El materialismo y la naturaleza

A partir de la obra de John Bellamy Foster, La ecología en Marx (2000), en la que se basa este artículo, es posible detectar una evolución del pensamiento materialista que desde los pensadores de la Grecia antigua nos lleva hasta la actualidad. A señalar algunos de los elementos clave de este recorrido materialista se dedica el presente artículo. Marx y Engels se integran en la evolución de esa corriente de pensamiento y asumen por tanto toda la complejidad que el desarrollo del materialismo contiene.

En tanto que para el materialismo la naturaleza se convierte en un elemento indisociable e inseparable, no tan sólo de la sociedad, sino del conjunto de la evolución de la humanidad, resulta absurdo y absolutamente inapropiado científicamente intentar defender que la naturaleza se encuentra ausente en la obra de autores como Marx y Engels. No sólo está presente por la misma esencia de su marco de pensamiento materialista sino que, como se muestra en distintos artículos de este trabajo, en la obra de estos autores podemos encontrar elementos que nos pueden resultar de gran ayuda para comprender la evolución material de nuestras sociedades y afrontar los desafíos al entorno de la viabilidad ecológica de la sociedad presente y de sus alternativas futuras

El materialismo

En un sentido general el materialismo afirma que el origen y el desarrollo de cuanto existe depende de la “naturaleza” y de la “materia”, es decir de un nivel de realidad física que es independiente del pensamiento y previo a él.

Siguiendo al filosofo de la ciencia Roy Bhaskar (1944-2014) podemos decir que un materialismo filosófico racional, como visión del mundo compleja, comprende:

  1. Materialismo ontológico. Que afirma la dependencia unilateral del ser social respecto del ser biológico (y en un sentido más general del ser físico) y el surgimiento del primero a partir del segundo.
  2. Materialismo epistemológico. Que afirma la existencia independiente y la actividad transfáctica (esto es causal y sometida a leyes) de al menos algunos de los objetos del pensamiento científico.
  3. El materialismo práctico. Que afirma el papel constitutivo de la acción transformadora humana en la reproducción y transformación de las formas sociales.

En los orígenes del materialismo encontramos a Epicuro y a Lucrecio

Epicuro fue un autor muy prolífico, sin embargo, poco de su obra nos ha llegado hasta la actualidad. Tan sólo unos pocos fragmentos de la voluminosa obra de Epicuro llegaron hasta los comienzos de la época moderna: las tres cartas preservadas por Diógenes Laercio, las doctrinas principales (asimismo conservadas por Diógenes) y el poema de Lucrecio, que presenta fielmente el sistema de Epicuro, y varias citas contenidas en las obras de otros autores.

A pesar de la amplia influencia que alcanzó el epicureismo en las épocas helenística y romana, la mayor parte de los escritos de Epicuro y de sus seguidores perecieron o fueron destruidos mucho antes del resurgimiento de su pensamiento en el siglo XVII. El descubrimiento en dicho siglo de toda una colección de fragmentos carbonizados en la biblioteca de Filodermo en Herculano (que quedó enterrada en lava por la erupción del Vesubio del año 79 de nuestra era) parecía indicar que algunos escritos se recuperarían. Pero el proceso de su recuperación de los restos carbonizados era tan lento que Hegel en su Historia de la filosofía, llega a la conclusión que los fragmentos de una de las obras de Epicuro hallados hace años en Herculano e impresos por Orelli…”no han ampliado ni enriquecido nuestro conocimiento; de manera que debemos con toda seriedad lamentar el hallazgo de las restantes obras”. Marx escribió sin poder beneficiarse de más escritos de los que ya conocía Hegel.

Epicuro se inspiró en la obra de los atomistas griegos Leucipo (430 aC) y Demócrito (420 aC), quienes concibieron la realidad compuesta en su totalidad por un número infinito de átomos inalterables, demasiado diminutos para ser vistos, pero de diferentes tamaños y formas, que existían en el vacío. Estos átomos tenían la cualidad del movimiento y se combinaban y separaban de diversas maneras para formar los objetos de los sentidos. Epicuro se apartaba de Demócrito al añadir la proposición según la cual los átomos no se movían de acuerdo con pautas totalmente determinadas, sino que algunos se “desviaban de repente”, “creando el elemento del azar y de la indeterminación (con lo que dejaban espacio para el libre albedrío). En la filosofía de Epicuro estaba implícita la noción de que el conocimiento del mundo y el del átomo (imperceptible para los sentidos), así como el conocimiento de la realidad sensible, surgía de la necesidad interna de la razón humana encarnada en la individualidad abstracta y en la libertad (autodeterminación). Para Demócrito, la necesidad lo es todo, mientras que Epicuro también reconocía el azar, la contingencia y la posibilidad de la libertad.

Las proposiciones iniciales de la filosofía natural de Epicuro eran que “nada es creado nunca, por el poder divino, de la nada” y que “la naturaleza…nunca reduce ninguna cosa a la nada”. El materialismo epicúreo hacía hincapié en la mortalidad del mundo, en el carácter transitorio de toda vida y de toda existencia. Toda la existencia material era interdependiente, surgida de átomos (y desaparecía de nuevo en ellos), organizada en infinitas configuraciones para producir nuevas realidades. El epicureismo propugnaba sobretodo una visión antiteleológica, el rechazo de las explicaciones naturales basadas en causas últimas, en la interacción divina. Era aquí donde habían de coincidir materialismo y ciencia. Así pues, el materialismo de Epicuro significa la expulsión del poder divino de la naturaleza. Los dioses, aunque seguían existiendo, quedaban confinados a los espacios de intersección entre los mundos. Epicuro también hacía referencia a la extinción de las especies y al desarrollo humano a partir de un origen salvaje.

Ningún determinismo ni esencialismo (es decir hechos basados en las propiedades de las cosas) podían explicar, según Epicuro, “acontecimientos” que se “producían”, porque esos acontecimientos pertenecían al reino del accidente (contingencia). Resulta pertinente presentar la noción de “anticipación”, noción epicúrea referida a las cosas “preconcebidas” por la mente sin las que la comprensión, la indagación y la discusión son imposibles. Esto sugería que los seres humanos están físicamente dotados con características que incluyen la capacidad de razonar.

La ética epicúrea se derivaba de su perspectiva materialista, del hincapié que hacia este en la mortalidad y la libertad. La muerte, escribe Epicuro en sus doctrinas principales, no es nada para nosotros, pues lo que se disuelve carece de sensaciones, y lo que no tiene sensaciones no es nada para nosotros.

Lo que importaba para Epicuro era “la contemplación de lo que podía materializarse en la existencia humana y no en la eternidad posterior”. La ética de Epicuro, que abogaba por la satisfacción de las necesidades de uno en este mundo, se basaba en la oportuna búsqueda del placer y evitación del dolor. Epicuro propugnaba una vida sencilla, abandonando la búsqueda de la riqueza. El requisito más importante de una buena vida era, para Epicuro, la amistad que se concebía como el fundamento de la cohesión social.

La justicia en la filosofía de Epicuro nunca es una cosa en sí misma, sino que, en el trato entre los hombres unos con otros, en cualquier lugar y en cualquier momento es un pacto de no dañar ni ser dañado.

Epicuro defendió frente a Aristóteles los puntos de vista materialistas. Las especies que sobrevivían y que eran capaces de perpetuar la “cadena de la descendencia”, explicaría Lucrecio, eran aquellas que habían desarrollado especiales atributos que les protegían del entorno en la lucha por la existencia. Según B Russell, Epicuro, era materialista pero no determinista. Su filosofía tenía por finalidad mostrar como una visión materialista de la naturaleza de las cosas proporcionaba la base esencial para una concepción de la libertad humana.

Para Engels, la brillante intuición de los griegos antiguos (Epicuro, Lucrecio, Demócrito Diógenes) aunque muy inferior, en su conocimiento empírico, a la ciencia del siglo XVIII, seguía siendo superior a ésta en su concepción general, por su comprensión intuitiva del mundo material evolucionando a partir del caos y desarrollándose, llegando a ser. Así por ejemplo, fue en Lucrecio donde la noción de supervivencia de la especie mediante la adaptación al medio y, lo que es más importante, la idea de la extinción de las especies que no eran capaces de adaptarse (conocida como “teoría de la eliminación”) se expuso con mayor claridad en la antigüedad. Lucrecio murió en el 55 a.C. y el pensamiento evolucionista sobre la vida no emergió de nuevo hasta mediados del siglo XVIII. Sólo en el siglo XIX, en particular con la revolución darwiniana, se sobrepasó esa concepción general dentro de la ciencia. Sin embargo los materialistas darwinianos eran filosóficamente débiles, y estaban totalmente rodeados por oponentes filosóficos y teológicos. Necesitaban por tanto de la herencia dialéctica que constituía el legado de la filosofía griega y de la filosofía clásica alemana.

Para Engels, como para Marx, los orígenes del materialismo (su base natural) no se hallaba en los materialistas franceses del siglo XVIII, cuyo materialismo era “exclusivamente mecánico”, sino en la antigua Grecia:

“La visión materialista de la naturaleza no significa sino concebir sencillamente a ésta tal como existe, sin ningún previo ingrediente, y así se la entendió originalmente entre los filósofos griegos como algo natural. Pero entre aquellos antiguos griegos y nosotros yacen más de dos mil años de una visión del mundo esencialmente idealista y, en consecuencia, el retorno a lo evidente por sí mismo se hace más difícil de lo que pudiera parecer a primera vista”. (Engels L.V. Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, (1886)).

El proceso de recuperación de la obra de Epicuro ha continuado durante los siglos XIX y XX. Lo que ha emergido de todo esto es una visión de Epicuro que contradice gran parte del pensamiento previo. Se revela como un pensador no reduccionista, no mecanicista, no determinista, preocupado por el tema de la libertad humana y que encarna una perspectiva dialéctica. En términos generales la imagen de Epicuro que ha emergido durante el pasado siglo es una imagen sorprendentemente acorde con lo que mantenía Marx (y Kant sospechaba), la de un pensador que se enfrentó tanto al determinismo de la física mecanicista como a la teología de la filosofía idealista, tanto a Demócrito como a Platón, con el fin de hallar espacio para la contingencia y la libertad. Lo hizo, además, desde un punto de vista que era crítico-materialista: un punto de vista que surgía de postulados materialistas y que sin embargo, reconocía, en su concepto de la “anticipación” (o de las percepciones), la importancia de un cierto conocimiento a priori, que no se derivaba directamente de los sentidos. El materialismo de Epicuro hacia extensiva la libertad y la contingencia a los seres humanos y a toda la naturaleza, mientras que no perdía de vista el reino de la necesidad material. Al hacerlo, proporcionaba la base para una visión del mundo humanista y ecológica.

Epicuro, según Marx, había descubierto la alienación con respecto a la naturaleza; pero Hegel reveló la alienación de los seres humanos en relación con su trabajo, y por tanto con la sociedad y con la específica relación humana con la naturaleza. Marx forjó con estas ideas, junto con el conocimiento crítico que había extraído de la economía de Ricardo, de la química de Liebig y de la teoría evolucionista de Darwin, una filosofía revolucionaria que aspiraba nada menos que a trascender la alienación en todos sus aspectos, a un mundo de ecología racional y de libertad humana con una base terrenal: la sociedad formada por los productores asociados.

Siglos XVII Y XVIII. El materialismo francés y inglés

Los planteamientos de Epicuro y de Lucrecio tendrán una influencia fundamental en el desarrollo de la obra de los pensadores de la ilustración franceses y ingleses, que adoptó la forma de lucha contra la filosofía de la naturaleza, esencialmente aristotélica, que se promovió bajo el cristianismo. De hecho fue precisamente debido a que el materialismo de Epicuro era algo más que un mero atomismo, sino que también representaba, desde un punto de vista más positivo, el desarrollo autoconsciente del humanismo y el naturalismo verdadero en la vida de la antigüedad, por lo que fue tan grande su influencia en la ilustración. Autores como Thomas Harriot, Francis Bacon, Thomas Hobbes, Robert Boyle e Isaac Newton estaban todos profundamente influidos por el atomismo griego y, a partir de Bacon, por la filosofía de Epicuro en particular. No obstante en estos autores a pesar de la influencia que ejerció sobre su obra el atomismo de Epicuro y Lucrecio quedaba intacto el papel divino como primer motor dentro de la naturaleza. Por ejemplo, en la visión del mundo newtoniana, se veía la naturaleza como gobernada por leyes mecánicas, externas, dominadas por la providencia divina. Los verdaderos materialistas, por el contrario, eran aquellos que no veían ninguna necesidad de explicaciones ajenas a la propia naturaleza.

En Francia adoptó el materialismo una forma aún más radical con la obra de Julian Offray de la Metrie (1709-1751), Holbach (1725-1789) y Denis Diderot (1713-1784). La Metrie, que expuso un materialismo mecanicista en el que todo podía derivarse de la materia y el movimiento, creía que la mente era sólo una función del cerebro y no difería en este respecto del resto de funciones corporales. Los seres humanos eran esencialmente máquinas, al igual que los demás animales incluso las plantas. De entre los pensadores destacados del materialismo francés destaca Holbach (El sistema de la naturaleza, 1770). Aplicando la idea de que la naturaleza estaba constituida simplemente por materia y movimiento, y que el movimiento estaba condicionado por fuerzas tales como la resistencia, la atracción y la repulsión, insistía este pensador en que el alma no es otra cosa que el cerebro. Ver a Dios en la naturaleza suponía para Holbach una duplicidad innecesaria, ya que la naturaleza podía ser explicada en sus propios términos.

Diderot, el editor de la Encyplopédie, adoptó un materialismo similar al de Holbach, que influyó en él, pero bebió también en la historia del materialismo en la filosofía, que se remontaba a Epicuro y Demócrito. Para Diderot las últimas realidades eran átomos dotados tanto de movimiento como de realidad. El alma se manifestaba únicamente en determinadas combinaciones de átomos.

Así pues, pueden verse en el materialismo del siglo XVIII y principios del XIX teorías que adoptan dos formas relacionadas entre sí. Una de ellas hacía hincapié en el materialismo en términos más mecanicistas (más fácil de integrar con nociones de un espíritu divino por encima y más allá de la naturaleza y, por tanto, con un deísmo moderado), mientras que la otra era un enfoque que se centraba más en las interacciones orgánicas (y en la experiencia sensorial) que conducía a veces a un vitalismo universal, a menudo de carácter panteísta (Dios y el universo son una misma realidad que no se puede ni diferenciar ni determinar).

Lo que todos estos pensadores compartían era una tendencia radical a ver que la realidad, e incluso la mente humana, dependían de la naturaleza entendida en términos físicos, y el alejarse del recurso a ideas de supervisión divina o a principios teleológicos, en la comprensión del mundo que les rodea, aun cuando lo que esto a veces suponía era simplemente un desplazamiento de la divinidad a la naturaleza o a leyes externas establecidas por la providencia divina. Marx y Engels consideran que, el verdadero progenitor del materialismo inglés y de toda la ciencia experimental moderna es Bacon. Fue Hobbes el que sistematizó el materialismo baconiano, pero fue Locke en su ensayo sobre el entendimiento humano, el que aportó la prueba en favor del principio fundamental de Bacon: el origen de todo conocimiento y de todas las ideas humanas a partir del mundo de los sentidos. Quedó, no obstante, reservado a pensadores como Helvétius y Holbach, en Francia, llevar el materialismo al campo social. Y esto, a consecuencia de las luchas históricas, acabó conduciendo al surgimiento del materialismo más radical del comunismo y el socialismo.

La compleja naturaleza de la relación entre religión y ciencia seguía en cierto modo un paralelismo con la antigua filosofía epicúrea, ya que Epicuro, a pesar de su filosofía materialista de un universo gobernado por las relaciones existentes entre los átomos, decidió en última instancia dejar un lugar para los dioses, aunque sólo fuera en los espacios entre los mundos.

Conforme progresaban la ciencia y el materialismo, hubo intentos, en cada una de las etapas, de sintetizar este progreso con una comprensión teleológica del mundo. Pero el reino que cabía atribuir directamente a la providencia divina, en contraposición al mundo de la ciencia y de la naturaleza no hacía más que retroceder, dando origen a una crisis perpetua de la teología cristiana, y del sistema de privilegios con la que esta estaba asociada. El origen de las especies de Darwin, iba a significar la derrota de Paley: el universo creado por un Dios fabricante de relojes.

Darwin y el golpe mortal a la teología

Durante el otoño de 1838, leyendo el ensayo sobre la población de T. R. Malthus, fue cuando Darwin tuvo su gran revelación: que la transmutación de las especies ocurría por medio de la selección natural provocada por la lucha por la existencia. En sus cuadernos M y N, es donde Darwin se rebela una acendrado materialista, algo que resultaba extremadamente herético en su tiempo, sobre todo si se hacía extensivo al desarrollo humano y al desarrollo de la mente. Su ciencia era revolucionaria pero Darwin, el hombre, no lo era, y en esto residía su dilema interior. Tal y como observan Adrian Desmond y James Moore en su biografía de Darwin, “Para un caballero del círculo de Oxbridge, dispuesto a salvaguardar el alma del hombre contra los comuneros socialistas, publicar habría equivalido a una deslealtad, a una traición al viejo orden.”. Las opiniones de Darwin tendían a reducir la estatura de la especie humana al atribuir su origen a la descendencia de otras especies “inferiores”. Ahora podía considerarse que los monos y los grandes simios compartían una esencia común, aunque extraordinariamente lejana (desaparecía la mediación divina en la creación humana como diferencia respecto al resto de las especies). En opinión de Darwin, toda vida animada estaba unida por un conjunto común de relaciones materiales y de leyes evolutivas.

La teoría fundamental de Darwin, expuesta en los capítulos iniciales de El origen de las especies, se desarrollaba de la siguiente manera: todos los organismo se caracterizan por la “superfecundidad”, o tendencia producir mucha más descendencia de la que puede sobrevivir. Los descendientes varían unos de otros y no son simples reproducciones de un tipo original. Parte de esa variación pasa a las generaciones futuras. Puesto que no todos los descendientes sobreviven, concluía Darwin, tiene necesariamente que haber una lucha por la existencia entre los numerosos descendientes, y los mejor adaptados en este proceso de variación inherente a las condiciones limitadas del medio local en el que viven tenderían, estadísticamente, a tener una tasa de supervivencia mayor, con lo que pasarían estas variaciones (al menos en alguna medida) a sus descendientes. La acumulación de estas variaciones favorables durante el larguísimo periodo del tiempo geológico tendría como consecuencia la evolución de las especies, o descendencia con modificaciones.

Si podía demostrarse que existía un proceso natural totalmente contingente que producía el mismo conjunto de resultados sin intención y sin maquinador, podría entonces eliminarse el argumento teleológico que, a partir del propósito postulaba la “doctrina de la creación especial”. En esto según Huxley, residía la enorme consecución de Darwin. Lejos de imaginar que los gatos existen con el fin de cazar ratones –afirmó Huxley– , Darwin parte del supuesto de que los gatos existen porque cazan bien ratones; cazar ratones no es la finalidad de su existencia, sino su condición.

La selección natural, en la teoría de Darwin, se relacionaba únicamente con la adaptación a los medios locales; si el medio cambiaba, una especie (digamos el lanudo mamut) que estuviera soberbiamente adaptada al antiguo medio podría no estarlo en relación con el nuevo. En modo alguno la adaptabilidad a los medios locales cambiantes sugerían superioridad/inferioridad. La teoría de Darwin fue rápidamente convertida en lo que no era: una teoría que reforzaba ideales de progreso específicamente burgueses.

Hoy los biólogos ya no piensan en la evolución en términos de superior o inferior. Pero el público general sigue utilizando el término en el sentido spenceriano. Desgraciadamente, Darwin permitió a veces que tales inconsecuencias se introdujeran en su análisis, inconsecuencias que provenían de su situación de clase. Por lo tanto también él contribuyó a la visión de la evolución como progreso.

Más que derrocar a la religión, esta revolución científica, como otras antes de ella, sólo había intentado hacerla retroceder a un segundo plano (como los Dioses a los que la filosofía de Epicuro confinaba en los intermundia) y dejar a la ciencia como único árbitro del mundo material.

La importancia del pensamiento de Darwin para la consolidación del pensamiento materialista y coevolutivo lo señala Rachel Carson cuando dice “Sería difícil encontrar una persona instruida que niegue los hechos de la evolución. Sin embargo, entre nosotros, muchos niegan su evidente corolario: que al hombre le afectan las mismas influencias ambientales que controlan la vida de muchos miles de otras especies con las que está relacionado por medio de vínculos evolutivos”. Y continúa Carson señalando lo que supone este pensamiento para las ciencias: Un análisis ecológico exhaustivo requiere un punto de vista que sea a la vez materialista y dialéctico (un materialismo no mecanicista). La vida (los organismos) y el mundo físico no existen en compartimentos aislados. Hay una unidad extraordinaria entre los organismos y el medio.

Para el objetivo de este trabajo es importante destacar que el año 1859 no sólo vio la publicación de Sobre el origen de las especies de Darwin, que por primera vez proporcionaba una sólida teoría de la evolución, sino también una “revolución en el tiempo antropológico”, que tenía fuentes independientes del análisis de Darwin y que fue, en muchos sentidos, tan importante para alterar las concepciones victorianas sobre el yo y el mundo como la propia obra de Darwin. La trajo el descubrimiento y la aceptación en la comunidad científica de pruebas concluyentes halladas en la cueva de Brixham, cerca de Torquay, en el sudoeste de Inglaterra, de que, los seres humanos habían existido sobre la tierra en períodos de “gran antigüedad”, que se remontaban, como Lyell concluiría más tarde, incluso a miles de siglos.

Para Engels (como para Marx), una concepción materialista y dialéctica de la naturaleza, no sólo era posible, sino que, en gran parte, ya la había proporcionado, para el mundo natural, el origen de las especies de Darwin.

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Mineros del Carbón (Irán)
Mineros del Carbón (Irán)

AP

La reacción de los naturalistas clericales

Si la ilustración y más específicamente la revolución científica de los siglos XVII y XVIII, había quebrantado la antigua visión escolástica del mundo, con su perspectiva teleológica, basada en las escrituras y la antigua filosofía aristotélica, no puede decirse, sin embargo que fuese una época inequívocamente antirreligiosa ni materialista. Se hacían simultáneamente poderosos esfuerzos para restablecer la religión dentro de una perspectiva general de la ilustración, que, al reconectar los mundos de la naturaleza, la ciencia, la religión, el estado y la economía en una única teología también tenía el efecto de reforzar el sistema establecido de la propiedad y el poder.

El maridaje entre la economía política y la teología natural cristiana, encarnada por Paley, Malthus y Chalmers, convirtió a los clérigos naturalistas en una poderosa amenaza, no sólo para la clase obrera, sino también para todas las posibilidades de alcanzar una unificación entre los seres humanos y la naturaleza. Por tanto, la oposición radical a estos puntos de vista iba a desempeñar desde el principio un papel crucial en el desarrollo de la concepción materialista de la historia de Marx y Engels.

William Paley, teólogo ultra-naturalista de los siglos XVIII y XIX fue una de las influencias más importantes en el comienzo de la vida intelectual de Charles Darwin. De hecho la obra de éste podría considerarse como una lucha más o menos consciente contra la visión del mundo teológica e idealista que representaba Paley. En su Teología natural Paley retoma los argumentos ya defendidos por el reverendo John Ray (1627-1705). De forma sucinta el argumento de estos autores se centra en constatar la evidencia de que Dios se manifestaba en las obras de su creación. Según Paley para cualquier observador era obvio que no era posible que existiese algo tan ingeniosamente ideado como un reloj de bolsillo sin la existencia de un artífice y, si la naturaleza era todavía más maravillosa e intrincada en su mecanismo, ¿no podía ser también válido para la naturaleza?

A pesar de que Paley tenía un conocimiento detallado de las condiciones biológicas, su visión teológica natural era estática y mecánica, ajena a toda noción de tiempo, a la historia natural. No hay en su análisis ninguna concepción de la flecha del tiempo. Fue precisamente por esta razón por lo que El origen de las especies de Darwin finalmente iba significar la derrota de la visión que Paley tenía del universo creado por un Dios fabricante de relojes.

En los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, la cuestión de la población se convirtió en competencia especial del naturalismo clerical, que de este modo se introducía en el discurso de la economía política clásica. En este ámbito es donde será de gran importancia la obra de T. R Malthus (1776-1834). Aunque su obra Ensayo sobre la población (que llegó a alcanzar seis ediciones) trataba de economía política, también fue el resultado de su naturalismo clerical. Malthus insistía en que “debemos razonar a partir de la naturaleza para llegar a la naturaleza de Dios y no pretender razonar a partir de Dios para llegar a la naturaleza”. El ser supremo, a través de “los misericordiosos designios de la Providencia…dispuso que la población creciese más rápidamente que los alimentos”, una ley general que según él generaba un “mal parcial”, pero asimismo “un bien que lo compensaba con creces”, por cuanto exigía un esfuerzo mayor en forma de trabajo humano para obtener los medios de subsistencia. El malthusianismo rechazaba toda idea de progreso rápido y continuado en la acción del cultivo humano de la tierra, o en la cría animal, así como toda posibilidad de avance social. Según la visión de Malthus, acorde con la teología natural, la adaptación era un don divino concedido a la naturaleza –parte del plan establecido por Dios–, y no un producto de la transformación de las especies. Para este autor, incluso la desigualdad humana y los apuros económicos se podían justificar por pensarse que “un curso uniforme de la prosperidad” mas “degradaría el carácter que lo elevaría”. Así las privaciones despertaban “las virtudes cristianas”. Malthus tomó en todo momento su filosofía ética de la visión utilitarista de Paley, en la que se mantenía que la virtud reside en obtener de los materiales de la naturaleza que el Creador había proporcionado la mayor felicidad para el mayor número de personas.

Una de las más duras implicaciones de la argumentación de Malthus desde sus comienzos era que, puesto que había límites en los medios de subsistencia para mantener a los obreros en cualquier período de tiempo dado, toda tentativa de elevar los salarios en general sólo produciría una subida de precios de esta limitada existencia de provisiones, y no podría proporcionar a los obreros una parte mayor para cubrir las necesidades de la vida. Esta doctrina errónea, que en sus versiones más sofisticadas llegó a conocerse como “la doctrina del fondo salarial” fue entonces utilizada para sostener que la mejora de las condiciones generales de los obreros con medios tales como la organización de sindicatos era imposible. Fue precisamente a causa de este servicio ideológico a los intereses dominantes, como manifiesta Schumpeter, por lo que “las enseñanzas que se desprenden del Ensayo de Malthus llegaron a arraigar en el sistema de la ortodoxia económica de la época, a pesar del hecho de que se debería haber reconocido, que eran inútiles o fundamentalmente insostenibles ya en 1803 “.

Es interesante destacar la crítica de Engels a Malthus. Este argumentaba en contra del clérigo que en rigor la lógica del argumento malthusiano era tal que “la tierra estaba ya superpoblada cuando sólo existía un hombre”. Además las implicaciones de esta línea de pensamiento son que, dado que son solamente los pobres los que constituyen un excedente, nada debe hacerse por ellos, salvo dejar que se mueran de hambre con la mayor facilidad posible. Convencerlos de que es inevitable y que no hay otra solución para toda su clase que mantener la reproducción reducida a un mínimo absoluto.
Engels señalaba que toda la doctrina se venía abajo cuando llegaba a la progresión aritmética, que era clave, y para la que había poca base. Siguiendo a Owen, Engels afirmaba que la ciencia tendía a aumentar geométricamente, acompañando el crecimiento de la población, y revolucionaba la producción agrícola junto con la producción en general, con lo que aumentaba la capacidad de producir alimentos. Así pues la idea que la situación de los pobres era producto de la ley natural (que emanaba de la providencia) era sencillamente falsa. Tal como había dicho Owen, el error de Malthus consistía en atribuir los problemas de la subsistencia a “una deficiencia en la despensa natural” y no a las leyes de los hombres que se oponían a las de la naturaleza.

Fue en respuesta a la teoría de Malthus como Engels desarrolló el concepto de “ejército de reserva obrero” o de excedente demográfico relativo que habría de tener una importancia central en la economía política marxiana.

Thomas Chalmers (1780-1847), eclesiástico escocés y teólogo natural, fue el primer y más importante discípulo de Malthus. Fue el autor de Sobre el poder, la sabiduría y la bondad de Dios tal como se manifiesta en la adaptación de la naturaleza externa a la constitución moral e intelectual del hombre (1834). Esta obra se convertiría en el primer volumen de los Tratados de Bridgewater, serie de ocho tratados que encargó el conde de Bridgewater, y que en conjunto constituyen el intento mayor y mejor coordinado para defender la teología natural contra las herejías evolucionistas y materialistas de las décadas precedentes a la aparición de El origen de las especies. Como señala el historiador intelectual Robert Young, “la concepción de teología natural” de Paley “resultó ser insostenible en un periodo de información científica creciente, y que finalmente se derrumbó con los Tratados de Bridgewater, la reductio ad absurdum de hacer alarde de los detalles de todas las ciencias, como una serie acumulativa de pruebas de la sabiduría, la benevolencia y bondad de Dios”.

Chalmers no sólo defendía la política económica de Malthus, sino que también atacaba la geología uniformitaria de Charles Lyell (mentor y amigo íntimo de Darwin) por atribuir el cambio geológico a “las meras leyes de la naturaleza”, excluir el papel de Dios, y restar importancia al catastrofismo y a la creación sucesiva. La teología natural y la economía política de Chalmers se funden perfecta, aunque burdamente, para hacer una defensa del orden social y religioso existente.

El materialismo de Marx. su conexión con Epicuro y Feuerbach

La crítica de Malthus con respecto a la tierra y de Proudhon en relación con la industria, junto con la ruptura con el materialismo contemplativo de
Feuerbach, fueron momentos definitorios en el desarrollo, por parte de Marx, de su concepción materialista de la historia y de su concepción materialista de la naturaleza.
Marx fue el primero en descubrir que el epicureísmo no era un sistema puramente mecanicista. Era la originalidad específica de Epicuro, en el dominio de la física, haber defendido el libre albedrío en el hombre como producto de la evolución. En su “Carta a Herodoto” puso Epicuro en claro que la naturaleza humana estuvo inicialmente constreñida por circunstancias naturales y que “posteriormente, la razón elaboró lo que la naturaleza había sugerido y realizó nuevas invenciones…”. A partir de estos cambios en las circunstancias prácticas, argumentaba Epicuro, se había desarrollado el lenguaje mismo. Este análisis indicaba así que la evolución cultural humana representaba una especie de libertad para la organización racional de la vida histórica, que partía de las limitaciones que imponía inicialmente el mundo natural.

Marx consideró que la esencia del materialismo epicúreo residía en su concepción de la mortalidad tanto de los seres humanos como del universo. Para Marx, esta era la clave del materialismo epicúreo: “puede decirse que en la filosofía de Epicuro, es la muerte la que es inmortal”. Para Epicuro, según Marx “No hay Dios para el hombre fuera de sí mismo”.

La critica a la que Marx somete el pensamiento de Epicuro se centra en que el materialismo de Epicuro, en la medida en que se basaba en el mero atomismo, era también una distorsión unilateral, que lo colocaba en oposición a lo universal y marcaba su propia disolución. Epicuro “procede a partir de la esfera de lo sensible” y sin embargo postula “como principio una abstracción…tal como el átomo”. Marx y Engels recogieron en La Sagrada Familia la impotencia histórica general de la filosofía de Epicuro. A pesar de la crítica, para Marx, Epicuro siguió siendo el principal filósofo de la sensibilidad, que había descubierto la alienación de los seres humanos respecto al mundo y, para oponerse a ella, la necesidad de una ciencia (ilustración) basada en una concepción materialista de la naturaleza.

Para cuando Marx terminó su tesis doctoral, centrada en las implicaciones dialécticas de la filosofía de Epicuro, había alcanzado una posición que era materialista por su orientación, pero difería de las de los materialistas franceses del siglo XVIII por su carácter no mecanicista, no determinista. Marx recelaba de toda tendencia hacia el materialismo vulgar o mecanicista que ignoraba el papel práctico de la racionalidad.

Para la evolución del pensamiento materialista de Marx fueron importantes las Tesis preliminares sobre la reforma de la filosofía de Feuerbach (1842). Las tesis preliminares rompían con Hegel en el punto más débil de su sistema: la filosofía de la naturaleza. Según la filosofía de Hegel, la naturaleza no contenía en sí misma los medios de su propia autodeterminación, su propia acción significativa, sino que era el mero extrañamiento que el pensamiento se veía obligado a experimentar de forma general abstracta antes de poder retornar a sí mismo plenamente como espíritu. Feuerbach rompió decisivamente con este concepto al insistir en que el mundo material era su propia realidad, una realidad en la que estaban incluidos los seres humanos así como la percepción sensible que estos tenían del mundo. Para Feuerbach, el sistema hegeliano equivalía a la negación del mundo de la existencia sensible. Según este autor, “ no existe ninguna otra esencia en la que el hombre pueda pensar, soñar, imaginar, sentir… que la esencia de la propia naturaleza humana”. Aquí incluía también la “naturaleza externa”; puesto que así como el hombre pertenece a la esencia de la naturaleza, contrariamente a lo que afirma el materialismo común, así la naturaleza pertenece a la esencia del hombre, contrariamente a lo que afirma el idealismo subjetivo.

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El precio de los metales preciosos Los obreros destripan la tierra en busca de oro en la mina de Sufferance, en la región del Ituri. Buena parte del oro congoleño (el equivalente a más de 450 millones de euros al año) sale del país de forma ilegal
El precio de los metales preciosos
Los obreros destripan la tierra en busca de oro en la mina de Sufferance, en la región del Ituri. Buena parte del oro congoleño (el equivalente a más de 450 millones de euros al año) sale del país de forma ilegal

<a href="http://marcusbleasdale.com">MARCUS BLEASDALE</a> (National Geographic)

Feuerbach, al rechazar a Hegel, proporcionaba también como alternativa, a grandes rasgos, una visión materialista que acortaba la distancia entre la crítica filosófica y la ciencia natural. “toda ciencia”-dice“debe basarse en la naturaleza”. Una doctrina sigue siendo hipótesis mientras no se halle su base natural. Esto se cumple particularmente en la doctrina de la libertad. Solamente la nueva filosofía logrará naturalizar la libertad que hasta ahora había sido una anti-hipótesis, una hipótesis sobrenatural. Según Feuerbach, este principio natural debía encontrarse en la propia materia. “la materia”-afirma“es objetivo esencial para la razón”. Si no hubiese materia, la razón no tendría estímulo ni material para el pensamiento, y carecería en consecuencia de contenido. No se puede abandonar la materia sin abandonar la razón; no se puede reconocer la materia sin reconocer la existencia de la razón. Los materialistas son racionalistas. Según Feuerbach, el mundo real, lo finito no se ha disuelto en el espíritu universal, sino que lo finito (de verdadera forma epicúrea) ha llegado a ser lo infinito. La creciente atención que Marx prestaba a la lucha de clases, a la situación del proletariado y al análisis de la economía política burguesa, significaba que el naturalismo de Feuerbach, con su concepción abstracta, estática de la naturaleza, ya no era suficiente. El materialismo abstracto de Feuerbach, con toda su importancia como refutación del sistema hegeliano, era sin embargo estático, ahistórico en su concepción, y no parecía llevar a ningún sitio. Su humanismo carecía de un concepto de práctica transformador (praxis). Feuerbach (Ideología alemana), aceptaba la realidad existente y a la vez no la comprendía. Para él el ser era lo mismo que la esencia por lo que no podía haber contradicción entre uno y otra. Al disolver la alienación religiosa y convertirla en existencia material, Feuerbach perdía de vista la alienación terrenal real. No consiguió desarrollar un materialismo práctico.

El objetivo de este nuevo materialismo tiene que ser por tanto comprender “la importancia de la actividad revolucionaria, de la actividad práctico-crítica”. Lo que había que hacer era arrebatarle al idealismo el lado activo de la vida, la libertad humana, mientras se conservaba el materialismo. En esa dirección, en la obra de Marx y Engels se produce un rechazo del esencialismo. La esencia humana no es ninguna abstracción inherente a cada individuo. Es en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales. Los seres humanos no están constituidos por una naturaleza humana y fija, que reside en cada individuo, sino que antes bien, como afirmará Marx más tarde, toda historia no es nada más que el desarrollo (es decir el autodesarrollo) de la naturaleza humana a través del intercambio social.

Una de las consecuencias del nuevo materialismo práctico de Marx fue, sin embargo, que el centro de atención del pensamiento materialista se desplazó desde la naturaleza a la historia, sin negar la prioridad ontológica de la primera. El énfasis que puso en la crítica social recaía abrumadoramente en el desarrollo de la humanidad y en su relación alienada con la naturaleza, y no en la evolución general de la propia naturaleza. Marx y Engels partían, en consecuencia, de una ontología materialista o realista, en la que la naturaleza, el mundo material, era una condición previa de la vida humana en todas sus múltiples determinaciones, y por tanto, de la sociedad humana.

Si la concepción materialista de la naturaleza y la concepción materialista de la historia quedaban integradas en el materialismo histórico de Marx, fue como propondría más tarde (Miseria de la filosofía, 1847) a través del concepto de “muerte inmortal “ (Lucrecio) que expresaba la idea: el único hecho eterno e inmutable era la “abstracción del movimiento” es decir la “absoluta pura mortalidad”, la historia natural y social representaba procesos de desarrollo transitorios; no había más allá de este mundo mortal, esencias eternas, formas divinas ni principios teleológicos.

Marx en ningún momento ignora el reino de la naturaleza exterior. Sin embargo, al desarrollar el materialismo histórico, tendía a tratar la naturaleza únicamente en la medida en que entraba dentro de la historia humana, ya que cada vez resultaba más difícil encontrar naturaleza no tocada por la historia humana. La fuerza de su análisis a este respecto reside en el hincapié que hace sobre la calidad de la interacción entre la humanidad y la naturaleza, o lo que llegaría a llamar metabolismo de la humanidad con la naturaleza, a través de la producción.

Basándose tanto en la concepción de la relación humana con la naturaleza, que había puesto ya de manifiesto en los Manuscritos económicos y filosóficos, donde había considerado que las herramientas son la extensión externa de los seres humanos, es decir, “el cuerpo inorgánico del hombre”, como en los resultados del análisis de Darwin, pudo Marx definir en El Capital el proceso del trabajo y la relación humana con la naturaleza (que acabó por llevarle al concepto de la interacción metabólica entre los seres humanos y ésta) en términos que eran a la vez materialistas y evolucionistas.

“Dejando fuera de nuestra consideración los medios de subsistencia disponibles sin más elaboración, como los frutos, en cuya recolección únicamente intervienen como instrumento de su trabajo los órganos corporales del hombre, el objeto del que el trabajador toma posesión de manera directa no es el objeto de su trabajo sino su instrumento. Así, la naturaleza se convierte en uno de los órganos de su actividad, que anexiona a sus propios órganos corporales, con lo que aumenta su estatura, a pesar de la Biblia. Del mismo modo que la tierra es su despensa original, también es su casilla de herramientas. Le proporciona, por ejemplo, piedras para arrojar, moler, prensar, cortar etc. La propia tierra es un instrumento de trabajo. Pero la utilización de este modo en la agricultura, presupone toda una serie de otros instrumentos, y un estadio comparativamente elevado de desarrollo de la fuerza de trabajo. Tan pronto como el proceso laboral ha experimentado el más ligero desarrollo, requiere instrumentos especialmente preparados. Así, hallamos utensilios y armas de piedra en las cavernas más antiguas. En el período más temprano de la historia humana, los animales domesticados, e.d., los animales que han sido modificados por medio del trabajo, que han sido criados ex profeso desempeñan el papel principal como instrumentos de labor, junto con las piedras, la madera, los huesos y las conchas, que también han sido trabajados . El uso y fabricación de instrumentos de trabajo, aun cuando presentes en germen en ciertas especies animales, es característico del proceso de trabajo específicamente humano, razón por la que Franklin define al hombre como “animal fabricante de herramientas”. Las reliquias de pasados instrumentos de trabajo poseen la misma importancia para la investigación de las formas económicas extintas de las sociedad que los huesos fósiles para la determinación de las especies animales extintas”.

Así pues para Marx, tenía que seguirse la pista de la evolución humana a través del desarrollo de las herramientas más que a través de los fósiles. Esto se debía a que las herramientas representaban el desarrollo de los órganos productivos humanos – la evolución de la relación humana con la naturaleza , del mismo modo que los órganos animales representaban los instrumentos por medio de los cuales se habían adaptado a su medio local. De este modo Marx trató de proporcionar una base histórico-natural, relacionada con Darwin, para su propia teoría general del papel del trabajo (que naturalmente estaba relacionado con el desarrollo de la fabricación de herramientas) en la evolución de la sociedad humana.

Estas concepción de la importancia de las herramientas para el proceso de coevolución humana será de gran importancia para investigaciones posteriores. Así, la clave para la comprensión de la evolución humana, según Washburn y Moore (1974), se explicaba por el desarrollo de la mano en relación con la fabricación de herramientas y con el trabajo en general. De este modo gran parte de la teoría antropológica moderna ha girado en torno a la visión materialista-coevolucionista que anticipara Engels en el siglo XIX. Era el trabajo lo que, desde el comienzo mismo, constituyó el secreto, no sólo del desarrollo de la sociedad humana, sino también “de la transición entre el simio y el hombre”. Fue el trabajo, asimismo, el que definió el particular nicho ecológico que ocupó la humanidad. Marx y Engels, así pues, contemplaron la relación humana con la tierra en términos coevolucionistas, perspectiva que resulta crucial para la comprensión ecológica, puesto que nos permite reconocer que los seres humanos transforman el medio en el que viven no enteramente a su antojo, sino de acuerdo con las condiciones que proporciona la historia natural.

Lo que importa entender es que, al dar al materialismo un carácter práctico, Marx no abandonó nunca su compromiso general con una concepción materialista de la naturaleza ,esto es, con el materialismo en cuanto categoría ontológica y epistemológica. El materialismo, tanto en el sentido de una “dependencia unilateral” del ser social respecto al ser biológico y el surgimiento del primero a partir del segundo, como en el de “la existencia independiente y la actividad transfáctica (causal y sometida a leyes) de al menos algunos de los objetos del pensamiento científico”, siguió siendo esencial para el análisis marxiano.

Marx adoptó lo que hoy se consideraría una postura ontológica “realista”, que haría hincapié en la existencia del mundo exterior, físico, con independencia del pensamiento.

Como señala Bhaskar “Para Marx, por el contrario, “ ni el pensamiento ni el lenguaje (…) constituyen un reino propio; son únicamente manifestaciones de la vida real” (…) del modo tal que “ la conciencia no puede ser nunca nada más que existencia consciente”.

Como forma de realismo insistía Marx en la perpetua y estrecha relación existente entre la ciencia natural y la ciencia social, entre una percepción del mundo material/ natural y el mundo de la sociedad. Razón por la cual siempre definía su materialismo como un materialismo que formaba parte de la “historia natural”. Quedaba así rechazada en consecuencia desde el primer momento, toda separación del materialismo del reino de la naturaleza y de la ciencia física.

Para Bhaskar, la importancia suprema del materialismo de Marx reside en el hecho de que se establece la posibilidad del “naturalismo” es decir la tesis de que existe (o puede existir) una esencial unidad metodológica entre las ciencias sociales y las naturales por mucho que el reino que estudian unas pueda ser diferente del de las otras.

El marxismo crítico occidental (junto con gran parte de la filosofía y la ciencia social contemporáneas) se ha definido por su rechazo del crudo positivismo decimonónico, que trataba de transferir una visión del mundo mecanicista y reduccionista de la existencia social. Sin embargo, al rechazar el mecanicismo, pensadores de las ciencias humanas, incluidos los marxistas, rechazaban cada vez más el materialismo y el realismo, y adoptaban el punto de vista de que el mundo social estaba construido en la totalidad de sus relaciones por la práctica humana (incluidos, en especial, aquellos aspectos de la naturaleza que afectaban al mundo social), con lo que simplemente negaban los objetos del conocimiento intransitivos (objetos del conocimiento que son naturales y que existen con independencia de los seres humanos y las construcciones sociales). Dentro del marxismo, esto representaba un giro en un sentido idealista. En particular, solía argumentarse, en oposición a Engels, que la dialéctica solamente estaba relacionada con la praxis y, por tanto con el mundo social humano.

Justamente el retorno a la visión materialista más profunda únicamente es posible si se vincula el materialismo en su relación con la existencia productiva, con las condiciones físico-naturales de la realidad (incluido el reino de los sentidos) y en rigor con el mundo natural en general. Sólo de este modo es posible abordar de verdad temas tan fundamentales como la vida y la muerte, la reproducción, la dependencia de la biosfera etc.

El punto de vista de Marx exigía que la ciencia fuera materialista, si había de ser científica en absoluto. Según este modo de ver las cosas, ningún estudio de los acontecimientos y las posibilidades de la historia podía prescindir del estudio de la ciencia físico-natural.

BIBLIOGRAFÍA