en función de sus costes de producción y de la tecnología de que disponen), y dónde sitúan sus actividades económicas (deslocalizaciones y relocalizaciones). Es cierto que las regulaciones estatales pueden incidir en las decisiones que toman las empresas: las regulaciones medioambientales, por ejemplo, pueden condicionar el cómo se produce, o bien, los gobiernos pueden intentar promover determinados sectores de actividad en su territorio (qué y dónde se produce) mediante las llamadas “políticas industriales”, pero dichas políticas, en el caso español, están muy limitadas por las políticas de la competencia de la Unión Europea y por los acuerdos internacionales de comercio.2

En definitiva, un primer elemento que debemos tener en cuenta es que la configuración y/o la transformación de un modelo productivo responden exclusivamente a las necesidades de acumulación del capital y no a las necesidades y voluntades de los ciudadanos, y que los gobiernos tienen cada vez menos instrumentos para incidir en la configuración del modelo productivo.

Desde la crisis de los años 70, nos hallamos ante una transformación del modelo productivo global: de un modelo de producción fordista, basado en la producción y consumo en masa de bienes materiales o productos tangibles (por ejemplo, el automóvil) a través de la división del trabajo en la fábrica, a un nuevo modelo de organizar la producción –la llamada “economía del conocimiento” o “nueva economía”3 – basado en la producción flexible y descentralizada, a menudo de bienes intangibles (por ejemplo, el software o la información convertida en mercancía) –aunque la producción de tangibles continua siendo muy importante–, y cuyo desarrollo viene facilitado por el desarrollo de las tecnologías de la información. Estas tecnologías están incidiendo en muchos aspectos de nuestra vida: en el trabajo (por ejemplo, la digitalización y robotización están haciendo “redundantes” a muchos trabajadores) o en las formas de relacionarnos y comunicarnos (internet, redes sociales, etc.).4

Recuadro 10. Capitalismo avanzado, empleo y tecnología

La tecnología genera dos efectos contrapuestos sobre el empleo: un efecto ‘sustitución’ y un efecto ‘creación’ de empleo. El efecto sustitución hace referencia a los puestos de trabajo destruidos por las nuevas tecnologías, bien sea porque las nuevas máquinas sustituyen a los trabajadores, bien sea porque el incremento de productividad generado por la nueva tecnología hace innecesaria a parte de la fuerza laboral (esto ocurre especialmente en etapas de crisis de sobreproducción, cuando la demanda es incapaz de absorber todo lo que se produce). El efecto creación se refiere a los nuevos puestos de trabajo generados por la nueva tecnología. Por ejemplo, las TICs han generado nuevos puestos de trabajo como informáticos, programadores, diseñadores de páginas web, etc. En el caso de las TICs empieza a hacerse evidente que los efectos sustitución han superado ampliamente los efectos creación de empleo. Además, la destrucción de empleo no afecta solamente a los trabajadores poco cualificados, que realizan tareas repetitivas fácilmente mecanizables, como había ocurrido en las anteriores revoluciones tecnológicas. Los trabajadores cualificados también se están viendo afectados por este cambio: la llegada de la inteligencia artificial y Internet está acabando y/o precarizando profesiones de ‘calidad’, con buenos salarios, como la medicina (tareas de radiología y analítica, por ejemplo) o la abogacía (con la aparición del software semiótico). Estas nuevas tecnologías también permiten el desarrollo de lo que se denomina la ‘economía colaborativa’ (por ejemplo, plataformas como Uber o Airbnb). Habría que analizar con mayor profundidad las repercusiones y la ideología que subyace bajo esta denominación. ¿A quien beneficia realmente? ¿A los usuarios o a las compañías tecnológicas que generan las plataformas? ¿Es un instrumento para ‘informalizar’ y precarizar sectores (por ejemplo, Uber y el sector del taxi)? ¿O es un instrumento que posibilita la transformación de las relaciones económicas (en línea con los desarrollos de la ‘economía del bien común’)? Tal como hemos comentado, se hace necesario un estudio riguroso y un debate en profundidad de las implicaciones y del sustrato ideológico de la llamada ‘economía colaborativa’.

Desde el punto de vista del modelo productivo, han facilitado la fragmentación de los procesos de producción, permitiendo que los distintos componentes se produzcan en distintas localizaciones (allá donde los costes son menores y la empresa puede obtener mayores beneficios), sin que esto erosione la centralización y concentración del poder de decisión en unas pocas manos. Se articulan así “cadenas de valor globales”, controladas por grandes empresas transnacionales (ETNs) que son quienes ejercen el poder y se apropian de la mayor parte del valor generado por la cadena.5 Los Estados han reducido su papel al de “comparsas” de las ETNs, a facilitadores del proceso de acumulación de dichas entidades (por ejemplo, mediante reformas laborales, exenciones fiscales y/o políticas que favorecen su internacionalización, como se ha comentado en capítulos previos).

Los procesos de transformación productiva tienen importantes repercusiones: zonas industriales que han quedado devastadas por los procesos de deslocalización (el ejemplo más paradigmático sería Detroit, capital de la industria automovilística americana) coexisten con la pujanza de nuevos centros financieros y de servicios, paradigmas del nuevo modelo (por ejemplo, Silicon Valley) capaces de atraer las actividades de mayor valor añadido.

El sistema se ha vuelto más inestable. Las cadenas de valor globales están en continúa reconfiguración: los centros productivos van cambiando a medida que aparecen nuevos competidores capaces de ofrecer costes menores (normalmente, a costa de mayor explotación laboral o menores regulaciones ambientales) o que nuevas innovaciones hacen obsoletos sistemas y/o productos. Pero los núcleos decisorios de estas cadenas rara vez cambian, continúan estando en manos de las mismas oligarquías financieras y productivas. Son los núcleos dirigentes de las grandes corporaciones quienes acaban decidiendo qué produce, qué exporta y qué importa cada país, y consecuentemente, su posición en la economía global.

El discurso del cambio del modelo productivo enfatiza la necesidad de atraer y/o mantener los sectores de mayor valor añadido (o aquellas fases de producción de la cadena de valor global que generan más valor añadido) en el territorio nacional. Así pues, se promueven las actividades relacionadas con la “nueva economía” (por ejemplo, productos informáticos y tecnológicos, o intangibles como contenidos audiovisuales o aplicaciones para móviles) o aquellas fases de producción más retributivas: el desarrollo y la I+D vinculada al producto o su comercialización (marketing, etc.). Pero sin cuestionar, en ningún momento, quién se apropia del valor añadido generado (si los trabajadores o los empresarios, si el capital extranjero o el local, si el capital productivo o el financiero, etc.) o cómo se reparte el valor generado (si se beneficia al conjunto de la población –mediante políticas redistributivas o mejoras en el estado del bienestar– o bien es absorbido por una élite).

Esta “omisión” es crucial. Así pues, el segundo elemento a considerar es que tampoco puede esperarse que el cambio de modelo productivo sea una panacea que mejore siempre el bienestar de la mayor parte de la población española. Tal como concluíamos en nuestro Informe 7, La crisis en el Estado español: el rescate de los

poderosos, incluso los países con modelos productivos basados en sectores de mayor valor añadido, más tecnológicos, etc. enfrentan crecientes problemas para mejorar la calidad de vida de sus poblaciones, que igualmente se ven sometidas a explotación, desempleo, recortes sociales y deterioro en sus condiciones de vida. El problema de fondo no es tanto el modelo productivo, sino el sistema de relaciones de producción (y sociales) en que este modelo productivo se inserta, es decir, el capitalismo.

En este capítulo vamos a analizar, básicamente, qué se produce en nuestro país y los efectos de la crisis en dicha producción. También haremos referencia a cómo se produce y a quién se apropia del valor generado, aunque remitiremos al lector a otros capítulos en que se abordan con más profundidad estos aspectos.

¿Qué producimos y cómo lo producimos?

Pues básicamente producimos servicios. El sector servicios representa casi el 75% del VAB6 y el 76% de la ocupación. La industria y la construcción, muy mermadas por la crisis económica, representan el 17% (sumando a industria la energía) y el 5% del VAB total respectivamente. En cuanto al empleo, el 14% de los ocupados españoles trabajan en la industria (incluyendo la energía) y un 6% en la construcción. Finalmente, la agricultura apenas representa un 2,5% del VAB y un 3,9% de los ocupados.7

La estructura productiva del Estado español no difiere demasiado de la de cualquier país desarrollado, donde el sector servicios ocupa un lugar preeminente en la producción. Sin embargo, podemos ver algunas diferencias al comparar la estructura productiva de nuestro país con el de algunos países de nuestro entorno.

En primer lugar, la agricultura continúa teniendo un peso superior en España que el resto de países de la Unión Europea. El peso de la construcción, a pesar de la caída sufrida en el período de crisis, también es ligeramente superior al de la media comunitaria. En lo referente a los servicios, se observa el predominio del comercio y la hostelería, sectores caracterizados por una baja productividad, bajos salarios y empleo precario.

En este artículo nos gustaría señalar algunos aspectos relacionados con el sector industrial. Como puede observarse en el Cuadro 5, el peso del sector industrial (sin la energía) es inferior a la media comunitaria y, en especial, es significativamente inferior al de Alemania. Este menor peso del sector industrial también se pone de manifiesto cuando se analizan los datos de empleo: en 2014, la industria daba trabajo al 14% de los ocupados en España, mientras que este porcentaje es del 15,6% en la UE-28 y del 18,8% en Alemania.

[infogram id=”d436c0c6-c666-4a5b-9f23-d8d8240bde4f” prefix=”OuO” format=”interactive” title=”Cuadro 5. Estructura productiva de España y países europeos en 2014. (VAB en %). Entre paréntesis, porcentaje sobre el VAB de las manufacturas.”]

Veamos, siguiendo la clasificación sectorial, algunas características de los diferentes sectores productivos.

Agricultura

((En este título utilizamos “Agricultura” como término genérico para englobar a todo el sector primario, esto es, a la agricultura propiamente dicha (productos vegetales), la ganadería y la pesca.))

Según los datos presentados en el Cuadro 5, la agricultura presenta un porcentaje residual de la producción. Sin embargo, esto no debe inducirnos a pensar que se trata de un sector “marginal”. No podemos caer en el error de medir la relevancia de un sector sólo por su contribución a la producción; hay otros elementos que debemos tomar en cuenta: su contribución al bienestar de la población, al empleo, al medio ambiente, etc.

Desde una perspectiva más amplia, la agricultura es un sector crucial. En primer lugar porque produce alimentos, que son indispensables para nuestra supervivencia. Además es la base productiva de muchas áreas rurales y desempeña un papel relevante en los procesos de desarrollo económico. La agricultura también debería contribuir a la preservación del medioambiente, la biodiversidad y el paisaje, aunque veremos que no siempre es así. Por tanto, no debemos minusvalorar la importancia del sector agrícola a pesar que represente un parte pequeña del VAB total.

¿Qué productos agrícolas y ganaderos producimos? Básicamente producimos cerdos y pollos (los granívorosporcino y aviculturarepresentan el 25% de la producción agraria en España). Estas producciones han crecido de forma espectacular en los últimos 30 años. También somos un importante productor de hortalizas (13% de la producción agraria) y cítricos (11%). Los cereales, las oleaginosas y las plantas industriales (lino, por ejemplo), suman el 14% de la producción. También son importantes las producciones de bovino (13,4%) y el olivar (6,6%).

¿Cómo producimos? Las principales producciones agrarias son “intensivas”. En el caso de la agricultura esto implica que utilizamos poca tierra pero muchos fertilizantes, pesticidas, recursos hídricos, etc. para obtener elevados rendimientos. Es el caso de buena parte de la horticultura, que se produce en invernaderos. En el caso de la ganadería, la producción intensiva se basa en el hacinamiento de animales en granjas y la alimentación con piensos. Es el modelo productivo de la mayor parte de la avicultura y del porcino que producimos (aunque en este último caso, existe la excepción del porcino ibérico producido en extensivo, pero tienen un peso marginal dentro de la producción porcina en España).

Este modelo productivo tiene importantes repercusiones medioambientales y sociales. Desde el punto de vista del medioambiente, la agricultura intensiva genera problemas de erosión y desertificación así como contaminación de suelos y aguas debido al uso de fertilizantes y plaguicidas. La ganadería intensiva genera problemas similares: los excrementos animales aplicados en cantidades inadecuadas al suelo están generando graves problemas de contaminación de aguas subterráneas por nitratos y eutrofización de suelos, además del aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Aunque se trata de un modelo de alta productividad (es decir, que genera mucha producción por unidad de tierra o trabajo), pocas veces son los agricultores quienes acaban beneficiándose de esta. En el caso de la ganadería intensiva, la mayor parte de la producción se realiza mediante “contratos de integración”. Mediante estos contratos, la empresa integradora (que suele ser una empresa fabricante de piensos o una empresa cárnica) suministra los lechones y piensos al ganadero que se encarga del engorde del animal (que es propiedad de la empresa). La empresa integradora recoge el cerdo cuando este llega al peso adecuado para el matadero y se encarga de su comercialización, dando un pago (normalmente, por kilo de carne) al ganadero. Las relaciones entre la empresa integradora y el ganadero son tremendamente desiguales, y normalmente, el ganadero tiene poca capacidad de negociación para obtener una retribución adecuada. La expansión del porcino y la avicultura en nuestro país no puede explicarse sin la proliferación de este tipo de contratos.

Los agricultores tienen crecientes dificultades para obtener precios retributivos para sus producciones. No sólo por la proliferación de la producción bajo contrato, sino también porque en el “libre mercado” se encuentran en una situación de debilidad para negociar precios frente a la industria alimentaria y sobretodo, frente a la distribución (las grandes cadenas de supermercados). Esto explica las importantes diferencias entre los precios cobrados por el agricultor y los precios pagados por el consumidor. Así, en algunos productos (por ejemplo, los limones), el precio pagado por el consumidor es diez veces mayor al precio que recibió el agricultor. La concentración de la gran distribución obliga a los agricultores a vender sus productos a precios irrisorios, dejando un amplio margen de beneficios para el distribuidor.

La “solución” que propone el modelo imperante a esta situación es aumentar la producción (la única manera de aumentar los ingresos si no tengo ningún poder para fijar los precios es aumentar la cantidad producida). Para ello los agricultores se han endeudado para “intensificar” sus producciones y producir más: más máquinas y más modernas, granjas más grandes, más fertilizantes y pesticidas, más ingeniería genética, etc. pero ello no ha solucionado el problema: los precios continúan cayendo y aumentan las dificultades para cubrir los costes de producción. Es lo que algunos autores denominan la “noria tecnológica”: más tecnología e intensificación (y endeudamiento) –más producción– mayores caídas de precios –necesidad de producir más para compensar caídas de precios– más tecnología e intensificación-… en una noria que no parece tener fin.

Esto explica también la necesidad de ayudas públicas para la agricultura (en el caso español y europeo, la Política Agraria Común). Buena parte de los agricultores españoles no podrían subsistir sin estas ayudas, si bien habría mucho que decir sobre quién se beneficia realmente de esta política. Hay que recordar que quienes reciben la mayor parte de las ayudas son grandes terratenientes, y en el caso de los pequeños y medianos productores, buena parte de la ayuda repercute en la industria y la distribución (que pueden ofrecer precios por debajo del coste de producción, porque saben que el agricultor puede subsistir gracias a la ayuda aunque tenga pérdidas en su actividad).

Frente a esta situación, aparecen alternativas: agricultores y ganaderos que tratan de escapar de la “trampa productivista” mediante producciones ecológicas y extensivas y/o circuitos de comercialización “corta” (es decir, con pocos intermediarios entre agricultor y consumidor). Sin embargo, es una tarea ardua, especialmente en un contexto de crisis económica.

Industria

8

En Cuadro 5 podemos observar que el peso del sector de manufacturas es inferior en el Estado español que en el conjunto de la Unión Europea, especialmente si nos comparamos con Alemania (9 puntos porcentuales).

Tradicionalmente, el pensamiento económico ha dado mucha importancia al papel del sector industrial en los procesos de crecimiento y desarrollo económico. Esta concepción se fundamenta en que el sector industrial como generador de progreso técnico (nuevas máquinas, por ejemplo) y como proveedor/cliente de los otros sectores económicos (por ejemplo, la industria alimentaria es una gran demandante de productos agrarios y a la vez es la principal suministradora de productos al sector de la restauración), de manera que una caída de la actividad de este sector repercute sobre los otros sectores de actividad (es lo que se denomina “efectos de arrastre”). También es un sector donde la productividad es más alta y, de lo que cabría esperar salarios más elevados. Esto no siempre es así porque el desigual poder de negociación entre capital y trabajo favorece que el capital se apropie de estas ganancias de productividad sin renumerar más al trabajador.9

Por dicho motivo, algunos países se muestran cada vez más preocupados por estos procesos de desindustrialización.10 Prueba de ello es la recuperación de la “política industrial”, una de las políticas más denostadas por el neoliberalismo por considerarla una innecesaria y perturbadora intervención del Estado en la economía. Tal como veremos más adelante, Estados Unidos está promoviendo una política industrial muy activa para intentar frenar su desindustrialización y espera que la industria se convierta en el motor para salir de la crisis. Y hasta la Unión Europea está empezando a replantearse su (falta de) política industrial.

Trataremos por extenso más adelante el hecho de que el proceso de desindustrialización está siendo muy acusado en el caso español y ello explica, en parte, que el peso del sector industrial en nuestro país sea inferior a la media de los países europeos.

Pero veamos primero algunos elementos de nuestro modelo industrial. En primer lugar ¿qué productos manufactureros producimos? Principalmente alimentos y bebidas (22% del VAB industrial), pero también productos metálicos (12,4% VAB industrial) y automóviles (11,6%). La producción de productos minerales no metálicos (como el cemento, la cerámica, el vidrio, etc.) y la química son también relevantes en nuestra producción industrial (8,3% y 8% del VAB industrial, respectivamente). En cambio, productos como el textil, cuero o calzado, que habían tenido un peso importante en nuestra estructura industrial, en la actualidad apenas representan un 4% del total industrial.

El Cuadro 5 nos muestra también que existen diferencias notarias entre lo que producimos en España y lo que producen los países europeos centrales. Las principales producciones industriales españolas son producciones “tradicionales” o de bajo contenido tecnológico11 (alimentación) o de intensidad tecnológica mediabaja (metalurgia y productos no metálicos). Los sectores de tecnología media-alta (automóviles, química) tienen un peso similar a Francia e Italia (30%) pero muy por debajo del peso que estos sectores tienen en Alemania, donde representan la mitad de la producción industrial. Los sectores de alta tecnología tienen un peso inferior al que tienen en los países europeos.

Se pensó que la integración en la Comunidad Económica Europea (y al euro) ayudaría a una transformación del modelo productivo dirigida hacía sectores con más valor añadido (más tecnológicos, de mayor productividad, con mano de obra cualificada y, por tanto, con mayores salarios). Sin embargo, la pertenencia a la UE no parece haberlo logrado. Es más, todo indica que la pertenencia al euro ha reforzado el modelo productivo “tradicional.”12

Esto resulta consecuente con un modelo de industrialización dependiente y periférico, es decir, un modelo de industrialización configurado de acuerdo a las necesidades de productos básicos e intermedios y bienes de consumo de bajo-medio valor añadido de los países centrales de la UE y por tanto, subordinado a los intereses de las empresas de dichos países, en una línea similar a los modelos de industrialización de América Latina (si bien en otro nivel de desarrollo).

Tal como hemos comentado en la introducción, vamos a prestar una mayor atención a la evolución del sector industrial. Hay dos tendencias en las que queremos hacer hincapié: en primer lugar, el proceso de desindustrialización (que se ha visto acelerado con la crisis económica) y, en segundo lugar, la participación en las cadenas de valor globales.

Recuadro 11. La clasificación de las actividades industriales.

En los análisis del sector industrial se suelen establecer categorías de industrias. Una de las categorizaciones distingue en función del nivel tecnológico. Los sectores de ‘intensidad tecnológica alta’ son sectores que utilizan (y generan) tecnologías más avanzadas, producen productos innovadores que tienen una demanda alta en los mercados mundiales (por ejemplo, teléfonos móviles) y por ello, pueden exigir precios elevados (al menos en las fases iniciales del ciclo del producto). Son pues sectores de elevado valor añadido. Entre los sectores incluidos en este epígrafe están el sector aeronáutico, industria farmacéutica, productos informáticos o maquinaria de precisión. Los sectores de ‘intensidad tecnológica media-alta’ incorporan, entre otros, al automóvil, la química y la maquinaria, y en los de ‘intensidad tecnológica media-baja’ encontraríamos la metalúrgica, el refino de petróleo, la construcción naval, los productos minerales no metálicos (en nuestro país destaca la cerámica), entre otros. Finalmente, los sectores de ‘intensidad tecnológica baja’ son productores de productos cuya demanda es difícil que aumente significativamente y que, al utilizar tecnologías menos sofisticadas, presentan mucha competencia internacional porque países con menores niveles de desarrollo se han convertido en grandes productores. Se consideran sectores de ‘bajo valor añadido’ como la alimentación, la madera y muebles o el textil. Esta clasificación es muy simplista puesto que homogeneiza las empresas que los distintos sectores: por ejemplo, hay empresas agroalimentarias que utilizan tecnologías muy avanzadas para producir productos innovadores, mientras que hay fases productivas de los sectores más avanzados que no requieren de tecnologías demasiado complejas. No obstante, la clasificación resulta de utilidad para analizar las estructuras productivas y el nivel de desarrollo industrial entre países. En general, los países más desarrollados (y ricos) presentan una mayor especialización en industrias de intensidad tecnológica alta.

La acelerada desindustrialización del estado español

Por desindustrialización se entiende la pérdida de peso del sector industrial tanto en la producción del país (en el VAB generado) como en el empleo total. Para observar el proceso de desindustrialización se calculan los porcentajes que representan el VAB y el empleo industrial sobre el VAB y el empleo total de un país. En el gráfico siguiente puede observarse como ha evolucionado esta variable desde los años 70 hasta la actualidad, poniendo de manifiesto el proceso de desindustralización en los países de la OCDE (que vendrían a ser los países que llamamos ‘desarrollados’, ‘centrales’ o, paradójicamente, ‘industrializados’), la UE y el Estado español.

Aunque el proceso de desindustralización afecta a la mayoría de países de la OCDE durante este período, hay excepciones: principalmente Corea del Sur, algunos países del Este (Polonia, Hungría, etc.), Irlanda, Canadá y algunos países nórdicos (Finlandia, Suecia), han aumentado el peso de su sector industrial. Sin embargo, el promedio de países de la UE28 se ha visto afectado por la desindustralización y, tal como veremos más adelante, el Estado español estaría entre los países más afectados por este proceso y ello explica, en parte, que el peso del sector industrial en nuestro país sea inferior a la media de los países europeos.

Es un fenómeno que resulta difícil de medir porque la delimitación de la frontera entre lo que se contabiliza dentro del epígrafe de “Industria” y lo que se contabiliza como “Servicios” es complicada, principalmente por los procesos de “externalización”. Por ejemplo, los servicios de limpieza. Antes, una empresa industrial disponía de sus propios servicios de limpieza. Los trabajadores de la empresa dedicados a servicios de limpieza se contabilizaban como trabajadores industriales y el valor de su producción se incorporaba al valor de lo producido por la empresa (y, por tanto, se consideraba VAB industrial). Actualmente, muchas empresas industriales han externalizado la limpieza de sus instalaciones, es decir, han contratado a una empresa externa para que realice este trabajo. Esta empresa es una empresa de servicios y tanto el valor de su producción como sus empleados se contabilizan como “Servicios”. Algunos economistas sostienen que la disminución del peso de los sectores industriales se debe principalmente a este proceso de externalización puesto que se trasvasa producción y empleos que antes se contabilizaban como “Industria” a “Servicios”. No obstante, también existe un movimiento en sentido contrario: las empresas industriales cada vez producen más servicios (y el valor de esta producción se contabiliza como “Industria”). Pensemos, por ejemplo, en una empresa de automóviles: la compra del coche “incorpora” la compra de servicios ofrecidos por la propia empresa (por ejemplo, la financiación del coche o el servicio técnico). Finalmente, servicios e industria cada vez están más fusionados, por ejemplo, es difícil discernir si cuando contratamos un servicio de telefonía móvil y nos regalan el móvil, estamos contratando un servicio o comprando un producto industrial.

Aun tomando en cuenta los procesos de externalización, parece evidente que el peso del sector industrial se ha ido reduciendo en las últimas décadas en los países de la OCDE (que vendrían a ser los países que llamamos “desarrollados”, “centrales” o, paradójicamente, “industrializados”). Varios motivos se achacan a esta tendencia. En primer lugar, los procesos de deslocalización industrial hacia países con menores costes (fundamentalmente costes laborales, pero también medioambientales y tributarios). Las mejoras en los transportes y las comunicaciones han facilitado que los procesos de producción se segmenten y las distintas fases del proceso de producción puedan situarse en los países más convenientes (en cuanto a costes) para la empresa transnacional (que es quien coordina y se apropia de la mayor parte del valor generado por estas “cadenas de valor” globales). Así pues, las fases productivas que requieren más uso de mano de obra se han deslocalizado a países con bajos salarios, escasos derechos laborales y laxas regulaciones medioambientales. En segundo lugar, la competencia internacional (exacerbada por la liberalización del comercio) ha hecho que muchas empresas industriales de los países industrializados no pudieran competir con las importaciones procedentes de los países con menores costes laborales.13

Enlarge

Gráfico 8. Evolución del VAB industrial sobre el VAB total, OCDE, UE y Estado español, 2007-2013 (%).
Gráfico 8. Evolución del VAB industrial sobre el VAB total, OCDE, UE y Estado español, 2007-2013 (%).
Fuente: José Carlos Fariñas y Ana Martín Marcos, “Can the decline of Spanish manufacturing be reversed?”, Spanish Economics and Financial Outlook, FUNCAS, 2015

Fuente: José Carlos Fariñas y Ana Martín Marcos, “Can the decline of Spanish manufacturing be reversed?”, Spanish Economics and Financial Outlook, FUNCAS, 2015

En el Estado español este proceso de desindustrialización que ya era preocupante antes de la crisis, se ha acelerado muchísimo desde el inicio de la misma. En 1970, España era el noveno productor mundial de manufacturas y producía el 2,3% de la producción industrial mundial. Actualmente esta cuota ha caído al 1,7%, y nuestra posición en el ranking (14a) está por detrás de países como México, Indonesia o Turquía. Las manufacturas representaban el 22% del empleo y el 30% del PIB a principios de los 70, mientras que en la actualidad estas cifras son del 13 y el 12% respectivamente. La crisis vino a agravar tremendamente el proceso de desindustrialización del Estado español y no afectó de la misma manera a todos los países europeos, aumentando la divergencia entre la estructura productiva española y la comunitaria.

La producción industrial en España, tomando como nivel de referencia el que tenía antes del estallido de la crisis, ha caído a niveles aterradores. Como se observa en el Gráfico 9, el Índice de Producción Industrial (IPI) tomando sólo las manufacturas (sin energía) ha caído un 30% entre 2007 y 2014 (el 2014 es el único año en que la producción industrial se recupera, aunque muy levemente, un 1,4%). La caída de la producción manufacturera en España no encuentra parangón en la UE: la producción manufacturera ha caído más que en Italia (25%), Francia (16%) o Portugal (13%), incluso la producción manufacturera en Grecia ha caído menos que en España (29%), mientras que en Alemania la producción industrial ha aumentado ligeramente (+3). En el conjunto de la UE15 esta caída ha sido de “sólo” 10%.

Enlarge

 Gráfico 9. Evolución Índice de Producción Industrial.
Gráfico 9. Evolución Índice de Producción Industrial. Base 2007 = 100
Fuente: Elaboración propia con datos de Eurostat, 2015.

Fuente: Elaboración propia con datos de Eurostat, 2015.

Obviamente, esta caída de la producción se ha saldado con importantes caídas del empleo industrial. Desde el inicio de la crisis se han perdido más de 800.000 puestos de trabajo en el Estado español (casi uno de cada tres trabajadores industriales se ha quedado sin empleo), siendo el país de la UE que más empleos industriales pierde. Un 30% de las empresas industriales han cerrado, siendo también el porcentaje de cierres más elevado de la UE. Estos cierres han afectado especialmente a medianas empresas (de entre 10 y 49 trabajadores).

Los sectores que se han visto más afectados por la crisis han sido sectores relacionados con bienes de consumo duradero (por ejemplo, la producción de electrodomésticos), así como otros sectores vinculados a la construcción –sector de la madera y el mueble, minerales no metálicos, material eléctrico–, pero también los sectores tecnológicos: las caídas de producción más acusadas entre 2008 y 2013, se dieron en los sectores de la informática, electrónica y óptica (sectores de alto contenido tecnológico). Las únicas ramas industriales que han tenido comportamientos positivos en estos años de crisis son la alimentación y la coquería y el refino. De esta manera se ha reforzado el modelo industrial basado en sectores de bajo contenido tecnológico y bajo valor añadido.

Frente a la desoladora información que nos dan los datos, el discurso “oficial” es que en estos últimos años, gracias a las reformas emprendidas, sobre todo gracias a la reforma laboral, el sector industrial está mejorando sustancialmente su competitividad en los mercados exteriores.

Esto es así. Puede observarse una mejora significativa en la tasa de cobertura14 de los productos industriales, que ha pasado del 73% al 113% entre 2005 y 2014. Además esta significativa mejora en los saldos comerciales se ha producido en todos los sectores industriales, sin excepción. De ahí, que se pueda deducir que buena parte del mantenimiento –de lo que se mantiene– del sector industrial español sea el del sector exportador: principalmente, el que vende a las empresas de fuera bienes intermedios y de capital. Sin embargo, hay que tener en cuenta algunas consideraciones.

La primera aclaración es que la mejora en la competitividad del sector industrial español se debe casi exclusivamente al descenso de los costes laborales. Es decir, la competitividad de la economía ha mejorado porqué en este país se está haciendo una devaluación competitiva. Es decir, ante la imposibilidad de devaluar la moneda, lo que se “devalúa” son las retribuciones de los trabajadores.15 Por tanto, esta mejora contable del sector exportador español se debe fundamentalmente a la bajada de salarios y a la disminución del empleo, aspectos estos que a su vez disminuyen la renta disponible de las familias, y, por tanto, inciden negativamente en el consumo interno. Vistos los resultados de la estrategia de devaluación competitiva sobre la producción industrial sólo podemos concluir que desde el punto de vista del crecimiento y el empleo industrial, la estrategia ha sido un completo fracaso: el tirón de las exportaciones no ha compensado (ni de lejos) la caída del consumo interno, conllevando el cierre de empresas y el aumento del desempleo industrial.

La segunda aclaración es que buena parte de la mejora de la tasa de cobertura del sector industrial español se debe también a la disminución de las importaciones. Como es lógico, en una situación como la actual, el descenso de la renta familiar disponible ha incidido en la mengua de las importaciones. Por otra parte, si las empresas producen menos también necesitan importar menos productos intermedios y/o bienes de capital.

Finalmente, hay que tener en cuenta que los datos de comercio exterior en términos brutos (que es como normalmente se presentan) no están adecuadamente contabilizados desde que se han generalizado las cadenas de valor (o de suministro) globales. De manera que este espectacular crecimiento de las exportaciones no es tanto cuando estas se contabilizan en valor añadido, como explicaremos con mayor detalle a continuación.

La integración en las cadenas de valor globales

En la introducción hemos señalado que la producción y comercio mundial de mercancías se articula en forma de “cadenas de valor globales”, en las que las distintas fases de producción de un determinado bien se sitúan en países distintos (en función de sus ventajas de costes). Ello conlleva un importante comercio de materias primas y productos intermedios y semiacabados entre países.

La generalización de estas cadenas de valor globales conlleva dificultades a la hora de contabilizar los flujos comerciales. Hay que tener en cuenta que los datos de comercio exterior en términos brutos (que es como normalmente se presentan) no están adecuadamente contabilizados puesto que pueden generar un doble cómputo en el comercio dado que los bienes intermedios se contabilizan varias veces en las exportaciones. Por ejemplo,16 varios países participan en la fabricación de una muñeca Barbie: Arabia Saudí facilita el petróleo que se utilizará en Taiwan para fabricar el plástico con el que se hace la muñeca, el nylon del cabello proviene de Japón, mientras que los pigmentos, los moldes y las cajas en que se empaqueta la muñeca proviene de Estados Unidos. Todos estos productos intermedios llegan a China, que es donde se “ensambla” la muñeca y se fabrican los vestidos. Desde China se exporta al resto del mundo. El valor de la muñeca al salir de la fábrica china es de 2$ y así se contabiliza en el valor de las exportaciones chinas. Sin embargo, si descontamos el coste de todos los productos intermedios provenientes de otros países, el “valor añadido” por China es sólo de 0,35$. Este sería el valor de las exportaciones chinas si se contabilizaran en valor añadido y no en términos brutos. La contabilización de las exportaciones e importaciones en valor añadido permitiría un mejor análisis de los flujos de comercio mundiales, tal vez más adaptados a la realidad (por ejemplo, el déficit comercial de Estados Unidos con China disminuye significativamente si las exportaciones e importaciones se contabilizan en “valor añadido” y no en términos brutos).

La OCDE y la OMC están promoviendo el cálculo de los flujos comerciales en términos de valor añadido. Sin embargo, es una tarea complicada porque implica disponer de ingente información sobre los procesos de producción y dónde se producen los distintos productos intermedios que integran el producto final (y es una información que las empresas no siempre están dispuestas a facilitar). A pesar de ello, estos organismos han elaborado una base de datos (TiVA-Trade in Value Added)17 en la que ofrecen datos de comercio en valor añadido (si bien, la información no es muy extensa y, a veces, está incompleta).

Esta información nos permite saber más sobre cómo producimos los bienes que exportamos e intuir cómo nos insertamos en las cadenas de producción globales. Los datos presentados en el Gráfico 10 han sido extraídos del TiVA y representan el porcentaje que supone el valor añadido nacional en las exportaciones españolas (es decir, qué parte del valor del producto exportado se ha quedado en el país). Tal como puede observarse, este porcentaje ha disminuido significativamente, y resulta especialmente preocupante en el buque insignia de nuestras exportaciones –el automóvil–, en que sólo el 56% del valor de las exportaciones ha sido realmente generado en nuestro país, puesto que el resto (un 44%) es valor añadido en el extranjero (es decir, insertado en los productos intermedios que hemos tenido que importar para producir el bien exportado). Este aspecto demuestra la inserción subordinada de nuestro sector industrial en las cadenas de valor globales.18

[infogram id=”bbdd0f3b-42e0-4dde-a543-d6e9b36ad867″ prefix=”Ynm” format=”interactive” title=”Gráfico 10. Porcentaje del valor añadido nacional en las exportaciones españolas (1995, 2000, 2005, 2011)”]

Construcción

No analizaremos en profundidad el sector de la construcción en este capítulo dado que tratamos ampliamente este tema (especialmente, en lo referente a sus repercusiones sobre la vivienda) en un informe monográfico.19 Por tanto, aquí señalamos sólo algunas generalidades y remitimos al lector a dicho informe para una explicación más detallada sobre la evolución del sector.

En primer lugar, debemos delimitar qué incluye el sector de la construcción. El sector engloba tanto la edificación20 como las infraestructuras (carreteras, aeropuertos, etc.). En la actualidad, aproximadamente un 20% del VAB de la construcción es obra civil (infraestructuras). Del 80% restante, aproximadamente más de la mitad es construcción de edificios de viviendas.

En segundo lugar, continúa siendo un sector importante dentro de la estructura productiva española a pesar de la crisis. Aunque en la actualidad representa un 5,4 % del VAB total, este porcentaje es superior al que representa en otros países europeos, tal como se observa en el Cuadro 5. El 6% del empleo está en la construcción.

Ha sido el sector más afectado por la actual crisis económica: su peso en el VAB total se ha reducido a la mitad, tanto en términos de producción como empleo. En 2008, el VAB de la construcción representaba más del 10% del VAB total y un 12% de la ocupación (1 de 4 hombres ocupados trabajaba en la construcción).

Dadas las repercusiones sociales que tiene la vivienda, vale la pena que prestemos más atención a la evolución de este tipo de edificación. Las viviendas pueden ser protegidas o libres. El precio de las viviendas protegidas (VPO) lo establece el Estado (o las CCAA) y por tanto, son precios más asequibles que los del mercado de vivienda libre (fijado por el mercado). Puede observarse en el Gráfico 11 que las viviendas protegidas representan un porcentaje marginal en la construcción de viviendas en España, prueba de la escasa preocupación de los gobiernos recientes por asegurar el derecho a la vivienda de los ciudadanos.

El Gráfico 11 muestra la magnitud de la reciente burbuja en la construcción de viviendas en nuestro país. Las burbujas inmobiliarias han sido recurrentes en la evolución del capitalismo español (finales 60, principios de los 90, etc.), pero la burbuja nunca había sido tan grande como en la precrisis actual. En el período 1990-2007, las cifras de edificación doblaron el máximo histórico previo y, a ello hay que añadir las importantes obras públicas de este período (aeropuertos, tramos del AVE, etc.), que no aparecen en el gráfico.

Servicios

Somos un país de servicios: este sector representa el 74% del VAB y el 76% del empleo. Se trata de un sector muy heterogéneo puesto que engloba actividades muy diversas (transporte, educación, hostelería, bancos, etc.), que van desde actividades de alto valor añadido (como por ejemplo, los centros de investigación o los audiovisuales) hasta actividades de poco valor añadido (restauración, hostelería, etc.); desde servicios esenciales para la población (como educación o salud) a servicios más “prescindibles” (industria del ocio). Al ser actividades muy heterogéneas también requieren un grado de formación de los trabajadores muy diferente. Existen servicios que requieren mano de obra altamente cualificada (médicos, científicos, etc.) y otros cuyo nivel de cualificación puede ser muy básico (camareros, dependientes de comercio, conserjes, etc.).

Enlarge

 Gráfico 11. Construcción de viviendas libres y protegidas en el Estado español, 1960-2013. Unidades.

Gráfico 11. Construcción de viviendas libres y protegidas en el Estado español, 1960-2013. Unidades.
Fuente: P. Taltavull. en J. García Delgado (coord.), Lecciones de Economía Española, 12a edición. 2015

Fuente: P. Taltavull. en J. García Delgado (coord.), Lecciones de Economía Española, 12a edición. 2015

¿Qué tipo de servicios se producen en España? Las actividades de servicios más importantes en nuestro país son el comercio (17% del VAB servicios) y la hostelería y restauración (10%). Se trata de sectores que requieren mano de obra poco cualificada y, en el caso de la hostelería, son sectores muy dependientes del sector turístico. Si nos comparamos con el resto de países europeos destaca que tanto la distribución comercial como la hostelería tienen un peso significativamente más importante en España que en el resto de países. Por el contrario, actividades vinculadas a las Administraciones Públicas y servicios sociales así como en la Educación y Sanidad (englobando tanto pública como privada) tienen un mayor peso en los otros países europeos.

Los servicios son sectores intensivos en mano de obra, es decir, si se quiere aumentar la producción es necesario contratar a más trabajadores puesto que se trata de sectores donde es difícil sustituir trabajadores por máquinas (pensemos por ejemplo, lo difícil que puede resultar sustituir a un enfermero o un peluquero por un robot). Es por ello, que la mayor parte del empleo en todas las economías se concentra en los servicios.

La “nueva economía” ha supuesto una transformación importante de muchas actividades de servicios. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) han facilitado la aparición de nuevas actividades de servicios (informáticos, diseño de webs, etc.), pero a la vez han facilitado los procesos de sustitución de trabajadores por máquinas o programas informáticos en muchas actividades de servicios. Por ejemplo, las TIC facilitan que sea el usuario el que realice actividades que antes realizaban las empresas, como sería el caso en la compra de viajes por internet (actividad que antes desarrollaba una agencia de viajes) o el comercio por internet (que está substituyendo al comercio tradicional).

El turismo es un factor determinante para el sector exterior español. La mayoría de las exportaciones de servicios de España están vinculadas a este sector (hay que considerar que los gastos que hace un turista mientras está en nuestro país se considera “exportación de servicios”). Pero no solamente exportamos turismo. También es cierto que está aumentando la exportación de servicios de ingeniería y arquitectura, servicios a empresas y servicios financieros. Sin embargo, perdemos cuota de mercado en los servicios tecnológicos.

Tal como señala Ignacio Muro,21 nos hemos convertido en liderar la gestión internacional de servicios públicos (gestión de servicios “no comerciables”, es decir, aquellos que se prestan in situ y no pueden ser exportados desde un país ajeno, por ejemplo: telecomunicaciones, electricidad, algunos servicios financieros, correos, agua, infraestructuras, gas, electricidad), especialmente en Latinoamérica pero también en Europa. Se trata de servicios esenciales, que se hallan en la frontera entre lo público y lo privado, y por los que el capital global juega una importante batalla (véase por ejemplo, las presiones para la privatización de dichos servicios o los tratados sobre inversiones, que pretenden blindarlos frente a posibles renacionalizaciones).

Enlarge

Gráfico 12. Salarios y beneficios sobre el PIB, 2005-2014 (%).
Gráfico 12. Salarios y beneficios sobre el PIB, 2005-2014 (%).
Fuente: Elaboración propia con datos del INE, 2015.

Fuente: Elaboración propia con datos del INE, 2015.

Esta expansión internacional de empresas españolas que suministran servicios “no comerciables” no habría sido posible sin un poder político que ha favorecido descaradamente los intereses de estas empresas aún a costa de perjudicar a los consumidores españoles, tal como comentamos en el apartado final.

Algunas consideraciones sobre cómo se reparte el valor generado en el proceso productivo

Hemos visto qué producimos en nuestro país y cuál es el valor de lo que producimos, pero no hemos visto cómo se reparte el valor de lo producido. Vamos a comentar brevemente algunos aspectos sobre este “reparto”.

El VAB generado por un país se convierte en rentas. Estas rentas que se obtienen del proceso productivo (o distribución primaria de la renta) se clasifican en beneficios o salarios. Los beneficios (o Excedente Bruto de Explotación) es la parte que se apropian los capitalistas (por ejemplo, los accionistas de una empresa o su propietario).22 Los salarios es la parte del VAB que va a los trabajadores. También hay una parte del VAB producido que va al Estado, en forma de impuestos, aunque representan una parte pequeña en la distribución primaria de la renta.23

El Gráfico 12 muestra cómo se distribuye el “pastel” (el VAB generado) entre capitalistas y trabajadores. En primer lugar hay que señalar que, en la mayoría de países europeos, los salarios están perdiendo peso en la distribución primaria de la renta. Sin embargo, la proporción que representan los salarios sobre el PIB siempre supera el 50% en países como Alemania, Francia o Dinamarca, mientras que en España es de un 47% del PIB. Debemos observar que esta distribución es bastante desigual: los trabajadores asalariados representan una parte mayor de la población que los propietarios del capital.

Otro elemento a destacar es que el peso de los salarios sobre el PIB se ha reducido significativamente desde 2009, a la par que aumentaba la parte de los beneficios. Está claro que el objetivo de la política de devaluación interna (que, tal como hemos comentado, ha provocado la caída de los salarios) no era el crecimiento económico ni la generación de empleo, sino la recuperación del beneficio empresarial, que a la vista de los resultados, es un objetivo que se ha conseguido plenamente.

Algunas consideraciones sobre las políticas industriales en el Estado español

En un sentido amplio, las políticas industriales engloban aquellas políticas que afectan directamente al modelo productivo. Las políticas industriales se clasifican entre políticas activas (o sectoriales) y pasivas (o horizontales). Básicamente las políticas horizontales se basan en infraestructuras, I+D y formación. Las políticas sectoriales activas se focalizan en un determinado sector productivo con el objetivo de favorecer su crecimiento o su competitividad. Incluyen la política comercial (establecer aranceles, por ejemplo), concesión de préstamos a tipos de interés preferentes, etc. Las políticas sectoriales son muy criticadas por los economistas neoliberales pues consideran que ayudar a sectores en dificultades es perjudicial y vulnera las ‘leyes’ del mercado y la competencia. Tradicionalmente, la UE ha compartido esta visión y la política industrial europea se ha focalizado en políticas horizontales y se han ido eliminando las ayudas a sectores “en dificultades” como el carbón o la construcción naval. Sin embargo, la Gran Recesión parece que va a conllevar una recuperación de la política industrial en los países desarrollados, que están empezando a implementar políticas que favorezcan la especialización de sus economías en sectores de elevado valor añadido. Así es en el caso de Estados Unidos, donde el presidente Obama ha lanzado en 2013 un imponente programa de recuperación industrial (generosamente dotado) basado en incentivos a la relocalización de actividades industriales (ventajas fiscales para la producción doméstica, etc.) y la creación de la National Network for Manufacturing Innovation que integra a una red de institutos tecnológicos y el aumento de fondos destinados a la formación. También parece que la UE está variando su discurso sobre la política industrialhasta ahora basada en tímidas políticas horizontalesy aboga por una recuperación de una política industrial más activa. Así, bajo el lema de “reindustrialising Europe” se ha fijado como objetivo conseguir que la industria alcance el 20% de la producción europea en 2020. Ante el reto fijado por la UE, el actual gobierno presentó el julio de 2014 la “Agenda para el fortalecimiento de la industria en España”, donde suscribe la idea de que hay que aumentar el peso de la industria en el VAB, sin embargo, no se atreve a fijar un objetivo (obviamente, el objetivo del 20% fijado por la UE está muy lejos de nuestro alcance). Aunque la Agenda presenta una profusión de medidas y acciones, en las líneas habituales (es decir, políticas horizontales): estímulo a la I+D, formación, internacionalización, etc., estas medidas no aparecen cuantificadas en términos de recursos. Únicamente se dijo que se iban a destinar 745 millones de euros ¡en préstamos! para este programa. Aunque se aseguró que se rendirían cuentas de la evolución en el cumplimiento de la Agenda, no se disponen de datos sobre el grado de cumplimiento de los objetivos ni sobre los recursos utilizados.

Existen políticas industriales activas que buscan favorecer el crecimiento y la generación de empleo en determinados sectores productivos, mediante ayudas públicas, aranceles, etc. Este tipo de políticas han sido ampliamente denostadas en España en línea con el credo neoliberal que ha guiado la política económica en nuestro país, acusándoselas asimismo de “seguidismo” respecto a las recomendaciones de organismos internacionales (OMC, FMI) y la UE (que, hasta ahora, también se había caracterizado por el “abandono” de las políticas industriales activas). También es cierto que cada vez resulta más difícil implementar este tipo de políticas sin entrar en conflicto con los acuerdos de liberalización comercial o el sacrosanto “mercado único” de las políticas de la competencia de la UE. No obstante, esto no exime a nuestros gobernantes de la completa omisión de las políticas industriales activas en sus programas económicos, especialmente ante el acusado proceso de desindustrialización que ha sufrido nuestro país. Las políticas industriales implementadas se han limitado a tímidas políticas horizontales de apoyo a la I+D, cuando había presupuesto y voluntad política para ello, es decir, casi nunca.24

Esta falta de política industrial en España no debe llevarnos a pensar que el Estado no ha intervenido en la configuración del modelo productivo español. Los procesos de privatización y desregulación también repercuten sobre el modelo productivo de un país y, especialmente, en quién se apropia de las rentas que éste genera. La intervención del Estado en la configuración del modelo productivo se ha basado en apoyar la formación y consolidación de los grandes grupos empresariales españoles. Estas grandes empresas surgieron de los procesos de privatizaciones iniciados en los años 80 y 90 y que dio lugar a grandes empresas en situaciones de oligopolio en los sectores estratégicos del país: telecomunicaciones (Telefónica), energía (Endesa, Red Eléctrica, Repsol, Gas Natural), transporte aéreo (Iberia), etc. Se configura así una élite empresarial muy vinculada al poder político y financiero.

Dado que, como hemos señalado, las empresas transnacionales son quienes controlan y se apropian del valor generado por las cadenas globales, la política industrial de los últimos gobiernos ha sido favorecer descaradamente a este pequeño grupo de empresas para convertirlos en los buques insignia de la economía española (Marca España) y favorecer su expansión internacional. El Estado asume un papel de apoyo incondicional a los intereses de estas corporaciones.

Sin embargo, ¿ha tenido beneficios para la ciudadanía española la expansión internacional de estas empresas? Parece claro que no. No ha importado sacrificar la competencia en el mercado interior (y por tanto, obligar a los consumidores a pagar precios de ‘monopolio’ por servicios básicos como la electricidad o la gasolina), a cambio de que dichas empresas ganaran tamaño y pudieran expandirse a Latinoamérica o Europa.25 El proceso ha fortalecido a un élite empresarial “nacional” pero perfectamente insertada en el capitalismo global y, por tanto, con poca sensibilidad hacia los “intereses nacionales” cuando estos no redundan en mayores beneficios para la empresas (por ejemplo, no han tenido reparos en buscar mecanismos de elusión fiscal, o directamente de fraude fiscal, para eludir el pago de impuestos en nuestro país).

  1. Considerar el impacto de los modelos productivos sobre el medio ambiente se hace cada vez más perentorio, dados los efectos más que evidentes del cambio climático. []
  2. A ello hay que añadir el carácter neoliberal y contrario a la intervención pública de nuestros gobiernos que han “renegado” de las políticas industriales. []
  3. Otras denominaciones para este nuevo paradigma son: post-fordismo, sociedad de la información, post-industrialización, etc. []
  4. Queremos matizar que las nuevas tecnologías (como las “viejas”) no son ni buenas ni malas, sino que su uso depende del contexto de las relaciones sociales en que se utilizan. En un contexto de producción capitalista, resulta lógico que uno de los objetivos de las nuevas tecnologías sea la sustitución del trabajo, no para mejorar la calidad de vida de los trabajadores (en forma de mayor tiempo libre o mejorando sus condiciones de trabajo) sino para reducir los costes laborales y aumentar los beneficios del capital. []
  5. A menudo el “poder” se ejerce mediante mecanismos más sutiles, que no siempre pasan por la propiedad de los medios de producción (por ejemplo, subcontratas). []
  6. El VAB o Valor Añadido Bruto mide el valor de los productos finales generados por una economía, esto es, en definitiva, el valor de lo que producimos. Es un concepto equivalente al Producto Interior Bruto (PIB), aunque el VAB suele presentarse en “precios básicos” (es decir, sin incorporar los impuestos sobre los productos), mientras el PIB se presenta en “precios de mercado” (que ya incorporan dichos impuestos). []
  7. Fuente: INE y EPA, 2015 41 []
  8. En la clasificación de actividades, el sector “Industria” engloba las manufacturas y la energía. Dado que el sector energético se analiza ampliamente en otro capítulo de este informe, aquí nos centraremos exclusivamente en el sector manufacturero. []
  9. Por ejemplo, la productividad de un trabajador del sector químico en España en 2011 era de 113.000 euros/anuales, pero el salario medio del sector era poco más de 34.000 euros/anuales. []
  10. Por desindustrialización se entiende la pérdida de peso del sector industrial tanto en la producción del país (en el Valor Añadido Bruto, VAB, generado) como en el empleo total. Para observar el proceso de desindustrialización se calculan los porcentajes que representan el VAB y el empleo industrial sobre el VAB y el empleo total de un país. Se considera que un país se está “desindustrializando” cuando estos porcentajes disminuyen. []
  11. Ver Recuadro 11. []
  12. Para un análisis más completo de lo que supuso la entrada en la Unión Europea y en el euro para la industria española ver Taifa, Informe 10. Desentrañando la Unión Europea, 2014. []
  13. Hasta ahora, en la economía ortodoxa era un asunto tabú reconocer que la liberalización del comercio conllevaba destrucción de empleo en una economía puesto que contravenía las supuestas bondades del libre comercio que pregonan los modelos neoclásicos. Un reciente artículo publicado en una prestigiosa revista de economía ortodoxa (American Economic Review) demuestra que las importaciones chinas explican la pérdida del 25% del empleo industrial en los Estados Unidos (Dorn and Hanson, The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the United States, 2013). []
  14. La tasa de cobertura es la ratio entre exportaciones e importaciones (Exportaciones/Importaciones*100). Nos indica que porcentaje de las importaciones podemos financiar con los ingresos obtenidos por las exportaciones. []
  15. La idea que, en teoría, subyace detrás de las estrategias de “devaluación competitiva” es que la bajada de salarios va a permitir reducir los costes y vender los productos a precios más bajos. De esta manera, aumentarían las exportaciones y ello conllevaría aumentos de producción y empleo. []
  16. Ejemplo extraído de Robert C. Feenstra, y Adam M. Taylor, Comercio Internacional. Ed. Reverté, 2011. []
  17. OCDE []
  18. A modo de comparación, el valor añadido nacional en las exportaciones industriales alemanas es del 70% y del 68% en el caso del automóvil. []
  19. Taifa, Informe 5. Auge y crisis de la vivienda en España []
  20. Es decir, la construcción de edificios, que tanto pueden dedicarse a usos residenciales o a otros usos (oficinas, almacenes, fábricas, etc.). []
  21. Ignacio Muro, Modelos productivos y capitalismo global: realidades y mitos. Fundación Primero de Mayo, 2013. []
  22. La retribución que obtiene un trabajador autónomo se asimila a los beneficios empresariales (si bien se denominan “Rentas mixtas”). []
  23. Posteriormente, se produce una segunda distribución de la renta: las empresas pagan sus impuestos (impuesto sobre sociedades) y los trabajadores también (IRPF, etc.). Véase capítulo referente al Estado del Bienestar en este informe. []
  24. El gasto en I+D está muy por debajo de la media comunitaria, únicamente en el último gobierno de Zapatero se hizo un esfuerzo en incrementar el presupuesto para la I+D, esfuerzo que se vio abortado por la crisis económica. En 2013, el gasto en I+D apenas alcanzaba el 1,2% del PIB, mientras que el objetivo europeo se sitúa en el 3%. Un objetivo que España no se atrevió a asumir y fijó en el 2% para 2020 y, que, obviamente, dadas las actuales circunstancias, es prácticamente inalcanzable. []
  25. Ignacio Muro, Modelos productivos y capitalismo global: realidades y mitos. Fundación Primero de Mayo, 2013. []